miércoles, 7 de enero de 2009

El hombre de PVC

No escribo yo, escribe mi corazón. He perdido el don de la palabra pero no el del sentimiento. Nada me queda que sea mío, todo o casi es una prótesis, algo artificial y ficticio. Sólo el corazón es mío y a él me ato a la vida y al pasado. Mi futuro tiene nombre de enfermedad, de renuncia, soy consciente de ello.
La enfermedad se inició repentinamente, es inexplicable dijeron los médicos. Asumí con resignación su ignorancia en la materia. De repente, un buen día, todo yo fui un dolor, un desencaje de piezas fundamentales lastradas que se ulceraban por dentro. Una lenta agonía. Ante mi mal, la medicina no tenía respuesta. Un caso único dijeron. Poco consuelo se podía extraer de esas palabras. Venían a verme y se compadecían de mí, algunos incluso me daban ánimos luego de tranquilizarme con palabras de fingido interés. Tarde o temprano todos se acaban insensibilizando ante el mal ajeno; también ellos intentaban sobrevivir a su manera.
A diferencia de los años, eran mis huesos los que habían comenzado un buen día por pudrirse. Todo comenzó todo con una pierna. Fuertes dolores y calambres agudos a los que no presté mayor atención en un primer momento. Cansancio, agotamiento o la fatiga que acompaña al otoño cuando los días se hacen más cortos -una premonición de lo que esperaba-, cualquier cosa podía ser. Un día, mientras esperaba un tardío autobús que me llevara al trabajo, me vine al suelo. De golpe y en seco, como si una de mis piernas se hubiese reblandecido despóticamente y se hubiere malogrado en la consistencia de un bloque de mantequilla derretida. Me asusté mucho, y no es que yo sea una persona muy impresionable. Me llevaron al hospital -eso me dijeron porque en algún momento perdí el conocimiento y no me enteré de nada-, y me prometieron que me curaría, que no pasaba nada, y que todo se andaría -esto último en ese momento me pareció muy cínico-. Al cabo de una semana me cortaron la pierna hasta la rodilla. Me hicieron análisis y experimentaron con mi capacidad de resistencia a desintegrarme en trozos, como si de un filete de carne se tratara, putrefacto, pero carne al fin y al cabo. Una buena razón para hacerse vegetariano de golpe, eso pensé. Al cabo de unas semanas el mal se había extendido a mi otra pierna. Se había convertido en una porción sumisa y melosa al tacto, tumefacta y despreciable, y por más que la apreciara, pues me había acompañado durante los últimos veinticinco años, la odié de tan blanda e insolidaria que se había vuelto. Su desprecio me dejó muy vacío. La cortaron también, por mala. Me lo podía tomar todo con sentido del humor o llorar, pero visto que no tenía remedio lo que pasaba, pronto lo supe, lo primero me pareció más inteligente; tampoco quería agobiar en exceso la vida de aquellas enfermeras y doctores en sus quehaceres diarios con mis problemas de descomposición. Quizá por ser un paciente modélico y por no molestarles en demasía me cogieron aprecio, y el más sentido de todos fue el de la enfermera jefa Glendolina cuando me pidió permiso para conservar parte de mi tendón rotuliano en la nevera de su casa como recuerdo.
Me estaba deshaciendo por dentro. Mis huesos se estaban convirtiendo en moho, en herrumbre de piel y no sabían que hacer. ¿ Conservarme en formol, quizá ?, no mientras estuviera vivo.
Pasaron dos meses y viendo que todo seguía igual, los de traumatología me pertrecharon con una par de prótesis y unas muletas y me sacaron a la calle. Ese afán mío por reponerme a pesar de todo era encomiable pero pequé de optimista. No tuve tiempo de aprender a usarlas. A los dos días ya estaba de nuevo en el hospital.
El codo primero y después el hombro se habían cangrenados inexplicablemente. No me preocupé en exceso ya que me juraron y aseguraron que la Seguridad Social cubría todo los gastos.¡ Bendito seas Estado del Bienestar !. Más porciones de mi persona al cubo de la basura; si seguíamos a este ritmo, pronto vendrían a pedirme explicaciones los de Sanidad, como si lo viera. Con un poco de suerte yo para entonces estaría lo suficientemente desfigurado y desmembrado para que no me reconocieran. El brazo artificial que me pusieron fue de gran utilidad, dejé de cansarme en las largas horas que pasaba haciendo crucigramas y puzzles con las migajas de mi cuerpo que iban cayendo a trozos en el suelo.
La enfermedad había comenzado a degenerar también los tejidos y no sólo los huesos. Esta visto que no se puede dar confianzas a nadie, ni siquiera a una enfermedad. Empezó a avanzar inexpugnablemente, sólo le faltó música de Wagner para hacerlo todo más creíble y heroico. Riñón, bazo o pulmón, no sé que vino primero. El tiempo es ocioso porque encontró la circunstancia justa para hacerse dueño de cada una de las partes de mi cuerpo; la enfermedad me hizo vulnerable a ciertos tipos de pensamientos, pero resistí fielmente a mi mismo, cada vez menos yo y más plástico de alta densiometría y extremadamente ligero. Ya no eran esos pegotes que se colocaban antes, no, ahora no, ahora eran buenos y bonitos y espero que no baratos, porque lo barato pronto se rompe y yo ya tenía bastante con mis propias roturas y fracturas inexplicables. Ir perdiendo cosas y más cosas por el camino no es agradable, pero sabes que todo aquello que va quedando en tu cuerpo sui originis se revaloriza. Pronto acabas catalogando como reliquia del pasado una uña, un cartílago o una peca a la que nunca habías prestado mucha atención, logras una mayor estimación de lo tuyo y aprendes a querer tu cuerpo. En fechas señaladas como Navidad te ahorras un buen dinero, basta mutilarte un dedo o sencillamente esperar que se caiga - y os aseguro que no tarda mucho- y enviarlo en un sobre certificado para cumplir con el expediente de los siempre enojosos regalos navideños. Tu madre se llevará una sorpresa inolvidable y te estará infinitamente agradecida, tus amigos celebraran tu buen gusto al regalarles algo tan sentido y tuyo como pueda ser un cuajo de tu lengua o una loncha de tu intestino grueso. También tus hijos tendrán la oportunidad de iniciarse en el apasionante mundo del coleccionismo: un trozo venoso de nariz o el pequeño esqueje del tejido retinoso de cualquiera de tus ojos, cualquier cosa llamativa vale para luego podérselo enseñar a sus amiguitos en el colegio y hacerse famoso e interesante entre las chicas.
Cuanto más progresaba la enfermedad en mi cuerpo más menguado me dejaba a mí. A medida que yo perdía partes de mi cuerpo, los doctores se apresuraban a sustituirlas por lo que más a mano tuvieran, y no siempre de mi agrado. Reciclaron botellas de leche, tetrabrikes, papeles de parafina y guantes de látex para parchearme y recoserme como una pelota de cuero Made in Taiwan en desuso Una vil faena chapucera. Y fue ese el único dolor que sentí, el ver perder para siempre en una bolsa de plástico de quirófano trozos de piel y pellejos míos que se reciclarían en colágeno para viejas escleróticas que jamás me lo agradecerán suficientemente. Progresivamente todo yo me convertí en un cúmulo de piezas varias derivadas del manipulado del petróleo y de postizos y objetos ortopédicos ensamblados con buena fe pero que no podían sustituir a los originales. Simples correcciones para rehabilitar lo no rehabilitable. Me adapté a ello fácilmente, a esas alturas ya era muy maleable.
Con el paso del tiempo -días casi-, la enfermedad fue remitiendo hasta casi parecer querer desaparecer, como si ya hubiese tenido suficiente conmigo y se hubiese cansado de ensañarse de esa manera. Pero lejos de esa sofisticada idea que tanto me hubiere satisfecho, lo que sucedía era otra cosa, no avanzaba más porque ya no existía nada más por donde avanzar, ni partes de mi cuerpo a las cuales atacar ni órganos contra los cuales arremeter. La cosa es simple, el plástico empleado no era biodegradable y por eso yo podía permanecer incólume el resto de mis días, no me ajaría ni tampoco me arrugaría, pero debía de tener cuidado con el fuego para no combustionarme, arder en humo y evaporarme de este mundo zaheridor en un pequeño incendio no intencionado llegado el verano o bien provocado por un gamberro descontento de mi persona en cualquier otro momento del año. Debía cuidarme eso sí, tener cuidado de mi plástica condición e invertir en Bolsa, carburos, metanos y poliruorometanos asociados; a ellos pertenecía yo. Me fue difícil convivir con todos aquellos injertos de piel sintética, baquelitas y resinas indeformables con las cuales se reestructuró mi persona. Y aún fue peor el ver como no podía adaptarme a mi antigua filosofía de vida naturalista y socio de Greenpeace pues era evidente que en mi estado y condición ya no podíamos congeniar. Dejé de ser ecologista el día que me colgaron un cartel en la espalda los defensores del “Bosque verde” y los “Amigos del musgo de montaña” me intentaran linchar con mecheros. Era tal mi iniquidad como ser humano y tal el cúmulo de despropósitos materiales no fotodegradables que se sumaban en mi persona, que, amen de una existencia poco respetuosa con los preceptos de salvaguarda del medio ambiente, pronto me vi obligado a llevar en mi espalda una etiqueta de 50 cms. en las que se aprestaba un mensaje admonitorio: “ Las Autoridades Sanitarias advierten que este hombre perjudica seriamente la salud “, mi persona casi a la altura del tabaco.
Hoy en día ya no me pertenezco. No soy yo. Estoy más cerca del Ken amigo de la Barbee que de ser un hombre. Soy un pedazo de PVC que tiene pensamientos que le alejan de sí mismo, que nacen de mi ADN y que entran en conflicto con todo lo demás que hay y queda en mí. Soy el resultado de una serie de manipulaciones más o menos apañadas y de operaciones de cirugía reparadora que no han dejado gran parte de lo que yo era un año antes de iniciarse la enfermedad. Echo en falta no poder llorar, ni poder acariciar a mi mujer ni besar a mis hijos. Echo de menos el hombre que un día fui y que hoy sólo tiene un código de barras por identidad. Mi vida consiste hoy en recordar eso y otras cosas.
Sólo soy humano por mi corazón y el día que la enfermedad emerja de nuevo y ataque lo único y último que conservo como mío, sé que moriré. ¿ Cómo me habrían de sustituir el corazón ?. No quiero un corazón artificial, de plástico. Tengo miedo de dejar de tener sentimientos.
Por otra parte me han asegurado que los plásticos son de buena calidad por lo cual lo más probable es que viva muchos años y eso tarde en llegar.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Las dos mitades de una naranja

Las ventanas están cubiertas del polvo acumulado tras muchos años de pereza. Hay silencio y un ventilador en el techo que no funciona. El bar está casi vacío, pero en otros momentos se llena y se juega al dominó, a las cartas y a otras cosas que no se ven bien. La noche es fresca y desde la terraza puedo ver las nubes salpicar el cielo. Hoy es un día de esos de final de verano en el que ya se insinúa el otoño y la luz parece más perezosa que nunca; menos intensa que días atrás, en que el paseo marítimo se llenaba de personas hasta altas horas de la madrugada y las parejas retozaban agazapadas tras los ahuehuetes. He notado el aire fresco y húmedo en los cristales y olido la lluvia. La lluvia nos apartará de la rutina y reuniremos de nuevo el valor de pasar otro largo invierno con el olor de las maderas mojadas y las habitaciones sin ventilar. Lloverá aparentando que no pasa nada y el agua nos traerá un montón de cosas inútiles como las botas altas, las postales descoloridas, las castañas asadas y las ganas de mearse encima para mantener el calor. Full of sound and fury, signifying nothing, ya lo escribió Shakespeare, llena de sonido y furia, insignificante, la lluvia comportará disculpas, resfriados y cosas leves y a medias que nos harán sentir la cabeza muy grande y vacía; entonces repartiremos nuestro ocio – un ocio tan grande que no cabrá sólo en esta ciudad-, en aquellas tonterías que nos alivien hasta que llegue el momento de volver a trabajar. Miras al cielo y las nubes parecen bolsas de basura usadas en un infinito plano, feo y sin color. Vistes con ropas de trabajo viejas. Limpias el mostrador y la barra del bar desde hace un buen rato y ningún producto de limpieza que utilizas funciona como lo hacen los de los anuncios de la televisión. Tienes el color de la verdura mustia en la mirada, sin ningún brillo. La vida transcurre junto a ti desde hace años pero tú evitas los navajazos del tiempo haciéndote la invisible y no te enteras de que igualmente envejeces. Puede ser que tan sólo algún truco cinematográfico pueda sacarte de tu agujero, porque estás sola, tu vida no tiene color y has cerrado todas tus esperanzas tras muchos feos. Has conseguido un viejo piso de protección oficial que parece tener algo en tu contra. Dos habitaciones, ambas pequeñas incluso para una sola persona. Eres una mujer mayor y quizá tengas más años de los que recuerdes. Estás cansada y algo desdentada. Despichas babitas blancas desde las comisuras de la boca, cetina de tu vida que también se escapa por tu boca. Desde hace un buen rato escuchas la radio mientras trabajas; algo que no tiene mucho sentido porque el establecimiento está cerrado y nadie va a entrar hasta el verano que viene; pero son tantas las cosas que no tienen sentido en tu vida que tampoco te detienes a preguntar. Así van pasando los días y la vida va goteando sin pronunciarte porque en la práctica, tu independencia se ha quedado a veces limitada tan sólo a la elección del color de tu barra de labios. A tu edad has tenido ya tres hijos; cositas pequeñas resumidas en pequeñas botellitas dispuestas en un estante de tu habitación para ser recordadas. No alzas nunca la voz y si hablas, lo haces siempre recordando las oraciones, pero esto no es más que parte de tu historia y aún estas a la espera de la segunda entrega. La vida se empeña en aprisionarte entre sus vallas y sospechas que sea la resignación, tal vez, la palabra más adecuada para tu existencia. También es cierto que hay algunas personas que tampoco tienen ilusiones y se ponen ropas baratas para celebrar sus cumpleaños y medias de nylon para dormir; individuos que viajan sin un destino concreto y que se encapotan entre las sombras y gente borrosa sin fecha de regreso; hombres y mujeres que serían capaces de cruzar la calle tan sólo para poder decir que han hecho turismo por el mundo. Pero tú no eres una de esos y a tu manera, intentas luchar.
Había tenido un mal día y trabajado sin descanso y tampoco quería regresar a casa. Se sorprendió al ver a aquel extraño hacer señas a través del cristal de entrada. Parecía una mancha en un espejo. Aunque el local está cerrado, le abres la puerta. Él te pide permiso para entrar y tomar algo; un café por ejemplo. A ti claro, no te importa y puedes notar como se te enrojece la cara. Puedes oírle reñir a través del teléfono, quizá con su mujer y el trabajo que le cuesta mantener el timbre de la voz. Quizá el tono de su mujer sea neutro y ensayado como el de los contestadores automáticos o sencillamente sea también ridículo como el de él y no sea capaz de preservarla de sus odios y las manías. El hombre sale de la cabina, acaba su café y se marcha. Te quedas preocupada y un poco furiosa cuando sale y le ves marchar en su coche. Aún recuerdas aquel día en que estuviste esperando toda la noche a que tu marido te llamara; esa llamada que nunca se produjo y tras la cual te convertiste en una obsesa del tiempo. Ahora tu ex marido vive una aventura normal y corriente con otra mujer que se comporta como una loca y que le dice que le quiere a todas horas. El dolor siempre triunfa en todas sus formas posibles y gracias a ello sabes que estas viva.
Los sábados por la noche, acostumbrabais a salir y patinar por las calles. Llevabais ropas de deporte y una sensación de felicidad arrastrándose junto a vosotros. Patinabais a vuestro aire y os cogíais de las manos. El dijo que no querría un segundo matrimonio y tú accediste a no casarte pese a que te ilusionara más que nada en la vida. Pasasteis dos años felices y luego, poco a poco, y casi sin quererlo, vinieron los hijos y los problemas y tú lo único que podías hacer, era cogerle la mano más y más fuerte y decirle que no bebiera más; pero a ti te daba angustia pedirle más cosas y toleraste hasta lo inaceptable hasta aquella noche; esperaste ésta y otras más hasta que entendiste que él había decidido no regresar nunca más y ahora al otro lado del espejo hay un rostro más viejo y descuidado, alguien a quien no reconoces y al cual podrías dedicar más tiempo. Tristes como las luces de neón sin funcionar del bar, tus arrugas sostienen tu edad como una colilla que humea entre los dedos y tu mirada piensa que es ley de vida seguir adelante. Miras en silencio pasar los coches por la carretera y piensas porque no te llevarán con ellos. Has estado toda la tarde peleando con los trapos y las manoplas y la suciedad y el polvo y no por eso, el mundo te parece más limpio ni más bonito. La inutilidad del esfuerzo encuentra su recompensa en los mismos cristales sucios que has intentado limpiar antes, en el pasado y el futuro y en ese ir y venir de tu casa al trabajo que ya hace tiempo que te hace sentir delicada de salud. Te bebes el sudor con la mano, el tedio del trabajo que avanza sin sobresaltos y esos programas de televisión que se enredan en tus ojos miopes donde ya se han apagado los deseos hace años.
Cuando su marido la dejó por aquella mujer, ella supo que gran parte de su vida se le había escurrido por el desagüe hacia un pozo sin fondo; a un lugar donde las televisiones nunca llegarían ni nunca tendrían interés en mostrar y que debería buscarse alguna distracción; algo que le ayudara a recuperar los recuerdos de ellos dos y mantener vivo lo poco que les quedaba de veinte años de matrimonio. Incluso la muerte le hubiera parecido una idea poco original sino hubiese sido capaz primero de deshacer el nudo de su fracaso y hacer de ello algo trivial como vaciar la papelera de papeles o fregar y recoger los platos de la cocina antes de acostarse. Buscó un trabajo por las noches y así también se mantuvo ocupada más parte del día y sin necesidad de pensar demasiado. Y empezó a escribir también las cosas que le pasaban y cuentos como éste, que no tiene nada de autobiográfico, o tal vez, si; mientras espera que el teléfono suene, el verano se apaga y ella tiene la esperanza de que no habrá nada del pasado que venga a mancharle de pavesas esa franja del tiempo en que fue feliz patinando, dejando pasar el tiempo y manteniendo la ilusión de que el futuro no era más que una página en blanco en la cual el polvo jamás se llegaría a acumular si ella era capaz de seguir mirando hacia delante.
Iba hacia al sur por la Tercera cuando una nube tapó el sol y empezó a llover. Sintió frío en los brazos. Al doblar hacia la Sexta y pasar por los puentes del subterráneo que llevaba a la playa sintió un poco de miedo. Ahí estaba él, el extraño, el que entrara en el café a destiempo y hablara después por teléfono. Y ella que estaba tan mal acostumbrada y que entendía tan poco de geografías y pasiones que excediesen de las escalas humanas, sintió entonces que el cielo era tan inmenso y que estaba tan cerca de ella que se tendría que atar los brazos al cuerpo para no tocarlo con las manos. Su corazón volvía a patinar. Él la vio cruzar la calle y detenerse al otro lado de la acera como si no supiera qué hacer ni adonde dirigirse, y esperó. Parecía esperarla dentro del auto, fumando y sin abrir la ventanilla porque llovía y tenía frío. Ambos sintieron probablemente un paréntesis en sus vidas, una sensación de cambio o de algo distinto que como un lenguaje en extinción deberían conservar para siempre dentro suyo para que no se les perdiera en la memoria. Pero como tantos que viven esperando una señal para hacer las cosas, esperaron en vano y ninguno de los, quizá esperando que el otro diera el primer paso, se sintió con fuerza para buscar una excusa para acercarse al otro. Sintiendo que quizá no deberían estar ninguno de los dos ahí y que jamás encontrarían la excusa, ella hizo señas al primer taxi que pasaba y se marchó a su casa sin mirar atrás; él espero que el taxi arrancara y después también se alejó sin mirar atrás. Los dos se fueron en dirección opuesta, distanciándose el uno del otro, dirigiéndose a puntos distintos de la ciudad y también de ellos mismos.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Final de verano

Sus pasos descalzos se detuvieron en el descansillo como una sombra distante y fría en el centro del mundo. Sintió la dulce tibieza de la alfombra amoldarse bajo la planta de sus pies y una sensación de placer recorrer su cuerpo. Deslizó suavemente sus dedos por la pared mientras se abrían puertas al deseo y reconstruía placeres olvidados y nostalgias de la magia del vuelo de las gaviotas. Nada podría detenerla ni disuadirla de su propósito por la sencilla razón que tomada su decisión había llegado a lo más profundo de su voluntad. Los gestos de la noche se corrían como una cortina tendida al viento, ágil y sencilla, sin pretextos ni arrebatos; pura y clara y sin lunas de cartón ni estrellas de bisutería que la difuminasen o confundieran, olía a sal y a arreos curtidos en silencio.
Finalizado el verano el pequeño pueblo costero había perdido la mayoría de sus visitantes y quedado vacío, casi apuntando al abismo; a mucha distancia de aquella otra geografía por la cual había sido interesado en virtud de sus aguas tranquilas y baños de reposo, y ahora convertido en una media luna de cristal que lloraba muy bajito casi en silencio su soledad. Ella podía pasarse horas escuchando el silencio y el brillo de las estrellas picando aquí y allá adivinando sus querencias y miedos, pues no dudaba que también las estrellas como las nubes y los océanos también se asombraban a veces de aquellas resonancias de la vida que sentían adentro y que nadie sabia explicar. El sonido sincopado de sus pies se adivinaba como un vuelo de espuma mientras avanzaba por el pasillo sin mirar atrás y sin querer defenderse de todo aquello que sucede en su cabeza. Afuera, feliz de encontrarse allí, la lluvia se sucede a escondidas, inconfundible con su repiquetear sobre las tejas y su temblar de rodillas en forma de flor que descienden desde lo alto. Le reconforta escuchar caer la lluvia y ver sus luces de luciérnagas suspendidas mirándose al espejo de los cristales y dispersándose al azar; sus pasos cojos y repetidos de armonías y olvidos que parecen contener la respiración para después sembrar las felicidades de los rosales y plantas de su jardín. Hay sueños inimaginables en esos momentos de silencios buscados, silencios que quisiera no acabaran nunca y la abandonaran a la triste realidad mitad pesadilla mitad desesperación de los corredores oscuros de su imaginación. Quisiera entonces matar la memoria y no hacerse daño con sus cristales rotos, con las blandas esquinas de goma que la asfixian si piensa demasiado y las madrugadas frías de los pelos de punta. Tabúes primitivos y temores ancestrales de mujer que quisiera protegerse del olvido de la felicidad y de los tramos más oscuros de su madurez, únicos residentes permanentes de la casa junto a ella. Durante el verano las cosas son diferentes y ella se siente mejor; los paseos por la playa y las visitas de sus hijas y de sus nietos ricos en risas y alegrías la embeben de claridad y gozo que ella acumula en cajas de cartón para cuando la depresión y los malos momentos la sacudan de dolor y sienta las noches más profundas que nunca mientras urde sus penas. Rodeada ahora de muebles viejos que la habitan y otoños que no cejan de clavársele en los recuerdos, sus pasos tiene el olor de la cera que se encuentra a solas y dibuja cementerios, de las columnas viejas que desfallecen y de los pájaros de alas frías que se entierran en una hoguera porque ya no soportan más la estupidez de su vuelo. Precisamente hace frío en la casa, un frío de lanzar cuchillos que se amplia dentro de su cráneo y la vela como un buitre; el tiempo parece espesarse adentro y abrazarla como una camisa de fuerza de metal pesado que se le enrolla al cuello zafio y leal; los espejos la saludan con una sonrisa de media luna menguante que tantas veces creyó no ver en su rostro pálido de toque infantil cuando entonces no era necesario mentir. Avanza despacio por el pasillo mientras sus dedos recorren perfiles, vértices y volúmenes de objetos que se le ofrecen al paso despertando ridículos ruidos de cafeteras. Desearía poder conservar esos momentos para siempre y enterrar las horas en la arena, no perderlas jamás ahora que el diablo está en suspenso y se siente bien. Pero entre la voluntad y el acto caben océanos y orillas que no esperan, destinos por confirmar y ángeles que huyen dejándonos a solas entre el soñar y el despertar. Ella ha dispuesto sus armas sin esperar tregua ni descanso como quien vive de prestado y no atiende en absoluto a las voces de los vendedores de Biblias, ungüentos y falsas conciencias. En lo alto, una luz de perezosas plumas ilumina la habitación sembrando en los rincones conjeturas y medusas iracundas del color de la tinta del calamar; sombras que son istmos de su soledad y jaulas opresivas de la libertad que ha empezado a quedarse sin oxigeno; en sus dedos flotan los pececillos de la falta de valor y la cobardía que ha de agravar sus aprensiones. Toda la culpa es de ese amante que se pegara a sus labios sobre la hierba alta de sus tobillos ese verano y le contara esa triste historia de la fragilidad, desesperanza y de las misas finales de verano, de ese arrastrar de viejos por los pastos secos a la hora de despedirse y que ahora reposa en sus ojos; esa carta de adiós de su amante, que cansado de ella, ha decidido dar puerta a su vida y le ha dado esta puñalada trapera, droga sintética de su atención que ahora la tiene bajo cilicio viviendo entre dos paréntesis. Ahora su reciedad flaquea y tiembla sin bastión alguno de fe que la atienda; mártir sin puerto, teme a ese suicidio pensado para borrar su aflicción, a ese mundo suyo inconfeso en el que las palabras se han ajado sin ser escuchadas y el futuro es un hijo deforme. Y es cierto que estas cenizas pudieron ser placeres y ella peregrina de la felicidad, pero el Destino la midió y la ennegreció hasta el corazón y tampoco entonces la escuchó.
El furtivo encaje de la noche se deshace lentamente sobre teclas de marfil y boyas de ojos escarchados y rostro feliz; las ventanas comienzan a aclarar y las barcas de pescadores a llorar al comenzar faenar y alguna armonía nace con todo ello como en los viejos tiempo en que todo era perfecto. Es hora pues de mover los pies, de bailar y olvidar la tristeza de los lápices, y los labios apretados que no ríen; hora de que aquellos pies descalzos que guardan reposo absoluto ante la ventana abierta de una habitación contemplen el horizonte y den un paso hacia adelante.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Panegiros

Aún sin haber nacido e incluso, sin haber sido concebido por sus padres, los cuales ni siquiera se conocían aún, Panegiros Suleiman manifestó incontestablemente y de modo irrefutable, su deseo de nacer.
Ilustrativo de su determinación, fue el hecho que después de que se conocieran sus padres, pura casualidad siquiera gobernada por la significancia del pensamiento de Panegiros, aquellos unieran sus cuerpos encendidos en furor adolescente, en la única noche en los últimos doscientos años que la ciudad de M. temblase por la vehemencia de un terremoto. Algo insólito.
Años después, Panegiros Suleiman pensaría que quizá hubiera sido él el desencadenante de aquel fenómeno geológico que tanto preocupase en su tiempo, justo al desembocar el gozo extasiado de sus padres en sus arrebatos de violenta pasión, con el mágico momento del hechizo del óvulo hambriento con aquel espermatozoide frenético e hiperactivo en su existencia potencial. Después de aquella noche, como si sus padres hubiesen comprendido rápidamente que cualquier otro encuentro entre ellos estaba condenado al fracaso, que toda futura incursión de sus libidos quedaría sólo en experimentos fallidos de reverdecer sumums de sensualidad perdida, no volvieron a verse.
Panegiros Suleiman nació bello y hermoso, triunfador desde el primer día; desde el primer instante fue objeto de ternuras y arrebatos entre las enfermeras que lo vieron nacer y posteriormente entre las mujeres que lo conocieron. Propios y extraños cayeron rendidos a sus pies, encantos irresistibles y espontánea naturalidad de quién todo le es fácil y nada le cuesta. Un moderno Mozart entre Salieris, una idea que arrastra y embruja a otros espíritus que le rendirán pleitesía, una fuerza ante la cual los otros se someterán y un concepto al cual se prestará obediencia, ese era Panegiros Suleiman. Bastaba sólo una mirada de sus ojos amabilísimos para someter voluntades adversas, un gesto o una sonrisa para abrir corazones enemigos y una sola palabra para hacer suyos cuantos detrajesen su influencia, toda malquerencia se deshacía ante él como un copo de nieve ante un brasero, o sencillamente se hacía imposible. Panegiros Suleiman, y sírvase la comparación, era como un virus, contagiaba a todo el mundo con su lindeza y encanto. En el colegio no se recuerda que abriese un libro para estudiar, ni siquiera en la universidad, donde se licenciara con honores. Maridó con Camila Sesrovira, una bella y culta heredera de un imperio de la telefonía móvil con la cual tuvo dos hijos, ninguno de ellos a la altura de su padre. Trabajador infatigable, amasó una buena fortuna, suya y propia, diferenciada de la de su mujer y mejor aposentada, antes de los treinta años. Fundó dos órdenes benéficas para hijos de madres solteras y jamás defraudó a Hacienda. Cercano a todo el mundo, nada esquivó en sus relaciones y siempre con una palabra amable y una voz de consuelo para el necesitado, forjó un poderoso ejército de corazones entregados a su persona, sirvió de paño de lágrimas para sus antiguos compañeros y otras almas solícitas de su calidez a las cuales jamás les negara nada, aún en contra suya o a expensas de su tiempo o libertad. Alentó a muchos con sus consejos desinteresados y ayudó a todos. Se labró fama de amigo irreprochable y mejor persona, de hombre de inquebrantable esfuerzo y exquisita bondad, de verdadero apóstol de la nueva vida, de la vida de aquellos de quienes se escriben biografías noveladas y se hacen películas de sobremesa. Labró su nombre en los círculos selectos de las finanzas y en el de los elegidos para pasar a la posterioridad entre sus contemporáneos. Subyugante y cautivador, Panegiros Suleiman era sinónimo de toda noción de triunfo.
Sólo se le recuerda un incidente desgraciado en su vida; una pequeña pelea entre colegiales sin mayor relumbre que el de las últimas palabras que aquel tuviera con Panegiros a su final. “Hoy no, mañana tampoco, pero algún día, no se cuando, te mataré, lo juro”. Palabras que a buen seguro Panegiros ha arrinconado, porque aún entonces, todavía rutilantes en el eco del patio de recreo donde fueron dichas, Panegiros decidiera que no merecía la pena acordarse de ellas, tan temprano las comenzó a olvidar; más por la no transcendencia que les diera que por necesariedad de vivificar una amenaza que nadie creyó en su momento. Fueron sólo unas sílabas vacías, unas meras secuencias del alfabeto prontamente desdeñadas, simples cenefas de letras desatendidas desde el mismo momento en que vieron salir la luz una tarde que oscuramente se recuerda ya, deshilvanada en la lejanía, y que sólo podríamos traer a la memoria por su excepcionalidad y anecdotizar su ocasión aún cuando ya nadie sepa a qué vinieron.
Cuesta creer que cuanto Suleiman tocase no tardara en revertir un as en sus manos, que acompañado de una fe absoluta y sin sombra, sus logros sólo estuviesen al alcance de la altura de sus intereses mientras que los nuestros sólo se aproximen a una mala cercanía a lo que realmente nos esperásemos de ellos. Cuesta creer también que cuanto él tocara se convirtiera en oro, y si acaso ya fuese oro, en oro sobre oro. ¿ El secreto de su éxito ?. Algo inexplicable que ni siquiera él mismo, si le preguntaban, podía dar una idea de ello. Era, existía y eso era todo; él no lo atribuía a nada ni a nadie en especial, acaso a la suerte o al destino. Más allá de él, de su persona y de su realidad, no se cuestionaba nada, tal vez en ello radicara su secreto, en haber aprendido a convivir con lo que le había sido dado sin buscar explicaciones o razones de ser, nosotros, simples helechos esmirriados bajo el peso de su paso sólo podemos imaginarlo. Distraer segundos, enamorar minutos y preñar las horas con su avasallante voluntad era lo suyo, el resto caía a sus pies como fruta madura, como algo debido y otorgado a él antes de tiempo y que sólo se espera que él se digne a recoger. Y lo peor de todo es que no se le pudiese reprochar que las cosas fueran así; su conducta, con todos por igual, era incuestionable, ya lo sabemos, siempre dispuesto a ayudar y ofrecer su mano a quien la requiriere, jamás dudaba en hacerlo. Tampoco hubieron escándalos familiares en su vida, y si existieron, no se conocieron. Guardó estricta fidelidad a su mujer durante todo su matrimonio, tentaciones hubieron muchas, es cierto, no sólo de pan vive el hombre, pero jamás sucumbió ante tamaña debilidad, y aún cuando su mujer si tuvo en su momento cierto desliz que fue conocido, él no dudó en perdonarla inmediatamente y atribuirse a sí mismo toda culpa, aún sin tenerla, por cuanto hubiese sido él mismo el causante de su determinación aventurera, supuestamente por no haberle prestado suficiente atención o por su ligereza en la conducta al no haberse mostrado con ella más afectuoso durante todo el tiempo en que habían estado juntos, aún cuando era conocido cuanto afecto y cuidado dispensaba no sólo a su mujer sino a su familia entera por igual.
Su paso por el mundo era avasallador. A nivel profesional sólo cabía referirse a él como un número uno, y aún entre sus iguales, un “primus inter pares “; cuantas menciones honoríficas pudiesen existir eran todas para él, y sí aún no habían sido creadas, prontamente lo fueron, quizá sólo para manifestar o atestiguar su magnetismo sin igual. Sus muchos triunfos desbordaron las fantasías más ambiciosas de los más optimistas, su rostro bello y hermoso aún a los cincuenta años fue objeto de portadas de revistas, de entrevistas e incluso de una biografía novelada que fue un éxito de ventas en su primera edición; cierto empresario, joven pero no por ello exento de escrúpulos, llegó a manufacturar cientos de miles de calcomanías con el rostro del divino Panegiros y la leyenda, “Yo de mayor quiero ser como él”, se vendieron a millones. De repente, un buen día, su estrella comenzó a fundirse. La misma noche en que era investido “Doctor Honoris Causa por la universidad donde había estudiado, Panegiros se descubre un pequeño bulto bajo la axila, sólo una breve tumefacción que le molesta, a medio camino entre el color lila y amarillo del tamaño de una pequeña nuez. Nada serio piensa él. Así se lo confirma su médico de cabecera. El día que entra en urgencias, la primera y única vez que tiene necesidad de ir, se alarma; el dolor se extiende por todo el brazo y le dificulta el movimiento. En el hospital pierde la conciencia. Quizá más por el miedo o por el temor a lo desconocido que a otra cosa, porque lo que él tiene no merece la pena ni de ser tomado en serio. Un pequeño nódulo o bulto de grasa a falta de más pruebas médicas. O al menos eso cree el médico de guardia tras la primera inspección que le hace. A primera hora de la mañana vendrá el especialista y podrá emitir un diagnóstico más profesional. Se llama Gómez y tiene más o menos la misma edad que Panegiros, pero su vida quizá no ha estado al nivel de lo que él esperaba. Sí, es un gran cirujano pero no ha llegado a más. No es importante ni le han hecho fotos. Es un personaje gris que sólo destaca en su pequeño mundo, un rey de un territorio demasiado pequeño para ser considerado lo bastante importante como para dedicarle más líneas. Durante toda su vida ha oído hablar de su paciente, al que ahora tiene delante suyo, sedado y medio desnudo. Ahora las tornas se han cambiado, ahora es de él de quien se habla. Demasiados años oyendo noticias suyas, demasiados años escuchando su nombre aún sin querer y demasiados años viendo relucir con luces de neón su memoria de la cual no quiere evadirse, no aún, demasiado años macerando aquel recuerdo del cual no ha querido sustraerse, ni ha podido olvidar. Demasiados años desde entonces. Demasiados años acumulando resentimiento y pesadumbre. Demasiados años también desde aquella tarde que ya nadie recuerda salvo él, en la que tras las magulladuras de la vergüenza y el odio revertido de un joven, prometió vengarse. Algún día.

martes, 18 de noviembre de 2008

Esperanza

Belleza sin acento, indisciplinada y dormida tras tantos años de carestía y pobreza; belleza de labios carnales y brillantes y hermosos ojos zarcos que albergan el sonido de las lágrimas de las calles viejas de sombras alargadas y las humedades ásperas. Caminando sin ningún destino concreto como una bolsa vuelta a la merced del viento quizá esperando alguna clase de milagro apócrifo y esa forma de mirar suya que golpea el corazón.Un cielo oscuro de domingo de vientre inflado de orina y emergencia médica que nos tutea, y que la tutea; tiene apenas la edad de la poesía nacida en soledad y del desorden del dolor; esa paz ideal de las flores húmedas tras el énfasis de la tormenta y las apetencias aún no satisfechas; es un día de esos en que uno no quisiera estar presente en ningún lugar, y menos, en una sucia esquina maloliente como un fastidio que nos frena los pasos y hace vomitar entre alcantarillas; como le pasa a ella, que vomita el alma que vomita una agonía; y entre vértebras perdidas, áridas y sedientas, que vomita el caos sangriento de su carne. Nada de palabras sino puras dosis verbales de fe que hemos de creer; porque la luz a esas horas es un desierto, y su cuerpo tendido entre cartones, un vergel en gran silencio que envuelve la noche en flor; la hora en que las sombras reptan entre los faldones de las paredes, ágiles, posibles, como una fantasía dejada en libertad al paso de las luces de los vehículos, pero en que nadie la ve, imposible, roca a flor de piel. Las sombras que se amparan bajo esa teología del celaje y dientes de rata en ebullición de la noche de escalofriante y fría mecánica vacía de si misma; libre de consecuencias, y total, el tiempo, con el deseo aljamiado en las pupilas; algunas nubes, viento al hombro, se arrastran por lo alto como cosa atragantada con aires de jactancia.La mujer tiene un pantano de espasmos en las venas, una burbuja de bilis que le babea un caracol gigante que le muerde los párpados con un pesado sol de siesta y la encharca en aguas verdinosas; nota como el disgusto y la prueba del dolor se le escurren piernas abajo, fétidos como la sensación de una caricia de descomposición; desde muy lejos escucha unas voces lejanas, sin rostro ni identidad, la lengua de una infancia desterrada, un parabién de café tibio y otras formas de vida que se entretejen las unas con las otras en un inagotable calidoscopio; la salpicadura leve de sus ojos abierta a los cielos, depositada la mirada en alguna región lejana de vaivenes de cinturas, abrazos robados y humedades irritantes; alguna adivinanza de silencios interiores y algo fabricado con desesperanza y mercancías repulsivas de su trabajo y el lenguaje de acorralamiento a los que su alma se ha entregado en forma de coágulos y fragmentos de sonrisas pagadas con dinero; amor falso de cero grados bajo las mil formas de los gases y olores corporales conocidos en los que ha sentido el horror y las atmósferas del miedo y el asco, parcelas pinceladas robadas, todas, a la frontera de la muerte.La belleza exige cierta reserva e imprecisión, es la erótica de lo que es excesivo y del rubor feliz de la vergüenza; por eso su rostro ahora es bello, lejano como un paréntesis y definitivo como aquello que se muere y queda en el recuerdo. Asentado en la inconsciencia, dormido, su cuerpo reposa bajo las frondas de luz de una ambulancia del 061; los médicos la atienden y desisten de cuanta iniciativa se les puede ocurrir faltos de ciencia ante lo que parece irremediable; hay algo en ella que les hace reaccionar con prisas sin dilaciones; la proveen de los cuidados esenciales y más necesarios pero un pulso mínimo y las pupilas carcomidas ala de cuervo y el vacío incrustado en sus sienes les hacen temer lo peor. Ella no percibe nada y menos el sonido de aliento inflamado de la ambulancia en su carrera imposible por salvar su vida. La ambulancia llega al hospital y la camilla despierta por los pasillos enrevesados de las salas de urgencia hasta llegar al quirófano, un favor que se tiende para completar otros que luego quizá no sean apreciados en la rueda de la vida se descubre como única prosa a la esperanza por si ella llegase a sobrevivir. Pero poco o nada se puede hacer ya por ella; demasiado tarde para cualquier regreso una vez que ya toda su sangre se ha precipitado a su abismo de campanas tristes de iglesia y cadencias de espaldas infinitas.Pocas horas después y aún apenas caliente su cuerpo, alguien en la morgue contempla su cuerpo desnudo; hay una lujuria en aquellos ojos que escapa del orden y que hace indiferentes al resto de los otros cadáveres que les rodean; cuerpos todos menos jóvenes y menos bellos que el de la mujer y menos deseables que el de ella; cuerpos vaciados de todo calor estrechados en una piel de porcelana azul y el cerco ceremonioso de frío de los armarios de metal en los que los alojan; cuerpos de huellas pardas y profundas que no han sido desvestidos de aquella corola que disimula su desnudez y que no son contemplados con ansias y goces imposibles de reprimir; con fruición el hombre disfruta de la morbidez del cuerpo desnudo de la mujer que es gozado y acariciado una vez más como siempre lo ha sido en vida; de aquella igual y sórdida manera en que en diferentes moteles y hoteles sus pechos han sido besados y sus caderas violentadas a cambio de dinero; el mismo cuerpo de mujer que es ahora poseído y disfrutado por ese hombre del deposito de cadáveres que no puede dejar de repetir una, dos y mil veces la palabra puta mientras le jadea encima y ensucia, sabiendo que ella no puede oponer resistencia y ya nada le debe importar a ella lo que haga. Palabras sucias y soeces que huelen mal como si sus labios hubiesen sido fregados con un ajo o una cebolla; palabras, palabras, demasiadas palabras.Nunca sabrá él, nunca sabrá ella, que pocas horas antes que todo eso sucediera, a cambio de su vida, ella ha alumbrado otra de dos kilos setecientos gramos a un tiempo tan arisco como es el del nacer y en el cual su madre un día nació para hacerse después puta por necesidad y demasiada pobreza. Y es ahora, aún con los calzones bajados del hombre y el sexo húmedo, que la belleza de la mujer una vez ya despojada de su vida, se hace más sincera y más rotunda; el cabello oscuro y bello como un plenilunio desmayado y crepitante suelto sobre los hombros al viento de las horas y de la imaginación; todo él flexible y encerado como los oleos en un lienzo que ha de aprender a ser recuerdo y devenir eterno ahora en que deviene el rayo de la luz de esa otra vida que se hace necesaria retomar en el cuerpo de su hija y que se ha de elevar por todo lo alto ajena a todos aquellos amores con traición que un día ella conoció y experimentó con fatal desilusión.Pese a ello, y aún muerta y sucia, hay en sus ojos una luz que brilla intempestiva como un brillante y que jamás nadie podrá arrebatar ni mancillar; esa luz de la ilusión de la castidad del pabilo de una vela que sueña con emular al sol y que tal vez su hija alguna vez llegue a contemplar.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Hermandad

Víctor es un buen hombre. Pero su mujer Isabel, es una pécora y sabe lo que se trae entre manos, por eso se casó, (cazó, diría yo), con Víctor, que es mi hermano.
Él e Isabel tienen dos niños pequeños, de seis y cuatro años de edad. Estamos los cinco de vacaciones y nos lo pasamos muy bien. Me gustaría que Isabel no estuviese con nosotros, que estuviese lejos, perdida, o que jamás la hubiese conocido, ni Víctor tampoco. Es una sanguijuela de su corazón, todo fachada, más falsa que un duro de cuatro pesetas. No me gusta.
La playa donde estamos es muy bonita, casi salvaje. Pero Isabel es una mancha en mi felicidad, me gustaría que no existiese, que no estuviese aquí. Muerta no, que no hubiese nacido sí, no quiero que haya tenido ningún placer, no quiero que haya vivido, pero eso es imposible ya. Basta que piense en ella para que no me lo pase tan bien como me lo paso cuando no pienso en ella. Pero ahora no quiero hablar más de ella, no se merece que le dé más importancia, es una bicha infecta.
El acceso a la playa es muy accidentado, tortuoso a ratos, pero todo eso hace que ese pequeño rincón se mantenga casi desconocido para la gran mayoría de veraneantes. Un paraíso que se ha escapado al bullicio y al gentío estridente de las almas insensibles. El agua es tranquila, sosegada y limpia, casi transparente; de delicado declive, la orilla se va sumergiendo poco a poco mar adentro, sin estridencias y con toda la pausa para que se pueda disfrutar del agua sin uno alejarse demasiado de la costa. He de vigilar a los niños.
Éste es un rincón sólo conocido por algunos practicantes del buceo e inmersión, y algunas familias de pescadores o navegantes que por lo escarpado de su acceso prefieren llegar por mar. Arrecifes de corales y bancos de peces, diminutos y mayores se solazan en calma por allí, sin premuras ni amenazas de bañistas salpicadores y vocingleros. La arena es blanca, bañada tímidamente por las olas que van a morir allá, nuestros pasos se dibujan sobre ella para pronto desaparecer arrastradas nuestras huellas por el incontinente ir y venir del mar. Los niños y yo nos divertimos observando como la tierra mojada, esculpida en forma de prominentes castillos húmedos de recebo acaba por ser engullida por los embates pacientes del cabrilleo de la marejada. Caracolillos y ermitaños sorprenden nuestros devaneos juguetones afanándose en cubrir los huecos abiertos de sus moradas por el oleaje, con las prisas diligentes de los buenos hacedores que rentabilizan su esfuerzo al máximo. Estrellas de mar y pequeños bivalvos enterrados en la arena, se apresuran a esconderse de nuevo tan pronto son descubiertos por nuestros juegos traviesos de aventura e inspección con palas y cubos de plástico. Una suave brisa que sopla de poniente sumerge nuestras conciencias en la imaginación de lejanas islas tropicales a donde hemos ido a parar tras cruentas luchas sostenidas con feroces corsarios que nos han acechado durante el camino. La fantasía se dispara sola en un lugar como ese; rodeada de los hijos de Víctor, yo también soy una niña en esos momentos. Rejuvenezco los edenes perdidos de la niñez donde todo era fácil, y donde el simple hecho de vivir era sólo eso, vivir, sorprenderse a cada rato bajo nuevas experiencias que te enriquecían y te maravillaban mientras te hacías mayor. No hay casi nadie en la playa, sólo nosotros; Víctor e Isabel se han ido a navegar, lejos, a sumergirse en las quietas aguas y buscar los paraísos perdidos que aquí en la tierra hemos olvidado ya. Nuestros cuerpos, el de los niños y el mío reposan, luego de la diversión, cansados, fatigados, sobre las esterillas de baño, y mientras duermen, yo los contemplo; sus rostros dibujan felicidad y apasionamiento vital, juventud de infancia e inocencia. La frescura perdida que ya no nos queda a los mayores. Sus cuerpos, hartos de ejercicio y correrías están mojados de transpiración y sal, sus cabezas, todavía húmedas, roban luz al sol para sembrar destellos albos bajo mi mirada y atención. Yo nunca he tenido hijos pues creo que esa es una pesada carga para todo aquel que estima de sobremanera el respeto que se merece la vida humana, para el que valora el hecho de la imposibilidad de no poderles ofrecer lo mejor para ellos, la mejor educación , la mejor alimentación..., y un sinfín de cosas que uno hubiese querido disfrutar y poder dar a sus hijos. Sea como sea, los hijos de Víctor e Isabel los veo como míos, los siento como míos. Como si fuese su madre, incluso más.
Los peroles de juguete de los niños se encuentran desperdigados por la arena de la playa, distraídos por doquiera por el desorden producido al perder el orden y meticulosidad que de ordinario ponemos en la cosas. Rebozados en mica y sílice unos, y suspendidos otros en el suave balanceo de las olas que se suceden, han perdido ese rigor matemático de la pureza de manufactura de país asiático. La tarde cae pesada y densa sobre ellos, yergue sus minutos sobre el estanque de las horas y tenemos tiempo para que así sea. Somos libres. Grandes masas de nubes blancas y algodonosas navegan elevadas filtrando los cansinos rayos de sol, el murmullo del mar que rompe en la costa tiene la melodía de una nana vespertina que acuna sensibilidades y regresos a la paz interior, es sedante y absorbente. A lo lejos, una sombra, la forma humana de una silueta se dibuja en el horizonte del mar. No sé quien puede ser, no me interesa, no quiero preocupaciones. Los niños, agotados por el día, aún duermen en sus camas cuando yo despierto. La umbría se ha instalado en la habitación del hotel como un elemento inescindible de la decoración. Afuera, a la luz de la luna que comienza a insinuarse, reconozco la sinceridad de la noche que amenaza, la duda del sol que desfallece y mi inquietud por la ausencia de Víctor e Isabel. Desde mi dormitorio oigo el mar encrespado fuera de horario; en el cielo, infinidad de trozos de cristal brillantes despiertan poco a poco y una pegajosa sensación de intranquilidad se mueve en mi impresión. Mi primer impulso es salir corriendo, escapar de esa opresión que se ciñe en mi cuello como un sedal metálico y hacer cualquier cosa que interrumpa esa sensación de pánico inminente que veo crecer en mi interior; pero he de mantener la calma. Ocupar mi mente en otras cosas que no sea pensar. Rezar.
Es curioso como algo imprevisto, algo con lo cual no contábamos puede ser una verdadera fuente de conocimientos sobre nosotros mismos, como nuestras reacciones hablan de los aspectos más desconocidos y a veces ignorados de nuestra propia persona y jamás dejan de sorprendernos. Trastornada, me movía como un zombi de un lado a otro de la habitación, nerviosa, obligada a no despertar a los niños. Propiamente nada había cambiado desde aquella misma tarde, apenas sólo unas horas de reloj, pero mi situación, mi estado de ánimo había experimentado un cambio radical, que difícilmente se podía entender como normal. La abstracción de ideas siniestras, crueles y salvajes no pararon de aglutinarse en mi cabeza durante todo ese rato, especulaba con pormenores que se identificaban con accidentes y pérdidas irreparables, con nuevas responsabilidades por venir y dejes de culpa por no ser yo, y no Víctor, quien acompañase a Isabel en esos momentos. Presentía la verdad y cualquiera que ésta fuese, me removía el corazón. El mundo se cerraba sobre mí en manchas oscuras, desoladoras y tristes, en una especie de ejercicios retóricos del pesar donde yo sólo era el elemento necesario para que el dolor y la inclemencia del destino arraigase. Temía cualquier temeridad o imprudencia que hubiesen cometido ellos dos allá lejos, solos y aislados en alta mar y sin más refugio y protección que sus propias conciencias y la salvaguarda de una pequeña embarcación que no me sugería ninguna confianza. No sabía qué hacer, si avisar al gerente del hotel para que denunciara la desaparición a las autoridades portuarias o sencillamente esperar y tranquilizarme y superar aquel mal momento. No quería precipitarme ni tampoco dejar pasar el tiempo por si éste hubiese sido necesario en caso de que mis pensamientos no hubiesen dejado de estar desencaminados. Arrebatada violentamente de aquella paz y armonía anterior que había yo sentido antes arropada por los rayos del, la cálida brisa y el murmullo del mar, toda nueva sensación que experimentaba no eran más que el peso de una decisión que no llegaba yo a decidir. Sin yo apenas advertirlo, comencé a llorar, a vaciar mi alma de dolor y desesperación. En aquel momento supe que algo había ocurrido, y que yo había hecho tarde.
Amparada en risas simuladas y bromas creadas para distraer mi preocupación y no inquietar a los niños logré acostarles tras haberlos bañado y dado de cenar. A esas horas lo inevitable era manifiesto, una llamada a la puerta de mi habitación lo evidenció todo. La desnuda crudeza de los hechos afirmó aquello que yo tanto había temido. Habían encontrado flotando sus cuerpos a la deriva de la principal corriente que recorre la bahía de C. Ebrios los pulmones de agua y atenazados los músculos de tanto resistir contra la marea. Parte de sus rostros y de sus cuerpos habían sido limados por la voracidad de los peces, despertando los huesos y reflejando los tendones a la luz de la mirada. Preferí no verlo, pero no tenía excusa alguna, tenía que reconocer aquellos cadáveres ante el Juez Instructor, los papeles que consigo llevaban en la embarcación de poco pudieron servir por el estado en que los encontraron. A la mañana siguiente, luego de hacer las oportunas exigencias administrativas que se esperaban en un caso así y de tramitar los papeles oportunos, acabaron las vacaciones y regresamos a S., donde nos esperaba a mí y a los niños una nueva vida, muy distinta a la que hasta entonces habíamos llevado. El ritmo de las cosas y el continuo suceder de nuevas situaciones a las cuales someterse durante las siguientes semanas me restaron tiempo para dolerme de la pérdida de mi hermano. La desaparición de Isabel sólo representó un pequeño apósito en aquella herida irreparable y absoluta que significaba no poder volver a ver nunca más a Víctor ni poder compartir con él los recuerdos que guardábamos los dos de nuestra niñez, ni escuchar otra vez su alegre risa, enterrada desde hoy en el pasado. A partir de ahora tendría que aprender a enfrentarme a la severidad de una realidad que jamás hubiese deseado tener que afrontar. Tenía ante mi el reto de salir adelante, de educar a dos niños y hacer de ellos dos personas de las cuales sus padres hubiesen podido sentirse orgullosos. Lo haría, allá en los cielos había una persona a quien se lo debía. Comprendí también que había sido injusta con Isabel, que ella también debía ser acreedora de esa misma voluntad que debía guiar mis pasos a partir de ahora. Quizá por extrañezas mías, o un resentimiento tácito, genético entre mujeres, yo había adoptado una postura desproporcionada, intolerante, que tal vez no mereciese, y de la que en todo caso me arrepentía.
Con el cambio de estación todo comenzó a equilibrarse. Me hice a la rutina, a los cambios sobrevenidos y a mi nueva faceta de mater familiae; los niños no acababan de entender lo sucedido, no tenían aún esa edad en la cual comenzamos a deformar nuestra inocencia para hacernos pasto a conocimientos superiores que nunca más nos harán felices. A nuestra manera, la única que por desgracia conociamos, éramos felices. Por las noches, había veces que yo recordaba, que lloraba y que buscaba respuestas al acertijo del por qué de lo que había sucedido. Nunca obtuve respuesta y me sentí feliz de que así fuera, porque cualquiera que ésta hubiese sido la hubiere encontrado injusta, egoísta y poco piadosa. El tránsito de una situación de cierta liberación familiar como la que yo había disfrutado hasta entonces, de independencia, sin más responsabilidades que las dadas por los compromisos entre hermanos, a otra de mayor agresividad y riesgo en cuanto se suponía la dependencia de los niños hacía mi no fue tan tortuoso como cabía esperar. El afecto mútuo que desde el primer momento nos dispensamos los tres tras la tragedia nos ayudó a sobrellevar aquella irreparable perdida, cuyo verdadero significado, no tardarían los niños en asumir tan pronto crecieran y se hicieran adultos. No hubo nada de vengativo en mis deseos de resarcirme de aquel dolor que me había supuesto hacerme mayor tan de repente. No hubieron ansias de volver atrás el tiempo perdido ni regresar a aquellos días en que la seguridad y amparo que me proporcionaba mi hermano me resguardaba de mis miedos y temores, ahora todo dependía de mi y yo, del día a la mañana me había convertido en mi mayor valedora. La soledad renovadora del otoño y el silencio blanco del invierno zanjaron de una vez para siempre, todos aquellos recuerdos que tenía yo, momentos como esos no volverían, se habían ido y no regresarían. Tracé una línea separadora entre el antes y el después, disocié los zaheridores sentimientos que ya nada me podían ofrecer sino fuesen pena y dolor, y pasé a mirar hacía delante, a no volver la vista atrás; lo ocurrido, pasado estaba, nada podía hacer yo por remediarlo, ahora me debía al presente, a mi supervivencia, a todo aquello por lo que permanecía viva y que me hacía sentir alejada del naufragio de mi existencia.
Pasaron tres inviernos más, los niños crecieron y no tardaron en comprender las cosas que se les escapaban años atrás. Fueron capaces de expresar sus ansias y sus temores, las incógnitas que hasta entonces habían perdonado a su tranquilidad. Comprendí yo también que mi trabajo con ellos no sería realmente efectivo hasta que pudiera desvelarles todas las interioridades de lo que sucediera aquel día en que sus padres desaparecieron. No hacerlo hubiese sido una ofensa para ellos, facilitar la duda de un hecho concreto en el cual era necesario que ellos participaran y conocieran. Ese mismo verano les anuncié que pasaríamos el verano en C. A los orígenes. Teníamos los tres una cuenta pendiente. No podríamos acabar definitivamente por asimilar lo sucedido si no regresábamos por lo menos una vez más a aquella misma playa, a ese mismo mar que amortajó a sus padres y fecundó mi madurez. Ninguna vida es completa hasta que no hemos sido capaces de superar nuestros miedos y enterrar nuestras maldiciones. Saldar deudas con el pasado y establecer ventajas, llevar a cabo heroicidades y asimilar cobardías. El tiempo es incapaz de retener para siempre fracasos y enterezas, sólo nosotros somos capaces de restaurar esos pequeños fragmentos de nuestras vidas que merecen ser recordados, nada tenemos más que eso, vivimos en una constante pérdida, amores, penas, ilusiones y absurdos, que se escurren entre nuestros dedos para nunca volver; sometidos continuamente a fracasos y reinicializaciones de nuestra persona, establecemos cada día nuevos horizontes, nuevos encuentros y nuevas decepciones, seguimos adelante, hemos de hacerlo, sin parar, siempre, y eso es lo importante, permanecer vivos, sabernos vivos y seguir ahí, vivos, vivos ante todo, vivos hasta que nos sorprenda, algún día el último vacío. Y en eso consiste el vivir.
La mañana que llegamos a C. todo permanecía igual, sólo nosotros tres habíamos cambiado; la propiedad de la tragedia ya no era nuestra, ni del aire en el que se desarrollara años atrás la desgracia, ni del mar que absorbiera aquellos cuerpos para expulsarlos sin vida después. Era sencillamente una lección que teníamos aprendida y que sabíamos que siempre nos acecharía mientras viviésemos, pero que también dominábamos y ya no podía hacernos daño. Había en ella contenida la experiencia que nos hablaba de cuan frágil es la vida humana y de cuan fuerte puede ser el recuerdo de las personas que hemos querido alguna vez, la forma rigurosa en que se pueden ensordecer las alegrías compartidas que se nos arrebatan y el valor que puede tener una alma por el número de cicatrices que tiene cosidas. Sobre el cielo se sostenían iguales rebaños blancos de nubes que entonces, abandonados jirones de algodón por los cuales se filtraba la luz y los silencios agitados de olas que llegaban y se extinguían sin tener necesidad de preguntarnos nada. Los niños contemplaban el mar, ese infinito horizonte que no acababan sus ojos de acariciar en su inmensidad. En esos momentos estuvimos los tres unidos más que nunca lo estaríamos en la vida, juntos desde el pasado más allá de ese presente que se nos representaba ahora cargado de futuro y esperanza. No cabían palabras entonces, no eran necesarias, toda palabra hubiese significado una ofensa a ese mágico momento en que todo parecía estar acorde con la naturaleza, abrazados los tres, juntos, todo estaba ya comprendido en nosotros; nos dimos las manos y acto seguido avanzamos hacía el mar, caminamos hasta que el agua comenzó a bañar nuestros tobillos, y nuestros corazones, hasta adentrarnos más, mucho más, hasta ese punto en que el cuerpo se funde en la naturaleza y no hay preguntas que contestar. El futuro nos pertenecía.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Senén

Senén despertó y libró una fuerte batalla con sus ojos para abrirlos. Una pequeña demostración de su fuerza de carácter. Son las tres y media de la madrugada de un frío lunes de principio de Octubre y Senén ha de sostener un nuevo reto consigo mismo. Levantarse de la cama, ducharse con agua helada -hace días que el termo ha dejado de funcionar-, desayunar y salir para su trabajo. Tiene cerca de sesenta años y la vida le puede. Enciende la luz de la mesilla de noche y pasea su vista por la habitación. Su mujer con el pelo recogido en un montón de bigudíes y clips de plástico, descansa todavía a su lado. Un pequeño milagro. Luego de tantos años juntos se ha establecido una comprensión que da asco y nauseas. Gases, hedores de pie y hedentina de boca han establecido entre ellos tal complicidad que la vida sería demasiado complicada sin ellos. Y esos picores provocados por el trasero mal aseado y la mezcolanza de turbios aires corporales, que en otras personas resultarían repugnantes, son tolerados como si de una expresión de amor se tratara. Sus vidas nacen y fenecen en ellos y su amor todo lo alcanza entre los dos extremos. Amor sin sofisticación desprovisto de gallardías y otras miserias que lo hagan más llevadero. Senén y Encarna luchan por mantener intactas sus vidas al margen de los demás en anoréxica exclusión, ni videos, ni televisores en color, ni Internet; ni saben lo qué es ni les interesa tampoco. Cada día, sin falta desde hace cuarenta años, Senén se levanta a primera hora y baja hasta las Ramblas donde le compra una rosa roja a Encarna y la deposita a su lado en la mesita de noche para que sea la primera cosa que vea al despertar. Hoy también Senén cumple con su pequeña galantería, como el primer día, con la misma ilusión y con la misma fuerza del sentimiento que lo agitó a hacerlo cuarenta años atrás.
Luego de desayunar un café con leche en el bar de la esquina se va a su trabajo en la Corporación Metropolitana de Transportes; saluda a sus compañeros, se enfunda en un gastado mono de color azul y con su casco baja a los túneles del ferrocarril a reponer las bombillas que se han fundido durante la noche. Entre humedades, ratas y viscosidades que se encuentra en la oscuridad cumple con su deber con diligencia y profesionalidad. Doce horas sin ver la luz del día y sin saber si llueve o hace sol. En verano suda y se funde con las temperaturas asfixiantes del subsuelo mientras que en invierno siente helarse las manos que se han agrietado de tanta húmeda suciedad y esclavo trabajo. Senén hace equilibrios con su salud y sólo encuentra consuelo en saber que no está sólo. Encarna le espera en casa y esa es su ilusión. Sólo por eso merece la pena estar vivo.
Encarna trabaja por horas haciendo limpiezas en casas de la zona alta. Se levanta también temprano pero no tanto como Senén a quien quiere mucho. Es muy humilde y sabe que todo cuanto ella pueda hacer o pensar no es nada en relación a su capacidad de ser feliz. Las grandes cosas que su vida le ha deparado se han justificado por sí mismas ya, y no encuentra otro motivo para su existencia que ser la mejor parte de sí misma para los demás. Es una buena esposa y una buena compañera; trabajadora encomiable, tiene un alma inocente que se llena de luz cada día al despertar y ver a su lado esa rosa roja que la espera y que la hace emocionar con toda la fuerza de la belleza que se contiene en ella. Su trabajo le quita tiempo a su vida y ve ausentarse su mediana juventud como quien ve caer las hojas amarillas de un árbol en un paisaje color pastel aún no llegada la hora de la senectud. El día le trae a la memoria la ausencia de Senén y en cada uno de sus pensamientos hay una huella de la mutua felicidad que les une, ensoñaciones que restan espacio a la distancia y conmueven toda medida del humano firmamento de los sentimientos. Allende distancias y soledades compartidas, sus mentes se ungen en la bendición de los cuentos de hadas y las fábulas que se cuentan con voz de fantasía, sus corazones vencen estorbos de largo recorrido y estrechan caminos que se acortan con sólo quererlo y desearlo, tal es su afán en percibirse el uno en el otro. Toda una vida juntos no ha sido capaz de mutilar tanta ilusión y tanto anhelo como el que ellos dos tienen el uno por el otro. Son afortunados como sólo pueden serlo ellos; indiferentes a todo aquello que les rodea, pues en ello sólo encuentran un motivo para no estar en la única compañía que quieren y desean, se han apartado del mundo, pues el mundo es todo aquello de lo que han huido para estar juntos.
Cuando Senén llega, la casa es un vacío inhóspito sin Encarna, un mausoleo de pasiones adormecidas que sólo cobran vigor y luz con su presencia, que tanto añora. Cansado y con el corazón encanecido por tantas horas fuera, Senén se deja caer en el sillón mientras su alma se encoge en una espera siempre demasiado larga. En esos momentos, Senén aborrece el tiempo. Fatigado y sin más compañía que su sudor se despoja de sus ropas sucias, las pone en el fregadero y apura la colada de toda la semana, más por la costumbre que por la necesidad de hacerlo. Hoy está especialmente cansado, ha sido un día duro y pesado, sin descanso. Sentado en la mesa de la cocina que Encarna ha cubierto con un mantel de hule, Senén pela unas judías verdes poniendo una sonrisa en cada una de las vainas que llenan el perol de aluminio donde las vierte. Dos kilos y medio, ni más ni menos, un verdadero lujo. Corta después cinco patatas y las pone a hervir junto a las judías a fuego lento con unas hojas de laurel y sal. Encarna todavía tardará en llegar, hoy es miércoles y trabaja hasta tarde. Le gustaría abrazarla y oler su pelo de mujer amada pero pensarlo es uno y poderlo hacer es otro, sólo cabe su tensa espera y supeditar su pensamiento a mejor oportunidad que fraguar en soledad su deseo. Las judías y las patatas están casi a punto y eso le convence de que ha de ponerse manos a la obra. Vacía el cazo hirviendo en la pica y deposita en una fuente metálica la verdura que rezuma vapor y aires de pueblo de su Andalucía natal. Lejos de extrañas sofisticaciones gastronómicas se siente feliz, preparando la cena sin más caprichos que el de hacerlo con todo el amor del mundo. Diligente y preocupado en aliviar trabajo a Encarna para cuando llegue, Senén lava los aperos empleados y los pone a escurrir prestando atención a disponerlos en orden sin hacer de ellos una precaria escultura malabar de arte doméstico. No busca la ampulosidad del gesto ni el agradecimiento en el afecto que Encarna le pueda dispensar cuando llegue; Senén sólo quiere ayudar, como si de un acto debido y merecido se tratara. Como dos compañeros solidarios que se auxilian mutuamente y no esperan nada a cambio, sus vidas discurren paralelas, dispensándose una entrega que tiene mucho de fidelidad y arrobo canino, incuestionado e incausado; es así y sería adulterar sus sentimientos preguntarles por qué es así. Ellos lo ven como algo natural y algo normal, y no esconden su felicidad de sentirlo así.
Encarna acaba su jornada laboral y recobra su libertad de esclava subvencionada. También está cansada, los años no pasan en balde y cualquier movimiento de su cuerpo llama al dolor. Le pesan las piernas y su cuerpo es un balde difícil de mover a dichas horas; pero su aliento se alimenta con el deseo de llegar a casa y abrazar a Senén, de olvidar tantas horas en el sufrido trabajo y aventurarse por los caminos que sus dos bocas unidas abren al fusionarse en ese momento tan esperado como es el de su llegada. Encarna no pretende ganarse el cielo con su sacrificio ni hacerse un nombre en la empresa de trabajos de limpieza donde se emplea, sólo persigue hacer su trabajo lo más dignamente que pueda y saberse aún útil a tan aventajada edad para estar fregando suelos y despachos. Lo acepta de buen talante pues su carácter no le sugiere lo contrario; se siente recompensada de sobras con la felicidad que lleva dentro. Tiene una disposición genética que le hace inocente al conocimiento de cosas mayores y tampoco pensándolas lograría mejores vituallas para vivir, se conforma con lo que tiene y por eso es sabia. La vida no es fácil y falta haría que nos la complicáramos aún más. Bastante difícil se nos antoja dirigir nuestro propio destino, piensa Encarna, lo que en todo caso deberíamos hacer es ser capaces de acompañarlo hasta donde él nos lo permita. La vena filosófica de Encarna es grande a estas horas, su mente no descansa, porque el descanso es muerte y la muerte es el olvido. Mientras camina por la calle todos sus males espanta y se va sintiendo mejor, más ligera y ágil, lejos de ese espíritu de voluntad individual explotada que ve brillar en los ojos de las personas que se cruzan en su camino y la ignoran; son rostros desconocidos, demasiado iguales los unos a los otros para llamar su atención, ajados unos y jóvenes otros, pero todos con la misma triste expresión de corazones castigados y voluntad gastada de quien no es feliz consigo mismo y con lo que le rodea. Quién sabe, también habrá gente como ella que expectante de llegar a sus casas y ver a los suyos, reconoce una oportunidad en cada molestia por las que atraviesa su vida, pero esos son los menos. Son más de las once y Senén espera en casa, basta de contemplaciones se dice ella misma. Se apresura en su caminar, y cuanto más rápido va, más rápido quiere ir, pero sus limitaciones físicas son las propias de quien atesora calendarios en los músculos y reflejos desde hace años, y ha de ralentizar sus movimientos, hasta adecuarlos a la sincronía del orden matemático con que su razón disfraza los estímulos que su corazón le ha dictado. Ya no es una jovencita, y se sorprende por ello, pues ella se siente como si lo fuese, por más que su cuerpo le sugiera otra cosa; la edad, como dice ella, no es un número en el carné de identidad, es más bien un atributo del corazón y ella aún es joven en su interior, por más que su pelo y piel quieran inducirla a engaño.
A Senén se le comienzan a cerrar los ojos de tanto sueño. Ha colocado el mantel y los cubiertos y los vasos en la mesa. También ha preparado la cena y hecho el crucigrama del periódico mientras esperaba. Ahora se está quedando dormido y le cuesta mantenerse despierto. Un sopor le atenaza las fuerzas, está aturdido y no presta atención a que los minutos pasan, un parpadeo, no más. Encarna no acostumbra a tardar tanto, tampoco le ha llamado ni ha dejado nota alguna avisando de su posible tardanza esta noche. Está intranquilo y su cuerpo, sentado vagamente en el sofá le es un estorbo, una molestia. ¿ Y si le ha pasado algo ?. Senén no aguanta ese pensamiento de traiduría y sólo piensa en bajar a la calle, como si eso obrase el milagro de acortar el tiempo de llegada de Encarna, y salir a recibirla. Se vuelve a calzar sus gastados zapatos de obra en los pies y sale en su busca por esas callejuelas que tanto conoce de tan transitarlas en su amada compañía. Recorre las travesías prestando máxima atención a cuanto sus pobres ojos pueden entre umbrías y penumbras mal iluminadas, intentando avistar en las emergentes sombras oscuras ese movimiento al andar tan particular de ella y acaba por perderse en ese silencio de descrédito de no haberla encontrado que tanto daño le hace; comienza ahora a preocuparse pues se teme lo irremediable, lo injusto y lo nunca esperado.
Esa noche será la primera que Senén dormirá sólo en muchos años. También será la noche que él aprenderá que el ser y el estar no es lo mismo y que el poder y el querer son cosas distintas. El corazón de Encarna le hablará de ello cada día al despertarse y encontrar ese doloroso vacío inexplicable a su lado. La vida, nada volverá a ser lo mismo, ¿ podría acaso algo ocupar el espacio inerte en su corazón que ha dejado ella con su ida ?. No, no hay nada; tan sólo su recuerdo y esa pequeña rosa roja que cada día sin falta, ocupará el mismo espacio que sus predecesoras a un lado de la cama, con el suficiente poder evocador de las antiguas imágenes y la fuerza de reconstruir con todas esas palabras que jamás
podrán ser ya repetidas, las caricias, besos y sentimientos que la muerte no ha podido distraer sino a los sumo alterar por no hacerlos más profundos. También aprenderá Senén esa noche, que los hombres somos necrófagos de nuestros sentimientos y todo aquello que agita nuestras pasiones, que nos alimentamos de la memoria de nuestros seres queridos y que ello nos reconforta de no poderlos tener nunca más a nuestro lado. Que la muerte no destruye, que existe un presente perpetuo que vive en el éter, en la inmensidad infinita del firmamento que habla de lo que se nos ha perdido con la voz de la presencia de lo inalterable e inamovible de nuestros propios sentimientos. Que nada queda y todo es, y que si bien probablemente el hombre se acabe resumiendo en un cúmulo gris de cenizas en algún rincón del tiempo y el espacio, nunca sabremos cuales son las cenizas de los sentimientos, y que quizá sean éstos en su humildad y sencillez los que den valor a lo que somos y a lo que hemos sido.
Con la muerte juntos, Encarna. Senén.