Alcanzó el autobús que le llevaría de Madrid a Aldeia de São Bento en el último momento, y porque el ayudante del conductor no quiso volver a abrir el maletero, tuvo que subir consigo el enorme bulto en el que viajaban sus cosas. Afuera llovía y el viajero se acomodó junto a la ventana para ver caer las gotas sobre los oscuros suburbios y calles que dejaban atrás y el silencio de la noche. El viajero llevaba un grueso abrigo color beige que había comprado seis años atrás de oferta en un Carrefour de Colmenar Viejo y una camisa y pantalón que le guindaban de su cuerpo como dos pesados fantasmas que se han quedado colgados de un ropero. De no haber estado tan cansado y haber prestado más atención, el viajero quizá hubiera podido sentir la escasa emoción y aspecto melancólico de los demás viajeros que como personajes de Víctor Hugo o Zola, parecían haber fracasado en sus ajetreadas vidas por causas del destino. Llevaba veinte años viviendo en Matalascañas, donde había nacido y tenía cincuenta y tres años. Jamás se había casado y aunque era un hombre tímido al que le gustaba la soledad, había dejado muchos amigos que le recordarían como un buen hombre de los que ya no existen en este mundo. En el interior del autobús hacia calor. Un complicado pero eficiente sistema de calefacción que consistía en unas pequeñas estufas empotradas en cada uno de los apliques de los asientos, irradiaba un aire cálido que empañaba las ventanas en contraste con la humedad de los cristales y el frío que llegaba del exterior y emborronaba el paisaje. El compañero de asiento del viajero, se había dormido hacia un rato y su mera presencia le daba tranquilidad porque parecía un hombre necesitado de compasión y afecto; un hombre viejo y cansado cuyo pasado parecía haber sido dejado de lado mucho tiempo atrás y borrado bajo esa lluvia fría que caía como una tormenta de nieve. El viajero trató de recordar lo que le había dicho su mejor amigo respecto a la gente de la ciudad mientras oía como entraba y salía el aire de la nariz de su vecino. Después trató de leer las predicciones de su signo para Nuevo Año, pero aquello era como montar un rompecabezas con demasiado cielo, y cansado como estaba, no pasó mucho rato antes de que se quedara dormido y sus mejillas adoptaran las marcas de los ribetes de la chaqueta en la que se apoyaba para protegerse de la frialdad del cristal. La carretera era apenas un accidentado sendero de tierra batida que llegado a Navalhermosa dejaba entrever algunas losas de granito y mortero de la antigua vía romana que se había apurado hacia años, jalonada ahora de retazos de brezo y escobera cercana a las estribaciones de la Serra da Estrela. Había dejado de llover pero las nubes aún pendían arriba en las montañas y progresaban hacia la ciudad de Seia en el distrito de Guarda, donde probablemente los viajeros harían un alto en el camino. El autobús rara vez pasaba de la segunda velocidad lo que hacía que avanzaran casi a paso de burro y empatizaran con aquellos campesinos que acarreaban pesos de hortalizas sobre sus hombros y cabezas. En los campos se veían viejas que trajinaban con costales y sacos de grano, y manos de hierba que agrupaban en cubos de metal y niños ancianizados que rastrillaban hileras de patatas y ajos junto a fuegos que dejaban escapar humaredas sin dejar atrás ningún calor. Algunos parecen tan encerrados en sí mismos que no podría afirmarse que sientan las inclemencias del tiempo y de las horas. Como si se tratasen de ciegos, restan impasibles en su eterna oscuridad de falta de niñez sin comprender gran cosa y tratan de apaciguar su existencia ayudando a sus padres y mayores como quien intenta tranquilizar a un perrillo que salta y brinca alrededor porque hace buen tiempo y no quiere parar quieto. Pálidos y escuchimizados, deambulan como si jamás hubieran conocido ningún tipo de ternura y los más pequeños experimentasen el limbo del tiempo libre sólo por su incapacidad de hacer algo útil. Sin una idea, una noción, una conciencia clara de la vida, no se cuestionan su felicidad. Más adelante, y a eso se llama madurar, aprenderán que en el campo los inútiles son siempre engorrosos y que de no tratarse de sus hijos, sus padres actuarían con ellos igual que hacen con las gallinas cuando son improductivas, matándolas porque son enojosas.
Llovía, pero eso le daba igual. Iría caminando a casa de sus hermanos y les daría un gran abrazo a sus pequeños y magníficos sobrinos cuya carne era tan suave y firme como el culo de un bebé. También iría a ver a la vieja señora Naxaviera Boa Morte, a la que apreciaba porque era sencilla y encontraba interesante por motivos que nada tenía que ver con la sencillez y a su amigo Calixto, al que hacía diez meses que no veía. En la calle las casas parecían brillar junto al aire húmedo y las moteadas paredes de ladrillo mal conservadas para no gastar más dinero. Su aspecto tan poco ampuloso y a la vez sincero, daba la impresión de estar relacionado con vidas que no acababan de ir bien y que resultaban inapropiadas para la vida cotidiana.
Una señora ya entrada en años paseaba a su perro forcejeando con el paraguas y la cadena que se le enredaba entre las piernas. El perro, que parecía haber visto esos mismos árboles una y otra vez y su ama, se disponían a cruzar la calle cuando vieron al viajero. Ambos parecían aburridos y el viajero los ignoró. En los bares se anunciaban pollo byriani, korma vegetal, pan naan caliente, chutney de mango verde, salsas de coco rayado, nalai kofta, arroz y verduras al curry, rayta, babotee, masala dhosas, y fritura de calabaza, dhal, padams y galletas de patata y cebolla. El barrio parsi de la ciudad había variado poco desde la última vez que lo había visitado. Fue cuando lo atracaron y lo apuntaron con aquella pistola y tenía tanto miedo que aún hubiera levantado más alto las manos sino las hubiera tenido pegadas a sus muñecas. Ya había pasado mucho tiempo de aquello.
Debajo del puente corrían paralelamente unos diez raíles por los que circulaban los trenes. Unas placas metálicas clavadas a las rejas protectoras avisaban del peligro y prohibían cruzar la vía, tirar basura o tocar los cables eléctricos. Cruzó los raíles y se adentró en el barrio de su familia. Al final del paseo, en un bloque de cemento había pintado el grafiti de un negrito con un enorme pene que sobresalía de un pantalón de montar que blandía una fusta sujeto a un árbol mediante cadenas y argollas. Verlo le disgustó profundamente. Descubrió que tenía pulmones porque de repente se le quedaron vacíos y la melancolía, el spleen, la saudade, la acedia, la búskomorság le asediaron como nunca antes habían hecho. Obsesivo, odiaba la vulgaridad y detestaba la ambigüedad. Adoraba la monotonía y los cambios le resultaban problemáticos. Continuamente tenía que recordar que debía modular su voz al hablar con los demás y esforzarse por compartir los intereses de otras personas so pena que le acusasen de no saber mantener relaciones o preferir aficiones poco corrientes y sostener intereses en que los pequeños rituales habituales se hacían indispensables (tics, balanceos de las sillas o rutinas inflexibles), a la hora por ejemplo de realizar un puzzle o realizar bases de datos sobre películas descatalogadas o construir maquetas de edificios con palillos de dientes. Un candidato perfecto pues para padecer el síndrome de Asperger o cualquier otro desorden neurológico que lo apartase de los otros miembros rebaño de la comunidad. Por ello y por muchas otras razones odiaba los grafiti. Venerados hasta la masturbación, los grafiteros habían inundado las paredes de su ciudad y por eso también los odiaba a ellos. Eran unos seres despreciables. Como los de Barcelona, muchos de ellos estaban subvencionados por el propio ayuntamiento para ensuciar las paredes y monumentos y cobrar después comisiones de empresas de limpieza privadas que subsanaban el daño causado.
Aldeia de São Bento en agosto es una ciudad tranquila. Se puede caminar por sus paseos sin prisas o reposar a la sombra de sus viejas iglesias, arcadas de sus edificios o jardines de la Praça das Flores sin tropezarse apenas con nadie. A lo sumo con algún racimo de españoles de Extremadura descansando en las terrazas de los cafés o dos mochileros americanos que se acercan a uno a preguntar decepcionados porque no se ve el mar, o turistas holandeses desorientados que buscan alojamiento. Ni rastro de la multitud abigarrada y densa de campesinos peleados el resto del año con sus campos o religiosas que se acercan a pedir por los negros de Mozambique o Angola. Sólo la colonización de pakistaníes, indios y árabes que han abierto sus comercios, entorpece el silencio que esperaba encontrar el viajero al llegar a São Bento. Eso le hace sentir incómodo, como si llevara una cadena al cuello y se tratara de una obligación y no un placer recorrer sus calles. Tener un aspecto agotado. Llevarse un cigarrillo a los labios. Acariciarse sin voluptuosidad los cabellos que tiene pegados al cráneo mientras expulsa el humo del tabaco haciendo oes y olvidarse cual ha sido el motivo de su visita.
De no haber estado tan cansado y de haber prestado más atención, el viajero quizá hubiera podido sentir la escasa emoción y aspecto melancólico que sembraba en los ojos de los demás su semblante; un hombre viejo y cansado que como sacado de una novela de Víctor Hugo o Zola, parecía haber fracasado en su ajetreada vida por causas del destino y regresado al origen del cual había salido mucho tiempo atrás, borrado, desaparecido, bajo una lluvia fría que cae como una tormenta de nieve enterrándolo.
sábado, 11 de septiembre de 2010
jueves, 31 de diciembre de 2009
ILUSIONES DE INCOMUNICACION
Se retira los cabellos de la cara; algunos le han quedado atrapados en el pendiente prestado y se los libera con los dedos pringados en saliva fijándolos detrás de la oreja. Su espalda suda y la mayor parte de sus axilas están mojadas. En la habitación hace frío en contraste con los rayos duros y verticales que caen en la calle en la que se ha estado la mayor parte del día. Suerte tiene de su ordenador con el cual juega y se divierte porque sino el calor sería insoportable sin su distracción. En la habitación de al lado viven dos ancianos; ella es una mujer tranquila y él un hombre irascible que ve la televisión hasta altas horas con el volumen muy alto; maldice a todo el mundo y a veces, si se enfada, se le cae la dentadura y se le llena de sangre la cara; pero todo el mundo le trata con educación. Las voces de los partidos de fútbol y los cortos instantes de excitación de los anuncios que se oyen en la televisión forman parte de todo eso que ellos llaman su vida. Tanto en una como en otra habitación hace un tufo pegajoso y asfixiante que tensa los nervios. Al caer la noche, una avioneta sobrevuela la ciudad y riega la ciudad con cubos de agua. Todo esto sucede en junio, cuando, a excepción de los que no pueden viajar, los barrios se vacían sin otra idea que dejar de pasar calor y la ciudad se sume en un estado de parálisis y abandono. No hay que buscar muy lejos para pensar que uno está en un manicomio y para liarse a puñetazos con cualquiera; el calor mata y ese es motivo suficiente para perder la razón. ¿Tú te crees eso?, le ha preguntado la mujer a su esposo. No, el no lo cree, pero aún así, prefiere marcharse. Si nos quedamos hasta agosto, no lo contamos dice él. Mientras, la chica joven sólo quiere salvar su vida del calor y sacarse de la mente el ruido del televisor que suena a todo volumen en la otra habitación. A cada paso tropieza con alguno de los tornillos que se le han caído de la cabeza y es posible ver toda la armazón que hay adentro. Algunos tornillos tienen el tamaño de pequeñas casas de verano y algunos pensamientos parecen anillos primorosamente tallados y pulidos que recuerdan a los exquisitos muebles de anticuario. Bajo un sol abrasador, ni siquiera los millonarios parecen en buena forma física y se arrastran como escupitajos a las sombras de las paredes. Más suerte corren los que se dedican al negocio funerario porque en estos días la frustración y la desesperación causan más muertos que nunca. Los más espabilados proponen pasar a cuchillo a los más débiles, apagar las luces y que la gente permanezca en constante estado de vigilia hasta que oscurezca. Hombres y mujeres, totalmente exhaustos y con los nervios destrozados, trazan un cuadro de lo más siniestro en sus conversaciones. La anciana a cada paso interrumpe sus labores y agudiza el oído para comprobar si caen gotas o se escucha llegar a la multitud de los más desfavorecidos para protestar por el mal funcionamiento de los aires acondicionados. Multitud de calaveras de las personas que se han evaporado por el calor caen a trozos desde el cielo alcanzando algún que otro subversivo que queda tirado en la cuneta hasta amontonarse con más basura. Aparecen en portales, plazas y aceras; en escaleras y jardines y en cualquier lugar; y en algunas calles se camina con dificultad porque los cuerpos se han inflado y adueñado del espacio y la gente ha de deambular con prudencial distancia para evitar demasiada intimidad en las relaciones sociales. Al cabo de los días, los cuerpos se hinchan y atraen a multitud de moscas y mosquitos que apestan tanto como las ratas que han subido de las cloacas para sudar con mayor libertad. En su habitación la chica joven enciende la radio que hace recuento de las diferentes temperaturas por ciudades; hace aún más calor y el simple hecho de buscar cigarrillos en los bolsillos de sus pantalones es casi una invitación para que se suicide en paz; cualquier gesto cansa y agota, y si eso no es el Infierno, éste se ha hecho a su medida y se le parece; las mismas horas se inflan y revientan y la mierda gotea desde las alturas; nada espectacular, pero pone a la gente nerviosa. La realidad apesta, dice el viejo- y en su barbilla se forman gruesas gotas de sudor que luego caen al suelo. Pese al aire acondicionado, también su mujer tiene el cuerpo empapado de sudor y hay algo obsceno en ello que hace que los ojos se enturbien con la misma arena con que se trazan las tormentas de arena en los desiertos y los desiertos en los arenales. Están rociando la ciudad con el plaguicida Anvil. Los asmáticos tienen convulsiones y algunos comportamientos dejan de ser humanos para convertirse en otra cosa; inocentes y culpables mueren como deficientes mentales y los pájaros se convierten en ataúdes motorizados. Los supermercados previendo que la comida que arrojen a la basura pueda estar podrida, han dispuesto guardas de seguridad cerca de los contenedores para evitar que alguien que hurgue en ellos buscando comida los demande. Las ventanas no tienen abertura suficiente y la luz no tiene ya la intensidad irreal que tenía a la tarde; la noche vuelve a mostrar las formas y colores de las corbatas sucias y los trajes gastados de lino, es decir, la normalidad mas completa. La ciudad duerme estancada en una resaca engañosa de calor en la que el pensamiento se interrumpe y es fácil permanecer vacío; el silencio es tal, que el calor no aumenta y la ciudad se vacía. Entonces, llega el miedo; el miedo a la claridad que ha de llegar con el sol y el calor que se ha de centrar en el cielo y chorrear en silencio. La chica joven –mire lo que son las cosas- ya lo había olvidado, vuelve a sentir calor a la mañana siguiente al despertar; parece una calavera recién estrenada; y si bien eso –su aspecto físico- hubiera tenido que resolverse cara a cara con Dios, parece animada y dispuesta a irse dando saltitos a otra parte donde no la molesten para reírse en paz; los viejos, en cambio, pasan el día durmiendo hasta el mediodía para luego salir a beber granizados. La imposibilidad de comunicación y participación en sus respectivos asuntos, les hace contemplar como sus seres más próximos se debaten en asuntos terrenales aguantándose las ganas de reír, pues les parece que el paroxismo ha de estar ya cerca. Y es que la caldera hirviente de la ciudad, donde tantos desisten porque faltan las verdaderas armas con que luchar, parece a punto de estallar. Resultaba imposible socorrer a las víctimas y aún más rescatar a los vivos sepultados bajo los suelos y asfaltos deshechos; charcos negros que pesaban como una tragedia y lodos azules y grises que se adhieren a las paredes; ríos zafios de sudor y café caliente, humedades latosas. Pero lo peor de todo eso es el silencio que nos está enloqueciendo a todos-dice un camarero en el bar-, que va creciendo poco a poco y que no te deja dormir, y sólo deseas que pasen más desastres y ver a todos sufrir. Es entonces cuando la chica en su habitación se da cuenta que su juego se está volviendo demasiado real y a algunos personajes les ha dado por ir adoptando pensamientos propios y deseos que escapan a su control de niña malcriada y decide apagar el ordenador y dejar de jugar a los SIMS; de hecho, hace mucho calor en su habitación y sus padres aún no han de tardar en regresar del bar.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Propósitos desencontrados
Llegó a casa tan cansada como siempre. Los estrechos límites de su vida convencional le saludaron como siempre con el sabor del dolor absurdo, del vacío y la cautela quirúrgica. Los cuadros, los muebles y los libros renovaron una vez más su triste confesión; su padecimiento descarnado y desnudo de objetos rutinarios a los que no se les puede reprochar nada. Testigos mudos de las horas avasalladoras de paciencia y conciencia que han existido entre aquellas cuatro paredes. Se han permeabilizado demasiado de la persona de Victoria, y de sus arrugadas y exhaustas esperanzas para pensar que no son ya una parte de ella. Una sutil insinuación, un breve atisbo que se dibuja entre ellos y Victoria de mano tendida y especial complicidad de amistad y comprensión sin necesidad de palabras. Una vida que no conoce de sus ausencias le une a ellos; los ojos de Victoria se cierran palpables en torno a su desnudez de formas conocidas y amadas; desde que ella ha nacido los ha visto siempre ahí, depositados en una postración infinita exenta de queja y lamentación.
La fiebre del tiempo anuncia su cólera en el reloj; la noche trepa a su espalda en un rincón de plegarias imposibles, en espera de nuevos amaneceres, menos esquivos y más gozosos donde hacer del instante diario una invocación a la exploración de lo desconocido, de huida y escape de esa bahía a toque de silbato de su oficina. Hostiles momentos que le suponen un atlántico mordisco en su carne correosa que astillada en dolor se desgarra en abrojo de víctima. Se despoja de su ropa interior sucia, sudorosa y olorosa de su intimidad de mujer vencida por la edad; amarga sugerencia de mundos paralelos de otros cuerpos hinchados, flácidos que flotan en alcohol y nicotina; cerrados mundos, igual de fatuos que el de ella, yacentes y perdidos en su propia fantasía e incapaces de argüir mejores metáforas de una vida hostigada. En la cocina, oscura y pequeña cárcel de humo y aceites fritos, se prepara una taza de consomé vegetal que le resulta neutro e insípido, amen de demasiado caliente, tanto como una puñalada en la lengua que se escalda y hierve en el cerebro. Un horno que abrasa, martillea y atosiga el diafragma y la boca del estómago. Un sol moribundo que renace en su interior.
Sentada frente al televisor ve desfilar diapositivas de lo que pasa al otro lado de la vida, aquella que no parece real y que sólo abordan a modo de milagro quienes viven una vida que no es la suya. La de otros que también han de disfrazar sus conciencias y sentimientos y les pagan para ello; actores, mimos, histriones comediantes que cauterizan penas ajenas mientras olvidan las suyas propias, igual de tristes y mortificantes. De sus bocas oscuras abiertas al mundo, escapan palabras banales y despreocupadas, fotos de colores que van quedando atrás y se extienden sobre conciencias adormecidas sin centro. La ficción de unos personajes de pantalla que no dejan ser feliz a Victoria. Aborrecibles imágenes sin espacio para tomarse un respiro, vidas perfectamente lustrosas como una trampa apenas reconocible. Propósitos mínimos sin verdades nuevas donde es fácil pasar hoja. Atrás quedan archivados los cadáveres, aún calientes y fijos en materia electrostática, de sus enemigos. Ellos la atacaron, ella los ha matado. Victoria ha cambiado de canal y sintonizado uno nuevo, no muy diferente al anterior, a todo el resto de la programación, horma de subnormales. Retratos, cuerpos, figuras que se aprietan luminosos bajo sus retinas, fuegos fatuos erigidos en horario prime time que hablan una lengua extraña. La indiferencia de sus oídos ante lo que escucha y un bostezo final, no les da más libertad que esa. El día se extingue exangüe en otra noche sin milagros ni portentos. La misma suma de siempre. Hoy como ayer, como mañana y como siempre, las nubes comienzan a florecer en los ojos de Victoria, cansada y agotada, harta de malvivir. El embrión del sueño toma cuerpo en ella. Un retorno a lo mismo de siempre, a esa separación del día de lo que le queda por vivir, a una nueva resta que disminuya expectativas y esperanzas. Y es que cada vez queda menos por conocer y menos margen para su felicidad. El corazón ya no le late como antaño en una caja de latón brillante, es tan sólo el murmullo de una desgastada bomba de piel recosida lo que insufla alma a sus gestos que tardan en llegar. No hay osadía en su pensamiento; ni eso queda a su edad, cuando hay más vida en el recuerdo del pasado que en la ilusión por futuro. La vida, lo ha descubierto hace poco Victoria, es un suicidio lento, temperado que se hace esperar. Estirada en su cama, ve desfilar las sombras de luces mortecinas que se escurren por su ventana, visos platonianos de un mito que no ha olvidado y que se le clavan en el cerebro como punzantes alfileres. Adormecida, suspira oscuros deseos que se agrandan en la noche, en ese telón de fondo donde todo es posible dentro del sueño. Saciando ese instante con la evidencia del desencuentro de sí misma, se desalma lenta, comedida en la descripción de cada uno de los rincones del sueño que abraza, destierra el dolor de las horas que pasan ajenas a su condición de durmiente inconsciente. La noche es tan oscura que hay luto en las estrellas, la brisa suena a música de funeral bajo una poesía fría de enemistad; un ceremonial de armonías con son a guitarras que se encharcan suena tras los cristales; comienza a llover sobre las calles, gotas fragmentadas al principio, luego más recias, movedizas y obstinadas cosidas al vidrio de las ventanas. Llueve como entonces, como aquel día que no olvidará jamás, sucedido tantos años atrás, en que el cielo arrebolado de Oviedo se perló de esquirlas y escamas y las maduras avenidas de la ciudad se apartaron de la historia para rendirle todo su encanto intemporal a Victoria.
Ella era más joven y estudiaba en la facultad. Sus cabellos oscuros, como tinta fresca de calamar, aún no habían encanecido y muy a su pesar todavía creía en el valor de la sonrisa, en el gesto amable de las personas y la bondad de quienes la rodeaban. En aquella época hubiese sido imposible hacerle entender que se equivocaba, evidenciar la falencia de su ingenua apreciación era cosa del tiempo, una razón mucho más comprometida con ella que cualquier otra experiencia que se le pudiese revelar por aquel entonces. Su pasividad en la búsqueda de principios mayores de realidad, que los conocidos mediante la lectura folletinesca, le habían hecho conciliar un mundo de dibujos animados color de rosa, donde no cabía espacio para la decepción de los sentimientos ni la duda que diese en qué pensar. A sus años desconocía el sudor ruin de los corazones afectados, ignoraba las mezquindades de los hombres y las continuas zalagardas con las que a menudo se vestían para parecer convincentes y no destapar sus interioridades de vulgares chalaneros. Esas cosas se le ocultaban a Victoria, conocimientos vedados que la alejaban de la luz de la vida que ella comenzaba a colegir y tan sólo lograba adivinar en momentos de lucidez pesimista.
Insensible a ese destino extraño que se tejía a sus espaldas, no podía sino ser feliz. Pero la suya era una felicidad no comprometida, demasiado ficticia para ser real, suficiente, pero no bastante para que a ratos el silencio pudiese hacerle comprender otras emociones con las que preferiría no tener que enfrentarse. Como cuando vio aparecer a Javier en aquella fiesta de primavera, cruzar la habitación e inclinarse ante ella y murmurarle algo al oído.
La fiebre del tiempo anuncia su cólera en el reloj; la noche trepa a su espalda en un rincón de plegarias imposibles, en espera de nuevos amaneceres, menos esquivos y más gozosos donde hacer del instante diario una invocación a la exploración de lo desconocido, de huida y escape de esa bahía a toque de silbato de su oficina. Hostiles momentos que le suponen un atlántico mordisco en su carne correosa que astillada en dolor se desgarra en abrojo de víctima. Se despoja de su ropa interior sucia, sudorosa y olorosa de su intimidad de mujer vencida por la edad; amarga sugerencia de mundos paralelos de otros cuerpos hinchados, flácidos que flotan en alcohol y nicotina; cerrados mundos, igual de fatuos que el de ella, yacentes y perdidos en su propia fantasía e incapaces de argüir mejores metáforas de una vida hostigada. En la cocina, oscura y pequeña cárcel de humo y aceites fritos, se prepara una taza de consomé vegetal que le resulta neutro e insípido, amen de demasiado caliente, tanto como una puñalada en la lengua que se escalda y hierve en el cerebro. Un horno que abrasa, martillea y atosiga el diafragma y la boca del estómago. Un sol moribundo que renace en su interior.
Sentada frente al televisor ve desfilar diapositivas de lo que pasa al otro lado de la vida, aquella que no parece real y que sólo abordan a modo de milagro quienes viven una vida que no es la suya. La de otros que también han de disfrazar sus conciencias y sentimientos y les pagan para ello; actores, mimos, histriones comediantes que cauterizan penas ajenas mientras olvidan las suyas propias, igual de tristes y mortificantes. De sus bocas oscuras abiertas al mundo, escapan palabras banales y despreocupadas, fotos de colores que van quedando atrás y se extienden sobre conciencias adormecidas sin centro. La ficción de unos personajes de pantalla que no dejan ser feliz a Victoria. Aborrecibles imágenes sin espacio para tomarse un respiro, vidas perfectamente lustrosas como una trampa apenas reconocible. Propósitos mínimos sin verdades nuevas donde es fácil pasar hoja. Atrás quedan archivados los cadáveres, aún calientes y fijos en materia electrostática, de sus enemigos. Ellos la atacaron, ella los ha matado. Victoria ha cambiado de canal y sintonizado uno nuevo, no muy diferente al anterior, a todo el resto de la programación, horma de subnormales. Retratos, cuerpos, figuras que se aprietan luminosos bajo sus retinas, fuegos fatuos erigidos en horario prime time que hablan una lengua extraña. La indiferencia de sus oídos ante lo que escucha y un bostezo final, no les da más libertad que esa. El día se extingue exangüe en otra noche sin milagros ni portentos. La misma suma de siempre. Hoy como ayer, como mañana y como siempre, las nubes comienzan a florecer en los ojos de Victoria, cansada y agotada, harta de malvivir. El embrión del sueño toma cuerpo en ella. Un retorno a lo mismo de siempre, a esa separación del día de lo que le queda por vivir, a una nueva resta que disminuya expectativas y esperanzas. Y es que cada vez queda menos por conocer y menos margen para su felicidad. El corazón ya no le late como antaño en una caja de latón brillante, es tan sólo el murmullo de una desgastada bomba de piel recosida lo que insufla alma a sus gestos que tardan en llegar. No hay osadía en su pensamiento; ni eso queda a su edad, cuando hay más vida en el recuerdo del pasado que en la ilusión por futuro. La vida, lo ha descubierto hace poco Victoria, es un suicidio lento, temperado que se hace esperar. Estirada en su cama, ve desfilar las sombras de luces mortecinas que se escurren por su ventana, visos platonianos de un mito que no ha olvidado y que se le clavan en el cerebro como punzantes alfileres. Adormecida, suspira oscuros deseos que se agrandan en la noche, en ese telón de fondo donde todo es posible dentro del sueño. Saciando ese instante con la evidencia del desencuentro de sí misma, se desalma lenta, comedida en la descripción de cada uno de los rincones del sueño que abraza, destierra el dolor de las horas que pasan ajenas a su condición de durmiente inconsciente. La noche es tan oscura que hay luto en las estrellas, la brisa suena a música de funeral bajo una poesía fría de enemistad; un ceremonial de armonías con son a guitarras que se encharcan suena tras los cristales; comienza a llover sobre las calles, gotas fragmentadas al principio, luego más recias, movedizas y obstinadas cosidas al vidrio de las ventanas. Llueve como entonces, como aquel día que no olvidará jamás, sucedido tantos años atrás, en que el cielo arrebolado de Oviedo se perló de esquirlas y escamas y las maduras avenidas de la ciudad se apartaron de la historia para rendirle todo su encanto intemporal a Victoria.
Ella era más joven y estudiaba en la facultad. Sus cabellos oscuros, como tinta fresca de calamar, aún no habían encanecido y muy a su pesar todavía creía en el valor de la sonrisa, en el gesto amable de las personas y la bondad de quienes la rodeaban. En aquella época hubiese sido imposible hacerle entender que se equivocaba, evidenciar la falencia de su ingenua apreciación era cosa del tiempo, una razón mucho más comprometida con ella que cualquier otra experiencia que se le pudiese revelar por aquel entonces. Su pasividad en la búsqueda de principios mayores de realidad, que los conocidos mediante la lectura folletinesca, le habían hecho conciliar un mundo de dibujos animados color de rosa, donde no cabía espacio para la decepción de los sentimientos ni la duda que diese en qué pensar. A sus años desconocía el sudor ruin de los corazones afectados, ignoraba las mezquindades de los hombres y las continuas zalagardas con las que a menudo se vestían para parecer convincentes y no destapar sus interioridades de vulgares chalaneros. Esas cosas se le ocultaban a Victoria, conocimientos vedados que la alejaban de la luz de la vida que ella comenzaba a colegir y tan sólo lograba adivinar en momentos de lucidez pesimista.
Insensible a ese destino extraño que se tejía a sus espaldas, no podía sino ser feliz. Pero la suya era una felicidad no comprometida, demasiado ficticia para ser real, suficiente, pero no bastante para que a ratos el silencio pudiese hacerle comprender otras emociones con las que preferiría no tener que enfrentarse. Como cuando vio aparecer a Javier en aquella fiesta de primavera, cruzar la habitación e inclinarse ante ella y murmurarle algo al oído.
miércoles, 7 de enero de 2009
El hombre de PVC
No escribo yo, escribe mi corazón. He perdido el don de la palabra pero no el del sentimiento. Nada me queda que sea mío, todo o casi es una prótesis, algo artificial y ficticio. Sólo el corazón es mío y a él me ato a la vida y al pasado. Mi futuro tiene nombre de enfermedad, de renuncia, soy consciente de ello.
La enfermedad se inició repentinamente, es inexplicable dijeron los médicos. Asumí con resignación su ignorancia en la materia. De repente, un buen día, todo yo fui un dolor, un desencaje de piezas fundamentales lastradas que se ulceraban por dentro. Una lenta agonía. Ante mi mal, la medicina no tenía respuesta. Un caso único dijeron. Poco consuelo se podía extraer de esas palabras. Venían a verme y se compadecían de mí, algunos incluso me daban ánimos luego de tranquilizarme con palabras de fingido interés. Tarde o temprano todos se acaban insensibilizando ante el mal ajeno; también ellos intentaban sobrevivir a su manera.
A diferencia de los años, eran mis huesos los que habían comenzado un buen día por pudrirse. Todo comenzó todo con una pierna. Fuertes dolores y calambres agudos a los que no presté mayor atención en un primer momento. Cansancio, agotamiento o la fatiga que acompaña al otoño cuando los días se hacen más cortos -una premonición de lo que esperaba-, cualquier cosa podía ser. Un día, mientras esperaba un tardío autobús que me llevara al trabajo, me vine al suelo. De golpe y en seco, como si una de mis piernas se hubiese reblandecido despóticamente y se hubiere malogrado en la consistencia de un bloque de mantequilla derretida. Me asusté mucho, y no es que yo sea una persona muy impresionable. Me llevaron al hospital -eso me dijeron porque en algún momento perdí el conocimiento y no me enteré de nada-, y me prometieron que me curaría, que no pasaba nada, y que todo se andaría -esto último en ese momento me pareció muy cínico-. Al cabo de una semana me cortaron la pierna hasta la rodilla. Me hicieron análisis y experimentaron con mi capacidad de resistencia a desintegrarme en trozos, como si de un filete de carne se tratara, putrefacto, pero carne al fin y al cabo. Una buena razón para hacerse vegetariano de golpe, eso pensé. Al cabo de unas semanas el mal se había extendido a mi otra pierna. Se había convertido en una porción sumisa y melosa al tacto, tumefacta y despreciable, y por más que la apreciara, pues me había acompañado durante los últimos veinticinco años, la odié de tan blanda e insolidaria que se había vuelto. Su desprecio me dejó muy vacío. La cortaron también, por mala. Me lo podía tomar todo con sentido del humor o llorar, pero visto que no tenía remedio lo que pasaba, pronto lo supe, lo primero me pareció más inteligente; tampoco quería agobiar en exceso la vida de aquellas enfermeras y doctores en sus quehaceres diarios con mis problemas de descomposición. Quizá por ser un paciente modélico y por no molestarles en demasía me cogieron aprecio, y el más sentido de todos fue el de la enfermera jefa Glendolina cuando me pidió permiso para conservar parte de mi tendón rotuliano en la nevera de su casa como recuerdo.
Me estaba deshaciendo por dentro. Mis huesos se estaban convirtiendo en moho, en herrumbre de piel y no sabían que hacer. ¿ Conservarme en formol, quizá ?, no mientras estuviera vivo.
Pasaron dos meses y viendo que todo seguía igual, los de traumatología me pertrecharon con una par de prótesis y unas muletas y me sacaron a la calle. Ese afán mío por reponerme a pesar de todo era encomiable pero pequé de optimista. No tuve tiempo de aprender a usarlas. A los dos días ya estaba de nuevo en el hospital.
El codo primero y después el hombro se habían cangrenados inexplicablemente. No me preocupé en exceso ya que me juraron y aseguraron que la Seguridad Social cubría todo los gastos.¡ Bendito seas Estado del Bienestar !. Más porciones de mi persona al cubo de la basura; si seguíamos a este ritmo, pronto vendrían a pedirme explicaciones los de Sanidad, como si lo viera. Con un poco de suerte yo para entonces estaría lo suficientemente desfigurado y desmembrado para que no me reconocieran. El brazo artificial que me pusieron fue de gran utilidad, dejé de cansarme en las largas horas que pasaba haciendo crucigramas y puzzles con las migajas de mi cuerpo que iban cayendo a trozos en el suelo.
La enfermedad había comenzado a degenerar también los tejidos y no sólo los huesos. Esta visto que no se puede dar confianzas a nadie, ni siquiera a una enfermedad. Empezó a avanzar inexpugnablemente, sólo le faltó música de Wagner para hacerlo todo más creíble y heroico. Riñón, bazo o pulmón, no sé que vino primero. El tiempo es ocioso porque encontró la circunstancia justa para hacerse dueño de cada una de las partes de mi cuerpo; la enfermedad me hizo vulnerable a ciertos tipos de pensamientos, pero resistí fielmente a mi mismo, cada vez menos yo y más plástico de alta densiometría y extremadamente ligero. Ya no eran esos pegotes que se colocaban antes, no, ahora no, ahora eran buenos y bonitos y espero que no baratos, porque lo barato pronto se rompe y yo ya tenía bastante con mis propias roturas y fracturas inexplicables. Ir perdiendo cosas y más cosas por el camino no es agradable, pero sabes que todo aquello que va quedando en tu cuerpo sui originis se revaloriza. Pronto acabas catalogando como reliquia del pasado una uña, un cartílago o una peca a la que nunca habías prestado mucha atención, logras una mayor estimación de lo tuyo y aprendes a querer tu cuerpo. En fechas señaladas como Navidad te ahorras un buen dinero, basta mutilarte un dedo o sencillamente esperar que se caiga - y os aseguro que no tarda mucho- y enviarlo en un sobre certificado para cumplir con el expediente de los siempre enojosos regalos navideños. Tu madre se llevará una sorpresa inolvidable y te estará infinitamente agradecida, tus amigos celebraran tu buen gusto al regalarles algo tan sentido y tuyo como pueda ser un cuajo de tu lengua o una loncha de tu intestino grueso. También tus hijos tendrán la oportunidad de iniciarse en el apasionante mundo del coleccionismo: un trozo venoso de nariz o el pequeño esqueje del tejido retinoso de cualquiera de tus ojos, cualquier cosa llamativa vale para luego podérselo enseñar a sus amiguitos en el colegio y hacerse famoso e interesante entre las chicas.
Cuanto más progresaba la enfermedad en mi cuerpo más menguado me dejaba a mí. A medida que yo perdía partes de mi cuerpo, los doctores se apresuraban a sustituirlas por lo que más a mano tuvieran, y no siempre de mi agrado. Reciclaron botellas de leche, tetrabrikes, papeles de parafina y guantes de látex para parchearme y recoserme como una pelota de cuero Made in Taiwan en desuso Una vil faena chapucera. Y fue ese el único dolor que sentí, el ver perder para siempre en una bolsa de plástico de quirófano trozos de piel y pellejos míos que se reciclarían en colágeno para viejas escleróticas que jamás me lo agradecerán suficientemente. Progresivamente todo yo me convertí en un cúmulo de piezas varias derivadas del manipulado del petróleo y de postizos y objetos ortopédicos ensamblados con buena fe pero que no podían sustituir a los originales. Simples correcciones para rehabilitar lo no rehabilitable. Me adapté a ello fácilmente, a esas alturas ya era muy maleable.
Con el paso del tiempo -días casi-, la enfermedad fue remitiendo hasta casi parecer querer desaparecer, como si ya hubiese tenido suficiente conmigo y se hubiese cansado de ensañarse de esa manera. Pero lejos de esa sofisticada idea que tanto me hubiere satisfecho, lo que sucedía era otra cosa, no avanzaba más porque ya no existía nada más por donde avanzar, ni partes de mi cuerpo a las cuales atacar ni órganos contra los cuales arremeter. La cosa es simple, el plástico empleado no era biodegradable y por eso yo podía permanecer incólume el resto de mis días, no me ajaría ni tampoco me arrugaría, pero debía de tener cuidado con el fuego para no combustionarme, arder en humo y evaporarme de este mundo zaheridor en un pequeño incendio no intencionado llegado el verano o bien provocado por un gamberro descontento de mi persona en cualquier otro momento del año. Debía cuidarme eso sí, tener cuidado de mi plástica condición e invertir en Bolsa, carburos, metanos y poliruorometanos asociados; a ellos pertenecía yo. Me fue difícil convivir con todos aquellos injertos de piel sintética, baquelitas y resinas indeformables con las cuales se reestructuró mi persona. Y aún fue peor el ver como no podía adaptarme a mi antigua filosofía de vida naturalista y socio de Greenpeace pues era evidente que en mi estado y condición ya no podíamos congeniar. Dejé de ser ecologista el día que me colgaron un cartel en la espalda los defensores del “Bosque verde” y los “Amigos del musgo de montaña” me intentaran linchar con mecheros. Era tal mi iniquidad como ser humano y tal el cúmulo de despropósitos materiales no fotodegradables que se sumaban en mi persona, que, amen de una existencia poco respetuosa con los preceptos de salvaguarda del medio ambiente, pronto me vi obligado a llevar en mi espalda una etiqueta de 50 cms. en las que se aprestaba un mensaje admonitorio: “ Las Autoridades Sanitarias advierten que este hombre perjudica seriamente la salud “, mi persona casi a la altura del tabaco.
Hoy en día ya no me pertenezco. No soy yo. Estoy más cerca del Ken amigo de la Barbee que de ser un hombre. Soy un pedazo de PVC que tiene pensamientos que le alejan de sí mismo, que nacen de mi ADN y que entran en conflicto con todo lo demás que hay y queda en mí. Soy el resultado de una serie de manipulaciones más o menos apañadas y de operaciones de cirugía reparadora que no han dejado gran parte de lo que yo era un año antes de iniciarse la enfermedad. Echo en falta no poder llorar, ni poder acariciar a mi mujer ni besar a mis hijos. Echo de menos el hombre que un día fui y que hoy sólo tiene un código de barras por identidad. Mi vida consiste hoy en recordar eso y otras cosas.
Sólo soy humano por mi corazón y el día que la enfermedad emerja de nuevo y ataque lo único y último que conservo como mío, sé que moriré. ¿ Cómo me habrían de sustituir el corazón ?. No quiero un corazón artificial, de plástico. Tengo miedo de dejar de tener sentimientos.
Por otra parte me han asegurado que los plásticos son de buena calidad por lo cual lo más probable es que viva muchos años y eso tarde en llegar.
La enfermedad se inició repentinamente, es inexplicable dijeron los médicos. Asumí con resignación su ignorancia en la materia. De repente, un buen día, todo yo fui un dolor, un desencaje de piezas fundamentales lastradas que se ulceraban por dentro. Una lenta agonía. Ante mi mal, la medicina no tenía respuesta. Un caso único dijeron. Poco consuelo se podía extraer de esas palabras. Venían a verme y se compadecían de mí, algunos incluso me daban ánimos luego de tranquilizarme con palabras de fingido interés. Tarde o temprano todos se acaban insensibilizando ante el mal ajeno; también ellos intentaban sobrevivir a su manera.
A diferencia de los años, eran mis huesos los que habían comenzado un buen día por pudrirse. Todo comenzó todo con una pierna. Fuertes dolores y calambres agudos a los que no presté mayor atención en un primer momento. Cansancio, agotamiento o la fatiga que acompaña al otoño cuando los días se hacen más cortos -una premonición de lo que esperaba-, cualquier cosa podía ser. Un día, mientras esperaba un tardío autobús que me llevara al trabajo, me vine al suelo. De golpe y en seco, como si una de mis piernas se hubiese reblandecido despóticamente y se hubiere malogrado en la consistencia de un bloque de mantequilla derretida. Me asusté mucho, y no es que yo sea una persona muy impresionable. Me llevaron al hospital -eso me dijeron porque en algún momento perdí el conocimiento y no me enteré de nada-, y me prometieron que me curaría, que no pasaba nada, y que todo se andaría -esto último en ese momento me pareció muy cínico-. Al cabo de una semana me cortaron la pierna hasta la rodilla. Me hicieron análisis y experimentaron con mi capacidad de resistencia a desintegrarme en trozos, como si de un filete de carne se tratara, putrefacto, pero carne al fin y al cabo. Una buena razón para hacerse vegetariano de golpe, eso pensé. Al cabo de unas semanas el mal se había extendido a mi otra pierna. Se había convertido en una porción sumisa y melosa al tacto, tumefacta y despreciable, y por más que la apreciara, pues me había acompañado durante los últimos veinticinco años, la odié de tan blanda e insolidaria que se había vuelto. Su desprecio me dejó muy vacío. La cortaron también, por mala. Me lo podía tomar todo con sentido del humor o llorar, pero visto que no tenía remedio lo que pasaba, pronto lo supe, lo primero me pareció más inteligente; tampoco quería agobiar en exceso la vida de aquellas enfermeras y doctores en sus quehaceres diarios con mis problemas de descomposición. Quizá por ser un paciente modélico y por no molestarles en demasía me cogieron aprecio, y el más sentido de todos fue el de la enfermera jefa Glendolina cuando me pidió permiso para conservar parte de mi tendón rotuliano en la nevera de su casa como recuerdo.
Me estaba deshaciendo por dentro. Mis huesos se estaban convirtiendo en moho, en herrumbre de piel y no sabían que hacer. ¿ Conservarme en formol, quizá ?, no mientras estuviera vivo.
Pasaron dos meses y viendo que todo seguía igual, los de traumatología me pertrecharon con una par de prótesis y unas muletas y me sacaron a la calle. Ese afán mío por reponerme a pesar de todo era encomiable pero pequé de optimista. No tuve tiempo de aprender a usarlas. A los dos días ya estaba de nuevo en el hospital.
El codo primero y después el hombro se habían cangrenados inexplicablemente. No me preocupé en exceso ya que me juraron y aseguraron que la Seguridad Social cubría todo los gastos.¡ Bendito seas Estado del Bienestar !. Más porciones de mi persona al cubo de la basura; si seguíamos a este ritmo, pronto vendrían a pedirme explicaciones los de Sanidad, como si lo viera. Con un poco de suerte yo para entonces estaría lo suficientemente desfigurado y desmembrado para que no me reconocieran. El brazo artificial que me pusieron fue de gran utilidad, dejé de cansarme en las largas horas que pasaba haciendo crucigramas y puzzles con las migajas de mi cuerpo que iban cayendo a trozos en el suelo.
La enfermedad había comenzado a degenerar también los tejidos y no sólo los huesos. Esta visto que no se puede dar confianzas a nadie, ni siquiera a una enfermedad. Empezó a avanzar inexpugnablemente, sólo le faltó música de Wagner para hacerlo todo más creíble y heroico. Riñón, bazo o pulmón, no sé que vino primero. El tiempo es ocioso porque encontró la circunstancia justa para hacerse dueño de cada una de las partes de mi cuerpo; la enfermedad me hizo vulnerable a ciertos tipos de pensamientos, pero resistí fielmente a mi mismo, cada vez menos yo y más plástico de alta densiometría y extremadamente ligero. Ya no eran esos pegotes que se colocaban antes, no, ahora no, ahora eran buenos y bonitos y espero que no baratos, porque lo barato pronto se rompe y yo ya tenía bastante con mis propias roturas y fracturas inexplicables. Ir perdiendo cosas y más cosas por el camino no es agradable, pero sabes que todo aquello que va quedando en tu cuerpo sui originis se revaloriza. Pronto acabas catalogando como reliquia del pasado una uña, un cartílago o una peca a la que nunca habías prestado mucha atención, logras una mayor estimación de lo tuyo y aprendes a querer tu cuerpo. En fechas señaladas como Navidad te ahorras un buen dinero, basta mutilarte un dedo o sencillamente esperar que se caiga - y os aseguro que no tarda mucho- y enviarlo en un sobre certificado para cumplir con el expediente de los siempre enojosos regalos navideños. Tu madre se llevará una sorpresa inolvidable y te estará infinitamente agradecida, tus amigos celebraran tu buen gusto al regalarles algo tan sentido y tuyo como pueda ser un cuajo de tu lengua o una loncha de tu intestino grueso. También tus hijos tendrán la oportunidad de iniciarse en el apasionante mundo del coleccionismo: un trozo venoso de nariz o el pequeño esqueje del tejido retinoso de cualquiera de tus ojos, cualquier cosa llamativa vale para luego podérselo enseñar a sus amiguitos en el colegio y hacerse famoso e interesante entre las chicas.
Cuanto más progresaba la enfermedad en mi cuerpo más menguado me dejaba a mí. A medida que yo perdía partes de mi cuerpo, los doctores se apresuraban a sustituirlas por lo que más a mano tuvieran, y no siempre de mi agrado. Reciclaron botellas de leche, tetrabrikes, papeles de parafina y guantes de látex para parchearme y recoserme como una pelota de cuero Made in Taiwan en desuso Una vil faena chapucera. Y fue ese el único dolor que sentí, el ver perder para siempre en una bolsa de plástico de quirófano trozos de piel y pellejos míos que se reciclarían en colágeno para viejas escleróticas que jamás me lo agradecerán suficientemente. Progresivamente todo yo me convertí en un cúmulo de piezas varias derivadas del manipulado del petróleo y de postizos y objetos ortopédicos ensamblados con buena fe pero que no podían sustituir a los originales. Simples correcciones para rehabilitar lo no rehabilitable. Me adapté a ello fácilmente, a esas alturas ya era muy maleable.
Con el paso del tiempo -días casi-, la enfermedad fue remitiendo hasta casi parecer querer desaparecer, como si ya hubiese tenido suficiente conmigo y se hubiese cansado de ensañarse de esa manera. Pero lejos de esa sofisticada idea que tanto me hubiere satisfecho, lo que sucedía era otra cosa, no avanzaba más porque ya no existía nada más por donde avanzar, ni partes de mi cuerpo a las cuales atacar ni órganos contra los cuales arremeter. La cosa es simple, el plástico empleado no era biodegradable y por eso yo podía permanecer incólume el resto de mis días, no me ajaría ni tampoco me arrugaría, pero debía de tener cuidado con el fuego para no combustionarme, arder en humo y evaporarme de este mundo zaheridor en un pequeño incendio no intencionado llegado el verano o bien provocado por un gamberro descontento de mi persona en cualquier otro momento del año. Debía cuidarme eso sí, tener cuidado de mi plástica condición e invertir en Bolsa, carburos, metanos y poliruorometanos asociados; a ellos pertenecía yo. Me fue difícil convivir con todos aquellos injertos de piel sintética, baquelitas y resinas indeformables con las cuales se reestructuró mi persona. Y aún fue peor el ver como no podía adaptarme a mi antigua filosofía de vida naturalista y socio de Greenpeace pues era evidente que en mi estado y condición ya no podíamos congeniar. Dejé de ser ecologista el día que me colgaron un cartel en la espalda los defensores del “Bosque verde” y los “Amigos del musgo de montaña” me intentaran linchar con mecheros. Era tal mi iniquidad como ser humano y tal el cúmulo de despropósitos materiales no fotodegradables que se sumaban en mi persona, que, amen de una existencia poco respetuosa con los preceptos de salvaguarda del medio ambiente, pronto me vi obligado a llevar en mi espalda una etiqueta de 50 cms. en las que se aprestaba un mensaje admonitorio: “ Las Autoridades Sanitarias advierten que este hombre perjudica seriamente la salud “, mi persona casi a la altura del tabaco.
Hoy en día ya no me pertenezco. No soy yo. Estoy más cerca del Ken amigo de la Barbee que de ser un hombre. Soy un pedazo de PVC que tiene pensamientos que le alejan de sí mismo, que nacen de mi ADN y que entran en conflicto con todo lo demás que hay y queda en mí. Soy el resultado de una serie de manipulaciones más o menos apañadas y de operaciones de cirugía reparadora que no han dejado gran parte de lo que yo era un año antes de iniciarse la enfermedad. Echo en falta no poder llorar, ni poder acariciar a mi mujer ni besar a mis hijos. Echo de menos el hombre que un día fui y que hoy sólo tiene un código de barras por identidad. Mi vida consiste hoy en recordar eso y otras cosas.
Sólo soy humano por mi corazón y el día que la enfermedad emerja de nuevo y ataque lo único y último que conservo como mío, sé que moriré. ¿ Cómo me habrían de sustituir el corazón ?. No quiero un corazón artificial, de plástico. Tengo miedo de dejar de tener sentimientos.
Por otra parte me han asegurado que los plásticos son de buena calidad por lo cual lo más probable es que viva muchos años y eso tarde en llegar.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Las dos mitades de una naranja
Las ventanas están cubiertas del polvo acumulado tras muchos años de pereza. Hay silencio y un ventilador en el techo que no funciona. El bar está casi vacío, pero en otros momentos se llena y se juega al dominó, a las cartas y a otras cosas que no se ven bien. La noche es fresca y desde la terraza puedo ver las nubes salpicar el cielo. Hoy es un día de esos de final de verano en el que ya se insinúa el otoño y la luz parece más perezosa que nunca; menos intensa que días atrás, en que el paseo marítimo se llenaba de personas hasta altas horas de la madrugada y las parejas retozaban agazapadas tras los ahuehuetes. He notado el aire fresco y húmedo en los cristales y olido la lluvia. La lluvia nos apartará de la rutina y reuniremos de nuevo el valor de pasar otro largo invierno con el olor de las maderas mojadas y las habitaciones sin ventilar. Lloverá aparentando que no pasa nada y el agua nos traerá un montón de cosas inútiles como las botas altas, las postales descoloridas, las castañas asadas y las ganas de mearse encima para mantener el calor. Full of sound and fury, signifying nothing, ya lo escribió Shakespeare, llena de sonido y furia, insignificante, la lluvia comportará disculpas, resfriados y cosas leves y a medias que nos harán sentir la cabeza muy grande y vacía; entonces repartiremos nuestro ocio – un ocio tan grande que no cabrá sólo en esta ciudad-, en aquellas tonterías que nos alivien hasta que llegue el momento de volver a trabajar. Miras al cielo y las nubes parecen bolsas de basura usadas en un infinito plano, feo y sin color. Vistes con ropas de trabajo viejas. Limpias el mostrador y la barra del bar desde hace un buen rato y ningún producto de limpieza que utilizas funciona como lo hacen los de los anuncios de la televisión. Tienes el color de la verdura mustia en la mirada, sin ningún brillo. La vida transcurre junto a ti desde hace años pero tú evitas los navajazos del tiempo haciéndote la invisible y no te enteras de que igualmente envejeces. Puede ser que tan sólo algún truco cinematográfico pueda sacarte de tu agujero, porque estás sola, tu vida no tiene color y has cerrado todas tus esperanzas tras muchos feos. Has conseguido un viejo piso de protección oficial que parece tener algo en tu contra. Dos habitaciones, ambas pequeñas incluso para una sola persona. Eres una mujer mayor y quizá tengas más años de los que recuerdes. Estás cansada y algo desdentada. Despichas babitas blancas desde las comisuras de la boca, cetina de tu vida que también se escapa por tu boca. Desde hace un buen rato escuchas la radio mientras trabajas; algo que no tiene mucho sentido porque el establecimiento está cerrado y nadie va a entrar hasta el verano que viene; pero son tantas las cosas que no tienen sentido en tu vida que tampoco te detienes a preguntar. Así van pasando los días y la vida va goteando sin pronunciarte porque en la práctica, tu independencia se ha quedado a veces limitada tan sólo a la elección del color de tu barra de labios. A tu edad has tenido ya tres hijos; cositas pequeñas resumidas en pequeñas botellitas dispuestas en un estante de tu habitación para ser recordadas. No alzas nunca la voz y si hablas, lo haces siempre recordando las oraciones, pero esto no es más que parte de tu historia y aún estas a la espera de la segunda entrega. La vida se empeña en aprisionarte entre sus vallas y sospechas que sea la resignación, tal vez, la palabra más adecuada para tu existencia. También es cierto que hay algunas personas que tampoco tienen ilusiones y se ponen ropas baratas para celebrar sus cumpleaños y medias de nylon para dormir; individuos que viajan sin un destino concreto y que se encapotan entre las sombras y gente borrosa sin fecha de regreso; hombres y mujeres que serían capaces de cruzar la calle tan sólo para poder decir que han hecho turismo por el mundo. Pero tú no eres una de esos y a tu manera, intentas luchar.
Había tenido un mal día y trabajado sin descanso y tampoco quería regresar a casa. Se sorprendió al ver a aquel extraño hacer señas a través del cristal de entrada. Parecía una mancha en un espejo. Aunque el local está cerrado, le abres la puerta. Él te pide permiso para entrar y tomar algo; un café por ejemplo. A ti claro, no te importa y puedes notar como se te enrojece la cara. Puedes oírle reñir a través del teléfono, quizá con su mujer y el trabajo que le cuesta mantener el timbre de la voz. Quizá el tono de su mujer sea neutro y ensayado como el de los contestadores automáticos o sencillamente sea también ridículo como el de él y no sea capaz de preservarla de sus odios y las manías. El hombre sale de la cabina, acaba su café y se marcha. Te quedas preocupada y un poco furiosa cuando sale y le ves marchar en su coche. Aún recuerdas aquel día en que estuviste esperando toda la noche a que tu marido te llamara; esa llamada que nunca se produjo y tras la cual te convertiste en una obsesa del tiempo. Ahora tu ex marido vive una aventura normal y corriente con otra mujer que se comporta como una loca y que le dice que le quiere a todas horas. El dolor siempre triunfa en todas sus formas posibles y gracias a ello sabes que estas viva.
Los sábados por la noche, acostumbrabais a salir y patinar por las calles. Llevabais ropas de deporte y una sensación de felicidad arrastrándose junto a vosotros. Patinabais a vuestro aire y os cogíais de las manos. El dijo que no querría un segundo matrimonio y tú accediste a no casarte pese a que te ilusionara más que nada en la vida. Pasasteis dos años felices y luego, poco a poco, y casi sin quererlo, vinieron los hijos y los problemas y tú lo único que podías hacer, era cogerle la mano más y más fuerte y decirle que no bebiera más; pero a ti te daba angustia pedirle más cosas y toleraste hasta lo inaceptable hasta aquella noche; esperaste ésta y otras más hasta que entendiste que él había decidido no regresar nunca más y ahora al otro lado del espejo hay un rostro más viejo y descuidado, alguien a quien no reconoces y al cual podrías dedicar más tiempo. Tristes como las luces de neón sin funcionar del bar, tus arrugas sostienen tu edad como una colilla que humea entre los dedos y tu mirada piensa que es ley de vida seguir adelante. Miras en silencio pasar los coches por la carretera y piensas porque no te llevarán con ellos. Has estado toda la tarde peleando con los trapos y las manoplas y la suciedad y el polvo y no por eso, el mundo te parece más limpio ni más bonito. La inutilidad del esfuerzo encuentra su recompensa en los mismos cristales sucios que has intentado limpiar antes, en el pasado y el futuro y en ese ir y venir de tu casa al trabajo que ya hace tiempo que te hace sentir delicada de salud. Te bebes el sudor con la mano, el tedio del trabajo que avanza sin sobresaltos y esos programas de televisión que se enredan en tus ojos miopes donde ya se han apagado los deseos hace años.
Cuando su marido la dejó por aquella mujer, ella supo que gran parte de su vida se le había escurrido por el desagüe hacia un pozo sin fondo; a un lugar donde las televisiones nunca llegarían ni nunca tendrían interés en mostrar y que debería buscarse alguna distracción; algo que le ayudara a recuperar los recuerdos de ellos dos y mantener vivo lo poco que les quedaba de veinte años de matrimonio. Incluso la muerte le hubiera parecido una idea poco original sino hubiese sido capaz primero de deshacer el nudo de su fracaso y hacer de ello algo trivial como vaciar la papelera de papeles o fregar y recoger los platos de la cocina antes de acostarse. Buscó un trabajo por las noches y así también se mantuvo ocupada más parte del día y sin necesidad de pensar demasiado. Y empezó a escribir también las cosas que le pasaban y cuentos como éste, que no tiene nada de autobiográfico, o tal vez, si; mientras espera que el teléfono suene, el verano se apaga y ella tiene la esperanza de que no habrá nada del pasado que venga a mancharle de pavesas esa franja del tiempo en que fue feliz patinando, dejando pasar el tiempo y manteniendo la ilusión de que el futuro no era más que una página en blanco en la cual el polvo jamás se llegaría a acumular si ella era capaz de seguir mirando hacia delante.
Iba hacia al sur por la Tercera cuando una nube tapó el sol y empezó a llover. Sintió frío en los brazos. Al doblar hacia la Sexta y pasar por los puentes del subterráneo que llevaba a la playa sintió un poco de miedo. Ahí estaba él, el extraño, el que entrara en el café a destiempo y hablara después por teléfono. Y ella que estaba tan mal acostumbrada y que entendía tan poco de geografías y pasiones que excediesen de las escalas humanas, sintió entonces que el cielo era tan inmenso y que estaba tan cerca de ella que se tendría que atar los brazos al cuerpo para no tocarlo con las manos. Su corazón volvía a patinar. Él la vio cruzar la calle y detenerse al otro lado de la acera como si no supiera qué hacer ni adonde dirigirse, y esperó. Parecía esperarla dentro del auto, fumando y sin abrir la ventanilla porque llovía y tenía frío. Ambos sintieron probablemente un paréntesis en sus vidas, una sensación de cambio o de algo distinto que como un lenguaje en extinción deberían conservar para siempre dentro suyo para que no se les perdiera en la memoria. Pero como tantos que viven esperando una señal para hacer las cosas, esperaron en vano y ninguno de los, quizá esperando que el otro diera el primer paso, se sintió con fuerza para buscar una excusa para acercarse al otro. Sintiendo que quizá no deberían estar ninguno de los dos ahí y que jamás encontrarían la excusa, ella hizo señas al primer taxi que pasaba y se marchó a su casa sin mirar atrás; él espero que el taxi arrancara y después también se alejó sin mirar atrás. Los dos se fueron en dirección opuesta, distanciándose el uno del otro, dirigiéndose a puntos distintos de la ciudad y también de ellos mismos.
Había tenido un mal día y trabajado sin descanso y tampoco quería regresar a casa. Se sorprendió al ver a aquel extraño hacer señas a través del cristal de entrada. Parecía una mancha en un espejo. Aunque el local está cerrado, le abres la puerta. Él te pide permiso para entrar y tomar algo; un café por ejemplo. A ti claro, no te importa y puedes notar como se te enrojece la cara. Puedes oírle reñir a través del teléfono, quizá con su mujer y el trabajo que le cuesta mantener el timbre de la voz. Quizá el tono de su mujer sea neutro y ensayado como el de los contestadores automáticos o sencillamente sea también ridículo como el de él y no sea capaz de preservarla de sus odios y las manías. El hombre sale de la cabina, acaba su café y se marcha. Te quedas preocupada y un poco furiosa cuando sale y le ves marchar en su coche. Aún recuerdas aquel día en que estuviste esperando toda la noche a que tu marido te llamara; esa llamada que nunca se produjo y tras la cual te convertiste en una obsesa del tiempo. Ahora tu ex marido vive una aventura normal y corriente con otra mujer que se comporta como una loca y que le dice que le quiere a todas horas. El dolor siempre triunfa en todas sus formas posibles y gracias a ello sabes que estas viva.
Los sábados por la noche, acostumbrabais a salir y patinar por las calles. Llevabais ropas de deporte y una sensación de felicidad arrastrándose junto a vosotros. Patinabais a vuestro aire y os cogíais de las manos. El dijo que no querría un segundo matrimonio y tú accediste a no casarte pese a que te ilusionara más que nada en la vida. Pasasteis dos años felices y luego, poco a poco, y casi sin quererlo, vinieron los hijos y los problemas y tú lo único que podías hacer, era cogerle la mano más y más fuerte y decirle que no bebiera más; pero a ti te daba angustia pedirle más cosas y toleraste hasta lo inaceptable hasta aquella noche; esperaste ésta y otras más hasta que entendiste que él había decidido no regresar nunca más y ahora al otro lado del espejo hay un rostro más viejo y descuidado, alguien a quien no reconoces y al cual podrías dedicar más tiempo. Tristes como las luces de neón sin funcionar del bar, tus arrugas sostienen tu edad como una colilla que humea entre los dedos y tu mirada piensa que es ley de vida seguir adelante. Miras en silencio pasar los coches por la carretera y piensas porque no te llevarán con ellos. Has estado toda la tarde peleando con los trapos y las manoplas y la suciedad y el polvo y no por eso, el mundo te parece más limpio ni más bonito. La inutilidad del esfuerzo encuentra su recompensa en los mismos cristales sucios que has intentado limpiar antes, en el pasado y el futuro y en ese ir y venir de tu casa al trabajo que ya hace tiempo que te hace sentir delicada de salud. Te bebes el sudor con la mano, el tedio del trabajo que avanza sin sobresaltos y esos programas de televisión que se enredan en tus ojos miopes donde ya se han apagado los deseos hace años.
Cuando su marido la dejó por aquella mujer, ella supo que gran parte de su vida se le había escurrido por el desagüe hacia un pozo sin fondo; a un lugar donde las televisiones nunca llegarían ni nunca tendrían interés en mostrar y que debería buscarse alguna distracción; algo que le ayudara a recuperar los recuerdos de ellos dos y mantener vivo lo poco que les quedaba de veinte años de matrimonio. Incluso la muerte le hubiera parecido una idea poco original sino hubiese sido capaz primero de deshacer el nudo de su fracaso y hacer de ello algo trivial como vaciar la papelera de papeles o fregar y recoger los platos de la cocina antes de acostarse. Buscó un trabajo por las noches y así también se mantuvo ocupada más parte del día y sin necesidad de pensar demasiado. Y empezó a escribir también las cosas que le pasaban y cuentos como éste, que no tiene nada de autobiográfico, o tal vez, si; mientras espera que el teléfono suene, el verano se apaga y ella tiene la esperanza de que no habrá nada del pasado que venga a mancharle de pavesas esa franja del tiempo en que fue feliz patinando, dejando pasar el tiempo y manteniendo la ilusión de que el futuro no era más que una página en blanco en la cual el polvo jamás se llegaría a acumular si ella era capaz de seguir mirando hacia delante.
Iba hacia al sur por la Tercera cuando una nube tapó el sol y empezó a llover. Sintió frío en los brazos. Al doblar hacia la Sexta y pasar por los puentes del subterráneo que llevaba a la playa sintió un poco de miedo. Ahí estaba él, el extraño, el que entrara en el café a destiempo y hablara después por teléfono. Y ella que estaba tan mal acostumbrada y que entendía tan poco de geografías y pasiones que excediesen de las escalas humanas, sintió entonces que el cielo era tan inmenso y que estaba tan cerca de ella que se tendría que atar los brazos al cuerpo para no tocarlo con las manos. Su corazón volvía a patinar. Él la vio cruzar la calle y detenerse al otro lado de la acera como si no supiera qué hacer ni adonde dirigirse, y esperó. Parecía esperarla dentro del auto, fumando y sin abrir la ventanilla porque llovía y tenía frío. Ambos sintieron probablemente un paréntesis en sus vidas, una sensación de cambio o de algo distinto que como un lenguaje en extinción deberían conservar para siempre dentro suyo para que no se les perdiera en la memoria. Pero como tantos que viven esperando una señal para hacer las cosas, esperaron en vano y ninguno de los, quizá esperando que el otro diera el primer paso, se sintió con fuerza para buscar una excusa para acercarse al otro. Sintiendo que quizá no deberían estar ninguno de los dos ahí y que jamás encontrarían la excusa, ella hizo señas al primer taxi que pasaba y se marchó a su casa sin mirar atrás; él espero que el taxi arrancara y después también se alejó sin mirar atrás. Los dos se fueron en dirección opuesta, distanciándose el uno del otro, dirigiéndose a puntos distintos de la ciudad y también de ellos mismos.
viernes, 12 de diciembre de 2008
Final de verano
Sus pasos descalzos se detuvieron en el descansillo como una sombra distante y fría en el centro del mundo. Sintió la dulce tibieza de la alfombra amoldarse bajo la planta de sus pies y una sensación de placer recorrer su cuerpo. Deslizó suavemente sus dedos por la pared mientras se abrían puertas al deseo y reconstruía placeres olvidados y nostalgias de la magia del vuelo de las gaviotas. Nada podría detenerla ni disuadirla de su propósito por la sencilla razón que tomada su decisión había llegado a lo más profundo de su voluntad. Los gestos de la noche se corrían como una cortina tendida al viento, ágil y sencilla, sin pretextos ni arrebatos; pura y clara y sin lunas de cartón ni estrellas de bisutería que la difuminasen o confundieran, olía a sal y a arreos curtidos en silencio.
Finalizado el verano el pequeño pueblo costero había perdido la mayoría de sus visitantes y quedado vacío, casi apuntando al abismo; a mucha distancia de aquella otra geografía por la cual había sido interesado en virtud de sus aguas tranquilas y baños de reposo, y ahora convertido en una media luna de cristal que lloraba muy bajito casi en silencio su soledad. Ella podía pasarse horas escuchando el silencio y el brillo de las estrellas picando aquí y allá adivinando sus querencias y miedos, pues no dudaba que también las estrellas como las nubes y los océanos también se asombraban a veces de aquellas resonancias de la vida que sentían adentro y que nadie sabia explicar. El sonido sincopado de sus pies se adivinaba como un vuelo de espuma mientras avanzaba por el pasillo sin mirar atrás y sin querer defenderse de todo aquello que sucede en su cabeza. Afuera, feliz de encontrarse allí, la lluvia se sucede a escondidas, inconfundible con su repiquetear sobre las tejas y su temblar de rodillas en forma de flor que descienden desde lo alto. Le reconforta escuchar caer la lluvia y ver sus luces de luciérnagas suspendidas mirándose al espejo de los cristales y dispersándose al azar; sus pasos cojos y repetidos de armonías y olvidos que parecen contener la respiración para después sembrar las felicidades de los rosales y plantas de su jardín. Hay sueños inimaginables en esos momentos de silencios buscados, silencios que quisiera no acabaran nunca y la abandonaran a la triste realidad mitad pesadilla mitad desesperación de los corredores oscuros de su imaginación. Quisiera entonces matar la memoria y no hacerse daño con sus cristales rotos, con las blandas esquinas de goma que la asfixian si piensa demasiado y las madrugadas frías de los pelos de punta. Tabúes primitivos y temores ancestrales de mujer que quisiera protegerse del olvido de la felicidad y de los tramos más oscuros de su madurez, únicos residentes permanentes de la casa junto a ella. Durante el verano las cosas son diferentes y ella se siente mejor; los paseos por la playa y las visitas de sus hijas y de sus nietos ricos en risas y alegrías la embeben de claridad y gozo que ella acumula en cajas de cartón para cuando la depresión y los malos momentos la sacudan de dolor y sienta las noches más profundas que nunca mientras urde sus penas. Rodeada ahora de muebles viejos que la habitan y otoños que no cejan de clavársele en los recuerdos, sus pasos tiene el olor de la cera que se encuentra a solas y dibuja cementerios, de las columnas viejas que desfallecen y de los pájaros de alas frías que se entierran en una hoguera porque ya no soportan más la estupidez de su vuelo. Precisamente hace frío en la casa, un frío de lanzar cuchillos que se amplia dentro de su cráneo y la vela como un buitre; el tiempo parece espesarse adentro y abrazarla como una camisa de fuerza de metal pesado que se le enrolla al cuello zafio y leal; los espejos la saludan con una sonrisa de media luna menguante que tantas veces creyó no ver en su rostro pálido de toque infantil cuando entonces no era necesario mentir. Avanza despacio por el pasillo mientras sus dedos recorren perfiles, vértices y volúmenes de objetos que se le ofrecen al paso despertando ridículos ruidos de cafeteras. Desearía poder conservar esos momentos para siempre y enterrar las horas en la arena, no perderlas jamás ahora que el diablo está en suspenso y se siente bien. Pero entre la voluntad y el acto caben océanos y orillas que no esperan, destinos por confirmar y ángeles que huyen dejándonos a solas entre el soñar y el despertar. Ella ha dispuesto sus armas sin esperar tregua ni descanso como quien vive de prestado y no atiende en absoluto a las voces de los vendedores de Biblias, ungüentos y falsas conciencias. En lo alto, una luz de perezosas plumas ilumina la habitación sembrando en los rincones conjeturas y medusas iracundas del color de la tinta del calamar; sombras que son istmos de su soledad y jaulas opresivas de la libertad que ha empezado a quedarse sin oxigeno; en sus dedos flotan los pececillos de la falta de valor y la cobardía que ha de agravar sus aprensiones. Toda la culpa es de ese amante que se pegara a sus labios sobre la hierba alta de sus tobillos ese verano y le contara esa triste historia de la fragilidad, desesperanza y de las misas finales de verano, de ese arrastrar de viejos por los pastos secos a la hora de despedirse y que ahora reposa en sus ojos; esa carta de adiós de su amante, que cansado de ella, ha decidido dar puerta a su vida y le ha dado esta puñalada trapera, droga sintética de su atención que ahora la tiene bajo cilicio viviendo entre dos paréntesis. Ahora su reciedad flaquea y tiembla sin bastión alguno de fe que la atienda; mártir sin puerto, teme a ese suicidio pensado para borrar su aflicción, a ese mundo suyo inconfeso en el que las palabras se han ajado sin ser escuchadas y el futuro es un hijo deforme. Y es cierto que estas cenizas pudieron ser placeres y ella peregrina de la felicidad, pero el Destino la midió y la ennegreció hasta el corazón y tampoco entonces la escuchó.
El furtivo encaje de la noche se deshace lentamente sobre teclas de marfil y boyas de ojos escarchados y rostro feliz; las ventanas comienzan a aclarar y las barcas de pescadores a llorar al comenzar faenar y alguna armonía nace con todo ello como en los viejos tiempo en que todo era perfecto. Es hora pues de mover los pies, de bailar y olvidar la tristeza de los lápices, y los labios apretados que no ríen; hora de que aquellos pies descalzos que guardan reposo absoluto ante la ventana abierta de una habitación contemplen el horizonte y den un paso hacia adelante.
Finalizado el verano el pequeño pueblo costero había perdido la mayoría de sus visitantes y quedado vacío, casi apuntando al abismo; a mucha distancia de aquella otra geografía por la cual había sido interesado en virtud de sus aguas tranquilas y baños de reposo, y ahora convertido en una media luna de cristal que lloraba muy bajito casi en silencio su soledad. Ella podía pasarse horas escuchando el silencio y el brillo de las estrellas picando aquí y allá adivinando sus querencias y miedos, pues no dudaba que también las estrellas como las nubes y los océanos también se asombraban a veces de aquellas resonancias de la vida que sentían adentro y que nadie sabia explicar. El sonido sincopado de sus pies se adivinaba como un vuelo de espuma mientras avanzaba por el pasillo sin mirar atrás y sin querer defenderse de todo aquello que sucede en su cabeza. Afuera, feliz de encontrarse allí, la lluvia se sucede a escondidas, inconfundible con su repiquetear sobre las tejas y su temblar de rodillas en forma de flor que descienden desde lo alto. Le reconforta escuchar caer la lluvia y ver sus luces de luciérnagas suspendidas mirándose al espejo de los cristales y dispersándose al azar; sus pasos cojos y repetidos de armonías y olvidos que parecen contener la respiración para después sembrar las felicidades de los rosales y plantas de su jardín. Hay sueños inimaginables en esos momentos de silencios buscados, silencios que quisiera no acabaran nunca y la abandonaran a la triste realidad mitad pesadilla mitad desesperación de los corredores oscuros de su imaginación. Quisiera entonces matar la memoria y no hacerse daño con sus cristales rotos, con las blandas esquinas de goma que la asfixian si piensa demasiado y las madrugadas frías de los pelos de punta. Tabúes primitivos y temores ancestrales de mujer que quisiera protegerse del olvido de la felicidad y de los tramos más oscuros de su madurez, únicos residentes permanentes de la casa junto a ella. Durante el verano las cosas son diferentes y ella se siente mejor; los paseos por la playa y las visitas de sus hijas y de sus nietos ricos en risas y alegrías la embeben de claridad y gozo que ella acumula en cajas de cartón para cuando la depresión y los malos momentos la sacudan de dolor y sienta las noches más profundas que nunca mientras urde sus penas. Rodeada ahora de muebles viejos que la habitan y otoños que no cejan de clavársele en los recuerdos, sus pasos tiene el olor de la cera que se encuentra a solas y dibuja cementerios, de las columnas viejas que desfallecen y de los pájaros de alas frías que se entierran en una hoguera porque ya no soportan más la estupidez de su vuelo. Precisamente hace frío en la casa, un frío de lanzar cuchillos que se amplia dentro de su cráneo y la vela como un buitre; el tiempo parece espesarse adentro y abrazarla como una camisa de fuerza de metal pesado que se le enrolla al cuello zafio y leal; los espejos la saludan con una sonrisa de media luna menguante que tantas veces creyó no ver en su rostro pálido de toque infantil cuando entonces no era necesario mentir. Avanza despacio por el pasillo mientras sus dedos recorren perfiles, vértices y volúmenes de objetos que se le ofrecen al paso despertando ridículos ruidos de cafeteras. Desearía poder conservar esos momentos para siempre y enterrar las horas en la arena, no perderlas jamás ahora que el diablo está en suspenso y se siente bien. Pero entre la voluntad y el acto caben océanos y orillas que no esperan, destinos por confirmar y ángeles que huyen dejándonos a solas entre el soñar y el despertar. Ella ha dispuesto sus armas sin esperar tregua ni descanso como quien vive de prestado y no atiende en absoluto a las voces de los vendedores de Biblias, ungüentos y falsas conciencias. En lo alto, una luz de perezosas plumas ilumina la habitación sembrando en los rincones conjeturas y medusas iracundas del color de la tinta del calamar; sombras que son istmos de su soledad y jaulas opresivas de la libertad que ha empezado a quedarse sin oxigeno; en sus dedos flotan los pececillos de la falta de valor y la cobardía que ha de agravar sus aprensiones. Toda la culpa es de ese amante que se pegara a sus labios sobre la hierba alta de sus tobillos ese verano y le contara esa triste historia de la fragilidad, desesperanza y de las misas finales de verano, de ese arrastrar de viejos por los pastos secos a la hora de despedirse y que ahora reposa en sus ojos; esa carta de adiós de su amante, que cansado de ella, ha decidido dar puerta a su vida y le ha dado esta puñalada trapera, droga sintética de su atención que ahora la tiene bajo cilicio viviendo entre dos paréntesis. Ahora su reciedad flaquea y tiembla sin bastión alguno de fe que la atienda; mártir sin puerto, teme a ese suicidio pensado para borrar su aflicción, a ese mundo suyo inconfeso en el que las palabras se han ajado sin ser escuchadas y el futuro es un hijo deforme. Y es cierto que estas cenizas pudieron ser placeres y ella peregrina de la felicidad, pero el Destino la midió y la ennegreció hasta el corazón y tampoco entonces la escuchó.
El furtivo encaje de la noche se deshace lentamente sobre teclas de marfil y boyas de ojos escarchados y rostro feliz; las ventanas comienzan a aclarar y las barcas de pescadores a llorar al comenzar faenar y alguna armonía nace con todo ello como en los viejos tiempo en que todo era perfecto. Es hora pues de mover los pies, de bailar y olvidar la tristeza de los lápices, y los labios apretados que no ríen; hora de que aquellos pies descalzos que guardan reposo absoluto ante la ventana abierta de una habitación contemplen el horizonte y den un paso hacia adelante.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Panegiros
Aún sin haber nacido e incluso, sin haber sido concebido por sus padres, los cuales ni siquiera se conocían aún, Panegiros Suleiman manifestó incontestablemente y de modo irrefutable, su deseo de nacer.
Ilustrativo de su determinación, fue el hecho que después de que se conocieran sus padres, pura casualidad siquiera gobernada por la significancia del pensamiento de Panegiros, aquellos unieran sus cuerpos encendidos en furor adolescente, en la única noche en los últimos doscientos años que la ciudad de M. temblase por la vehemencia de un terremoto. Algo insólito.
Años después, Panegiros Suleiman pensaría que quizá hubiera sido él el desencadenante de aquel fenómeno geológico que tanto preocupase en su tiempo, justo al desembocar el gozo extasiado de sus padres en sus arrebatos de violenta pasión, con el mágico momento del hechizo del óvulo hambriento con aquel espermatozoide frenético e hiperactivo en su existencia potencial. Después de aquella noche, como si sus padres hubiesen comprendido rápidamente que cualquier otro encuentro entre ellos estaba condenado al fracaso, que toda futura incursión de sus libidos quedaría sólo en experimentos fallidos de reverdecer sumums de sensualidad perdida, no volvieron a verse.
Panegiros Suleiman nació bello y hermoso, triunfador desde el primer día; desde el primer instante fue objeto de ternuras y arrebatos entre las enfermeras que lo vieron nacer y posteriormente entre las mujeres que lo conocieron. Propios y extraños cayeron rendidos a sus pies, encantos irresistibles y espontánea naturalidad de quién todo le es fácil y nada le cuesta. Un moderno Mozart entre Salieris, una idea que arrastra y embruja a otros espíritus que le rendirán pleitesía, una fuerza ante la cual los otros se someterán y un concepto al cual se prestará obediencia, ese era Panegiros Suleiman. Bastaba sólo una mirada de sus ojos amabilísimos para someter voluntades adversas, un gesto o una sonrisa para abrir corazones enemigos y una sola palabra para hacer suyos cuantos detrajesen su influencia, toda malquerencia se deshacía ante él como un copo de nieve ante un brasero, o sencillamente se hacía imposible. Panegiros Suleiman, y sírvase la comparación, era como un virus, contagiaba a todo el mundo con su lindeza y encanto. En el colegio no se recuerda que abriese un libro para estudiar, ni siquiera en la universidad, donde se licenciara con honores. Maridó con Camila Sesrovira, una bella y culta heredera de un imperio de la telefonía móvil con la cual tuvo dos hijos, ninguno de ellos a la altura de su padre. Trabajador infatigable, amasó una buena fortuna, suya y propia, diferenciada de la de su mujer y mejor aposentada, antes de los treinta años. Fundó dos órdenes benéficas para hijos de madres solteras y jamás defraudó a Hacienda. Cercano a todo el mundo, nada esquivó en sus relaciones y siempre con una palabra amable y una voz de consuelo para el necesitado, forjó un poderoso ejército de corazones entregados a su persona, sirvió de paño de lágrimas para sus antiguos compañeros y otras almas solícitas de su calidez a las cuales jamás les negara nada, aún en contra suya o a expensas de su tiempo o libertad. Alentó a muchos con sus consejos desinteresados y ayudó a todos. Se labró fama de amigo irreprochable y mejor persona, de hombre de inquebrantable esfuerzo y exquisita bondad, de verdadero apóstol de la nueva vida, de la vida de aquellos de quienes se escriben biografías noveladas y se hacen películas de sobremesa. Labró su nombre en los círculos selectos de las finanzas y en el de los elegidos para pasar a la posterioridad entre sus contemporáneos. Subyugante y cautivador, Panegiros Suleiman era sinónimo de toda noción de triunfo.
Sólo se le recuerda un incidente desgraciado en su vida; una pequeña pelea entre colegiales sin mayor relumbre que el de las últimas palabras que aquel tuviera con Panegiros a su final. “Hoy no, mañana tampoco, pero algún día, no se cuando, te mataré, lo juro”. Palabras que a buen seguro Panegiros ha arrinconado, porque aún entonces, todavía rutilantes en el eco del patio de recreo donde fueron dichas, Panegiros decidiera que no merecía la pena acordarse de ellas, tan temprano las comenzó a olvidar; más por la no transcendencia que les diera que por necesariedad de vivificar una amenaza que nadie creyó en su momento. Fueron sólo unas sílabas vacías, unas meras secuencias del alfabeto prontamente desdeñadas, simples cenefas de letras desatendidas desde el mismo momento en que vieron salir la luz una tarde que oscuramente se recuerda ya, deshilvanada en la lejanía, y que sólo podríamos traer a la memoria por su excepcionalidad y anecdotizar su ocasión aún cuando ya nadie sepa a qué vinieron.
Cuesta creer que cuanto Suleiman tocase no tardara en revertir un as en sus manos, que acompañado de una fe absoluta y sin sombra, sus logros sólo estuviesen al alcance de la altura de sus intereses mientras que los nuestros sólo se aproximen a una mala cercanía a lo que realmente nos esperásemos de ellos. Cuesta creer también que cuanto él tocara se convirtiera en oro, y si acaso ya fuese oro, en oro sobre oro. ¿ El secreto de su éxito ?. Algo inexplicable que ni siquiera él mismo, si le preguntaban, podía dar una idea de ello. Era, existía y eso era todo; él no lo atribuía a nada ni a nadie en especial, acaso a la suerte o al destino. Más allá de él, de su persona y de su realidad, no se cuestionaba nada, tal vez en ello radicara su secreto, en haber aprendido a convivir con lo que le había sido dado sin buscar explicaciones o razones de ser, nosotros, simples helechos esmirriados bajo el peso de su paso sólo podemos imaginarlo. Distraer segundos, enamorar minutos y preñar las horas con su avasallante voluntad era lo suyo, el resto caía a sus pies como fruta madura, como algo debido y otorgado a él antes de tiempo y que sólo se espera que él se digne a recoger. Y lo peor de todo es que no se le pudiese reprochar que las cosas fueran así; su conducta, con todos por igual, era incuestionable, ya lo sabemos, siempre dispuesto a ayudar y ofrecer su mano a quien la requiriere, jamás dudaba en hacerlo. Tampoco hubieron escándalos familiares en su vida, y si existieron, no se conocieron. Guardó estricta fidelidad a su mujer durante todo su matrimonio, tentaciones hubieron muchas, es cierto, no sólo de pan vive el hombre, pero jamás sucumbió ante tamaña debilidad, y aún cuando su mujer si tuvo en su momento cierto desliz que fue conocido, él no dudó en perdonarla inmediatamente y atribuirse a sí mismo toda culpa, aún sin tenerla, por cuanto hubiese sido él mismo el causante de su determinación aventurera, supuestamente por no haberle prestado suficiente atención o por su ligereza en la conducta al no haberse mostrado con ella más afectuoso durante todo el tiempo en que habían estado juntos, aún cuando era conocido cuanto afecto y cuidado dispensaba no sólo a su mujer sino a su familia entera por igual.
Su paso por el mundo era avasallador. A nivel profesional sólo cabía referirse a él como un número uno, y aún entre sus iguales, un “primus inter pares “; cuantas menciones honoríficas pudiesen existir eran todas para él, y sí aún no habían sido creadas, prontamente lo fueron, quizá sólo para manifestar o atestiguar su magnetismo sin igual. Sus muchos triunfos desbordaron las fantasías más ambiciosas de los más optimistas, su rostro bello y hermoso aún a los cincuenta años fue objeto de portadas de revistas, de entrevistas e incluso de una biografía novelada que fue un éxito de ventas en su primera edición; cierto empresario, joven pero no por ello exento de escrúpulos, llegó a manufacturar cientos de miles de calcomanías con el rostro del divino Panegiros y la leyenda, “Yo de mayor quiero ser como él”, se vendieron a millones. De repente, un buen día, su estrella comenzó a fundirse. La misma noche en que era investido “Doctor Honoris Causa por la universidad donde había estudiado, Panegiros se descubre un pequeño bulto bajo la axila, sólo una breve tumefacción que le molesta, a medio camino entre el color lila y amarillo del tamaño de una pequeña nuez. Nada serio piensa él. Así se lo confirma su médico de cabecera. El día que entra en urgencias, la primera y única vez que tiene necesidad de ir, se alarma; el dolor se extiende por todo el brazo y le dificulta el movimiento. En el hospital pierde la conciencia. Quizá más por el miedo o por el temor a lo desconocido que a otra cosa, porque lo que él tiene no merece la pena ni de ser tomado en serio. Un pequeño nódulo o bulto de grasa a falta de más pruebas médicas. O al menos eso cree el médico de guardia tras la primera inspección que le hace. A primera hora de la mañana vendrá el especialista y podrá emitir un diagnóstico más profesional. Se llama Gómez y tiene más o menos la misma edad que Panegiros, pero su vida quizá no ha estado al nivel de lo que él esperaba. Sí, es un gran cirujano pero no ha llegado a más. No es importante ni le han hecho fotos. Es un personaje gris que sólo destaca en su pequeño mundo, un rey de un territorio demasiado pequeño para ser considerado lo bastante importante como para dedicarle más líneas. Durante toda su vida ha oído hablar de su paciente, al que ahora tiene delante suyo, sedado y medio desnudo. Ahora las tornas se han cambiado, ahora es de él de quien se habla. Demasiados años oyendo noticias suyas, demasiados años escuchando su nombre aún sin querer y demasiados años viendo relucir con luces de neón su memoria de la cual no quiere evadirse, no aún, demasiado años macerando aquel recuerdo del cual no ha querido sustraerse, ni ha podido olvidar. Demasiados años desde entonces. Demasiados años acumulando resentimiento y pesadumbre. Demasiados años también desde aquella tarde que ya nadie recuerda salvo él, en la que tras las magulladuras de la vergüenza y el odio revertido de un joven, prometió vengarse. Algún día.
Ilustrativo de su determinación, fue el hecho que después de que se conocieran sus padres, pura casualidad siquiera gobernada por la significancia del pensamiento de Panegiros, aquellos unieran sus cuerpos encendidos en furor adolescente, en la única noche en los últimos doscientos años que la ciudad de M. temblase por la vehemencia de un terremoto. Algo insólito.
Años después, Panegiros Suleiman pensaría que quizá hubiera sido él el desencadenante de aquel fenómeno geológico que tanto preocupase en su tiempo, justo al desembocar el gozo extasiado de sus padres en sus arrebatos de violenta pasión, con el mágico momento del hechizo del óvulo hambriento con aquel espermatozoide frenético e hiperactivo en su existencia potencial. Después de aquella noche, como si sus padres hubiesen comprendido rápidamente que cualquier otro encuentro entre ellos estaba condenado al fracaso, que toda futura incursión de sus libidos quedaría sólo en experimentos fallidos de reverdecer sumums de sensualidad perdida, no volvieron a verse.
Panegiros Suleiman nació bello y hermoso, triunfador desde el primer día; desde el primer instante fue objeto de ternuras y arrebatos entre las enfermeras que lo vieron nacer y posteriormente entre las mujeres que lo conocieron. Propios y extraños cayeron rendidos a sus pies, encantos irresistibles y espontánea naturalidad de quién todo le es fácil y nada le cuesta. Un moderno Mozart entre Salieris, una idea que arrastra y embruja a otros espíritus que le rendirán pleitesía, una fuerza ante la cual los otros se someterán y un concepto al cual se prestará obediencia, ese era Panegiros Suleiman. Bastaba sólo una mirada de sus ojos amabilísimos para someter voluntades adversas, un gesto o una sonrisa para abrir corazones enemigos y una sola palabra para hacer suyos cuantos detrajesen su influencia, toda malquerencia se deshacía ante él como un copo de nieve ante un brasero, o sencillamente se hacía imposible. Panegiros Suleiman, y sírvase la comparación, era como un virus, contagiaba a todo el mundo con su lindeza y encanto. En el colegio no se recuerda que abriese un libro para estudiar, ni siquiera en la universidad, donde se licenciara con honores. Maridó con Camila Sesrovira, una bella y culta heredera de un imperio de la telefonía móvil con la cual tuvo dos hijos, ninguno de ellos a la altura de su padre. Trabajador infatigable, amasó una buena fortuna, suya y propia, diferenciada de la de su mujer y mejor aposentada, antes de los treinta años. Fundó dos órdenes benéficas para hijos de madres solteras y jamás defraudó a Hacienda. Cercano a todo el mundo, nada esquivó en sus relaciones y siempre con una palabra amable y una voz de consuelo para el necesitado, forjó un poderoso ejército de corazones entregados a su persona, sirvió de paño de lágrimas para sus antiguos compañeros y otras almas solícitas de su calidez a las cuales jamás les negara nada, aún en contra suya o a expensas de su tiempo o libertad. Alentó a muchos con sus consejos desinteresados y ayudó a todos. Se labró fama de amigo irreprochable y mejor persona, de hombre de inquebrantable esfuerzo y exquisita bondad, de verdadero apóstol de la nueva vida, de la vida de aquellos de quienes se escriben biografías noveladas y se hacen películas de sobremesa. Labró su nombre en los círculos selectos de las finanzas y en el de los elegidos para pasar a la posterioridad entre sus contemporáneos. Subyugante y cautivador, Panegiros Suleiman era sinónimo de toda noción de triunfo.
Sólo se le recuerda un incidente desgraciado en su vida; una pequeña pelea entre colegiales sin mayor relumbre que el de las últimas palabras que aquel tuviera con Panegiros a su final. “Hoy no, mañana tampoco, pero algún día, no se cuando, te mataré, lo juro”. Palabras que a buen seguro Panegiros ha arrinconado, porque aún entonces, todavía rutilantes en el eco del patio de recreo donde fueron dichas, Panegiros decidiera que no merecía la pena acordarse de ellas, tan temprano las comenzó a olvidar; más por la no transcendencia que les diera que por necesariedad de vivificar una amenaza que nadie creyó en su momento. Fueron sólo unas sílabas vacías, unas meras secuencias del alfabeto prontamente desdeñadas, simples cenefas de letras desatendidas desde el mismo momento en que vieron salir la luz una tarde que oscuramente se recuerda ya, deshilvanada en la lejanía, y que sólo podríamos traer a la memoria por su excepcionalidad y anecdotizar su ocasión aún cuando ya nadie sepa a qué vinieron.
Cuesta creer que cuanto Suleiman tocase no tardara en revertir un as en sus manos, que acompañado de una fe absoluta y sin sombra, sus logros sólo estuviesen al alcance de la altura de sus intereses mientras que los nuestros sólo se aproximen a una mala cercanía a lo que realmente nos esperásemos de ellos. Cuesta creer también que cuanto él tocara se convirtiera en oro, y si acaso ya fuese oro, en oro sobre oro. ¿ El secreto de su éxito ?. Algo inexplicable que ni siquiera él mismo, si le preguntaban, podía dar una idea de ello. Era, existía y eso era todo; él no lo atribuía a nada ni a nadie en especial, acaso a la suerte o al destino. Más allá de él, de su persona y de su realidad, no se cuestionaba nada, tal vez en ello radicara su secreto, en haber aprendido a convivir con lo que le había sido dado sin buscar explicaciones o razones de ser, nosotros, simples helechos esmirriados bajo el peso de su paso sólo podemos imaginarlo. Distraer segundos, enamorar minutos y preñar las horas con su avasallante voluntad era lo suyo, el resto caía a sus pies como fruta madura, como algo debido y otorgado a él antes de tiempo y que sólo se espera que él se digne a recoger. Y lo peor de todo es que no se le pudiese reprochar que las cosas fueran así; su conducta, con todos por igual, era incuestionable, ya lo sabemos, siempre dispuesto a ayudar y ofrecer su mano a quien la requiriere, jamás dudaba en hacerlo. Tampoco hubieron escándalos familiares en su vida, y si existieron, no se conocieron. Guardó estricta fidelidad a su mujer durante todo su matrimonio, tentaciones hubieron muchas, es cierto, no sólo de pan vive el hombre, pero jamás sucumbió ante tamaña debilidad, y aún cuando su mujer si tuvo en su momento cierto desliz que fue conocido, él no dudó en perdonarla inmediatamente y atribuirse a sí mismo toda culpa, aún sin tenerla, por cuanto hubiese sido él mismo el causante de su determinación aventurera, supuestamente por no haberle prestado suficiente atención o por su ligereza en la conducta al no haberse mostrado con ella más afectuoso durante todo el tiempo en que habían estado juntos, aún cuando era conocido cuanto afecto y cuidado dispensaba no sólo a su mujer sino a su familia entera por igual.
Su paso por el mundo era avasallador. A nivel profesional sólo cabía referirse a él como un número uno, y aún entre sus iguales, un “primus inter pares “; cuantas menciones honoríficas pudiesen existir eran todas para él, y sí aún no habían sido creadas, prontamente lo fueron, quizá sólo para manifestar o atestiguar su magnetismo sin igual. Sus muchos triunfos desbordaron las fantasías más ambiciosas de los más optimistas, su rostro bello y hermoso aún a los cincuenta años fue objeto de portadas de revistas, de entrevistas e incluso de una biografía novelada que fue un éxito de ventas en su primera edición; cierto empresario, joven pero no por ello exento de escrúpulos, llegó a manufacturar cientos de miles de calcomanías con el rostro del divino Panegiros y la leyenda, “Yo de mayor quiero ser como él”, se vendieron a millones. De repente, un buen día, su estrella comenzó a fundirse. La misma noche en que era investido “Doctor Honoris Causa por la universidad donde había estudiado, Panegiros se descubre un pequeño bulto bajo la axila, sólo una breve tumefacción que le molesta, a medio camino entre el color lila y amarillo del tamaño de una pequeña nuez. Nada serio piensa él. Así se lo confirma su médico de cabecera. El día que entra en urgencias, la primera y única vez que tiene necesidad de ir, se alarma; el dolor se extiende por todo el brazo y le dificulta el movimiento. En el hospital pierde la conciencia. Quizá más por el miedo o por el temor a lo desconocido que a otra cosa, porque lo que él tiene no merece la pena ni de ser tomado en serio. Un pequeño nódulo o bulto de grasa a falta de más pruebas médicas. O al menos eso cree el médico de guardia tras la primera inspección que le hace. A primera hora de la mañana vendrá el especialista y podrá emitir un diagnóstico más profesional. Se llama Gómez y tiene más o menos la misma edad que Panegiros, pero su vida quizá no ha estado al nivel de lo que él esperaba. Sí, es un gran cirujano pero no ha llegado a más. No es importante ni le han hecho fotos. Es un personaje gris que sólo destaca en su pequeño mundo, un rey de un territorio demasiado pequeño para ser considerado lo bastante importante como para dedicarle más líneas. Durante toda su vida ha oído hablar de su paciente, al que ahora tiene delante suyo, sedado y medio desnudo. Ahora las tornas se han cambiado, ahora es de él de quien se habla. Demasiados años oyendo noticias suyas, demasiados años escuchando su nombre aún sin querer y demasiados años viendo relucir con luces de neón su memoria de la cual no quiere evadirse, no aún, demasiado años macerando aquel recuerdo del cual no ha querido sustraerse, ni ha podido olvidar. Demasiados años desde entonces. Demasiados años acumulando resentimiento y pesadumbre. Demasiados años también desde aquella tarde que ya nadie recuerda salvo él, en la que tras las magulladuras de la vergüenza y el odio revertido de un joven, prometió vengarse. Algún día.
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