jueves, 27 de octubre de 2011

Vidas preñadas de insatisfacciones

Es gente más necesitada de dinero que de orgullo y que por ello acepta cualquier tarea. Centenares de personas invaden a estas horas las calles. La muchedumbre en sus movimientos, bien sea llevando un paquete, sorteando un vagabundo, esquivando la lientería de un perro en el suelo, o conversando o gesticulando, muestra una increíble torpeza y falta de aplomo, como si aún no se hubiesen resignado al cierre del fin de semana y acostumbrado a ese lunes que debería devolverlos a sus trabajos, estudios, penitencias u otras obligaciones. Quizá también a sus sufrimientos mentales indecorosos, angustias, penas agudas y remordimientos, aflicciones y trastornos más graves. Si algún día quisieran codificar esas emociones y controlarlas, necesitarían de algún tipo de estructura administrativa para ajustar los niveles de trastorno a unos cánones regulares de comportamiento. Pero ese día aún no ha llegado y nada parece haber cambiado, especialmente esa mañana en el barrio de Fort Pienc, ese lugar  a mitad de camino entre ninguna parte y el olvido donde transcurre parte de esta historia. El aire es húmedo, lento y trabajoso, cuesta respirar. El sol apunta en lo alto con toda claridad, pero la luz que desprende, titilante, macilenta y pobre, recuerda a la de las bombillas de los pasillos de las morgues. No es pues de extrañar que la gente que vuelve su cara en su dirección se asombre de recibir tan poco calor. Molestos, algunos ajustan el ritmo de sus respiraciones a la extraña cadencia impuesta de las obligaciones, los deberes y las decepciones, como si se tratara de uno de esos cuadros llenos de colores en los que si uno fija la vista, se puede descubrir un dibujo escondido; los más, aquellos que no consiguen encontrar su lugar en el mundo, parecen participar de un ejercicio necesario pero necio de prolongación de sus existencias. Como si fueran impulsadas por un resorte, sus respiraciones son apuradas como si se tratara de un trago o fueran el antídoto contra un veneno. Si algún día alguien les siguiera los pasos, se perdería por la falta de coherencia.

            Esperan en una parada de autobuses cualquiera. Un matorral de gente atascada y aburrida que parece haber echado raíces ahí. Son muchos y bien podrían ahorrarse el cansancio encaminándose hacia sus destinos por otros medios, pero prefieren ahorrarse unos centavos con tal de no desmoronar completamente su presupuesto o gastar la suela de sus zapatos caminando. En todo caso, es una espera en vano, ya que si bien los autobuses están diseñados para que no más de sesenta y cinco personas viajen cómodamente sentadas, el autobús sólo partirá cuando hayan subido y pagado sus billetes al menos veinte pasajeros más. Una anciana estudia el horario de la marquesina. Al reseguir las indicaciones señaladas, su dedo índice se ve manchado con una capa de polvo y grasa que ha ido acumulándose encima del plexiglás. No ve apenas nada y a medida que intenta leer sopesa la necesidad de comprarse gafas. Tiene la ropa manchada de comida y por debajo le asoman los huesos, que sobresalen como si se los hubieran colocado en ángulos equivocados. Viste una especie de uniforme azul marino que hace pensar que tal vez se trate de una religiosa. Apartado de ella, un hombre da caladas a su cigarrillo y se muestra impaciente. Camina arriba y abajo y revisa su móvil con ojos que son un aguijón de avispa. Su rostro es un mapa isobárico de arrugas sobre el cual no dejan de moverse nubes de tics nerviosos que forman espirales y nudos que no cesan de deshilacharse y condensarse al arbitrio de las prestidigitaciones de la inquietud del momento. Las mangas de la camisa le quedan demasiado largas; están desgastadas y sucias y si no fuera por los tirantes, los pantalones se le caerían. Una chica sentada en el borde del banco mece las piernas compulsivamente con el metro de un reloj. Es una chica fea y desagradable que lleva un pirsin en el labio inferior y tiene un cutis parecido al pudin de arroz. A su lado el aire está viciado; Su olor corporal no consigue disfrazarse bajo los efluvios de un perfume seguramente comprado en Lidl o Mercadona. Uno y otro producen dolor. Sin embargo tiene unos bonitos ojos azulados y con un ribete dorado que hace presagiar que en alguna parte de su interior hay algo que no es enteramente odiable. Otra chica, morena y de ojos aún más bonitos, verdosos, se recoge el pelo rizado detrás de sus orejas, en las que brillan grandes pendientes de fantasía que centellean bajo el sol. Pese a que su vestuario es más que elegante, lleva las uñas plateadas, lo que es sin alguna duda un síntoma de lo más plebeyo. Levanta la vista y sonríe esperando quien sabe qué. Hace calor y todos sudan. Se tiene la sensación de que el tiempo no corre; la humedad lo envuelve a uno en un aura de irrealidad en la que el aire ni siquiera puede soplar y queda condenado en una quietud funeraria. A la derecha de la chica morena, un hombre lee el periódico. Lo hace muy rápido o más bien habría de decirse que pasa las hojas muy rápido, juntado las manos ante la nariz como si se estuviera aventando o realizando un ejercicio gimnástico. Enteco, con una sombra de barba gris y de unos sesenta años, es posible que tenga algunos amiguetes interesantes, pero ahora no lo acompañan puesto que seguramente se encontrarán disfrutando de su estancia en alguna institución penal o sanatorio mental. Reconoce que le encanta el olor que desprende el papel y la tinta, y que en caso de desesperación siempre es útil a la hora de pillarse un colocón. De vez en cuando fija la vista en las dos chicas jóvenes para volver a fijarla inmediatamente en la sección de contactos. La actitud del hombre respecto a las mujeres se debe a la precaución lógica del recién divorciado. “No querrás equivocarte de nuevo”, se dice a menudo, lo que le hace reprimir su expansividad y pensar como Mía Farrow en el film “Maridos y Mujeres” es decir, utilizar el sexo para expresarlo todo excepto el amor. La criatura del pirsin hace años que no lee un periódico, más que por sus pocas inquietudes por la alergia que le produce la tinta de imprenta. El hombre del cigarrillo jura en voz baja. Su piel está seca y resquebrajada. Parece muy frágil y basta que le roce la muñeca con el puño de la camisa para que se le abra la piel y sangre por todas partes. Ese aspecto de piel quebradiza como el pergamino, es efecto de la prednisona. La prednisona, un medicamento que pertenece al grupo de los corticoides o corticosterioides con un gran poder antiinflamatorio, le sirve para tratar los síntomas producidos por los descensos bruscos de niveles de corticoides en su organismo y es que desde hace años padece la enfermedad de Addison. Sus venas parecen a punto de estallar. Son moradas y con el paso de la sangre vibran como si se trataran de las teclas de madera un piano. La chica joven, guapa pero vulgar, padece de fibrosis quística pulmonar a consecuencia de la exposición al diisocianato de tolueno (TDI) y al diisocianato de hexametileno (HDI) de los aerosoles que producen en su trabajo. No tardará en morir. No lo sabe e insiste en buscar estímulos y alicientes a una empresa que en su tiempo libre le hace sentir que nada tiene sentido. La señora anciana a menudo no entiende las cosas; en su mente suceden fenómenos extraños, episodios que conectan lo real y abstracto en su imaginación y que como cortocircuitos acompañados de descargas eléctricas provocan reacciones alérgicas o minúsculas catástrofes parecidas a fuegos de artificios que ella llama pensamientos. Finalmente el autobús llega, frena y chirría y las puertas se abren con un chasquido. El autobús acelera y se deja sentir en el estómago de los pasajeros. Mejor así porque el paisaje que se ve desde las ventanas es desolador. Calles maltrechas que parecen haber sido construidas sobre un plano inclinado. Árboles, casas y edificios torcidos como si hubieran sido hechos a zarpazos se suceden sin cesar a golpe de borrachera en los ojos, provocando ganas de vomitar. La ciudad es ya de por sí horrorosa, una ciudad holocaustica de casas, calles y avenidas estrechas y malolientes, dónde encuentran cama perros y gatos abandonados y jeringas con marcas de sangre. Meados y nubes de moscas y ratas sarnosas, son vanguardia de perversión para náufragos de países sin consulado y emigrantes parásitos que conmueven a una estúpida sociedad. Llenas de recovecos para idiotas y mendicantes en busca de un permiso de residencia, las calles están llenas de cotorras que cagan en los jardines y que han desplazado a las palomas. Gaviotas atosigadas por el hambre suben desde el mar para atosigar a los verderones, verdecillos, jilgueros y pardillos con mirada de chino en sus ojos y el olor a benceno en sus plumas. La mayor parte del trayecto trascurre por el Ensanche Derecho, por el barrio de Fort Pienc, un lugar donde se tiene la sensación de que la vida está en otra parte y que se vive en el infierno. Probablemente sea así porque hay tantos lugares vacíos e insustanciales y rincones tristes y decadentes, que uno tiene la impresión de que los sitios de verdad, aquellos en los que uno puede habitar y disfrutar no pueden estar sino en las antípodas. Si eres del barrio de Sant Gervasi, la Bonanova o incluso Sant Andreu o las Corts, uno tiene que especificarlo, decir soy de tal calle o de tal otra. Hay que aclararlo y distinguirlo, pero cualquiera sabe de lo que estás hablando. En cambio si eres del barrio Fort Pienc uno tiene la sensación de que es mejor estar callado y avergonzarse de haber caído tan bajo. Por eso, por más orgulloso que te sientas (incluso sin motivos) y te vanaglories de las mujeres que te llevas a la cama, tu ritmo de vida o tus éxitos profesionales, tus orígenes, tu trabajo o la casa en la que vives, reconocer que vives allí es como confesar que eres un don nadie, un muerto de hambre o un fracasado; alguien en quien conviene no confiar y que es mejor evitar; un ser hundido en la más profunda de las miserias o vencido por las adversidades y la mala suerte no podría sentirse peor. El corazón se cubre allí de una bruma letal suspendiendo al merodeante en una honda gruta incierta dónde se respira una atmósfera mefítica impregnada de miedo cuando no de muerte. Arrabales amargos metidos a la fuerza en la vida de sus habitantes como una condena amarga, una maldición en la que se cumplen ciertos destinos del olvido, y en ocasiones se constituyen oscuros proyectos que no pueden sino acabar mal. La conciencia brinca como una rana metida en un cubo en lo hondo de un pozo. La cabeza que tiene una respiración más acelerada y profunda, funciona como un laxante de los peores pensamientos y más quísticos augurios. Pesa la mente como un viejo árbol que cultivado en una tierra cuarteada por el peor de los pasados clava sus raíces en la desesperación en espera de lo improbable. No hay nada allí que no sea serio y grave como aquella realidad mitológica del Aqueronte. Durante muchas generaciones las familias han trabajado por eliminar cualquier signo de evidencia de su existencia. Durante muchas generaciones se han permitido esa decepción como quien se concede un capricho. La vida ha llegado a convertirse en una larga y oscura rebatiña, sólo necesaria para conseguir mantenerse vivos. Por lo general no es esencial que la gente salga a la calle, pero si lo hacen, muchas comunidades de propietarios han instalado un mecanismo por el cual sólo pueden hacer uso del ascensor introduciendo una monedita para gozar del privilegio de una subida asistida. Las casas son bajas y pobres y no tienen jardines porque la jardinería no entra entre las pasiones de la gente sin recursos. A lo sumo, poseen dos o tres macetas en los balcones con plantas mustias que presuponen una metáfora de su vínculo con la vida y lo que esperan del futuro. Los techos son bajos y en muchos casos se han hundido asomando los puntales y las traviesas entre los armazones. A menudo las casas parecen establos o cuadras con el suelo repleto de tablas, vigas caídas y clavos y alcayatas brillantes como zafiros encendidos. Las puertas y ventanas están atrancadas, pero por donde entra la luz se ven aberturas de medio palmo en las que cuelga el papel pintado hecho jirones y mobiliario fuera de lugar como si hubiera sido golpeado y empujado en el alboroto de una gran pelea. La mayoría satisface sus fantasías y horas de ocio no con la jardinería, la literatura o la pintura sino mirando los programas de televisión o escuchando la radio. Y es que si bien los tres primeros presuponen cierta educación, sensibilidad y sentido moral, los segundos les permiten adormecerse en su incultura y no hacer demasiadas preguntas; ver o escuchar la vida de otras personas en la radio o la televisión les permite olvidar por algunos momentos la suya y fantasear con otra existencia a la que jamás tendrán acceso pero con la que sueñan. ¿Qué otras cosas de su vida subterránea pueden sacarse a la luz si sus titubeantes biografías se arrastran por el suelo como un lento animal? ¿Qué otras posibilidades podrían abrigar si en sus mentes y corazones no se albergan más que las ansías de las cucarachas o alimañas por reencarnarse en hambre o enfermedad? Pequeños nidos de idiotas lascivos e individuos que alcanzan una sexualidad temprana que se embarcan en vidas adultas largas, aburridas y feas de las cuales no pueden ni soñar con la idea de regresar. Han crecido en la indolencia sin ninguna sensación de felicidad o bienestar y consideran que vivir en el mundo es una empresa hostil, un viento ardiente contra el cual luchar. Su estoicismo frente a la adversidad no radica en una angelical capacidad para la paciencia sino a que desde niños han aprendido la esencial futilidad de la queja y la vacuidad de la esperanza. Buscan su camino en las bifurcaciones, y si no lo encuentran esperan a morir como quien intuye que su reinado individual en el universo ha durado sólo un instante. Por otro lado, los dos o tres colegios e institutos del lugar cumplen diligentemente con su cometido de fomentar tal idea y de pergeñar delincuentes y estúpidos de mierda que se tragan como perros obedientes las chorradas que les explican los que son más listos que ellos. No conviene darles una puñetera educación a esas gentes porque eso no haría más que alimentar su insatisfacción. Les haría pensar. Serán más felices asfaltando vías, barriendo las calles o haciendo felaciones en los portales como han venido haciendo sus padres desde tiempos inmemoriales que estudiando o dando aplicación a su limitada inteligencia. De un modo u otro han aprendido que no han de gozar de ningún trato preferencial por parte de Dios. En realidad están convencidos de que esa aceptación no se tiene que sentir en su psique más allá de dar vueltas en la noria de la banalidad de una vida insustancial preñada de dramatismo, pena y congoja. Cultivar cierta sapiencia, bondad y educación sería un gran error, teniendo en cuenta la vida que habrán de llevar después. Son gente simple y no siempre de buena intención cuya idea de diversión más elevada es la de tener niños, un perro, un gato, un coche y una pequeña hipoteca que los identifique con los demás. Gueto de delincuentes, palurdos y retrasados mentales, los servicios sociales del lugar, les recetan libremente anfetaminas, percodanes, qualudes y larutanes; pastillas de colores con los que tenerlos ocupados un rato y evitar que caigan en el caballo, el crack o la heroína adulterada. La mayoría son sombras de lo que algún día fueron. Huraños, frustrados y desnutridos a base de sufrimiento, basta que los toques para que suelten su tinta como si se trataran de calamares humanos llenos de mal humor. De tales vicisitudes surge la aversión que se tienen los unos a los otros, las frustraciones que suscitan en el espacio vacío e invisible de sus personalidades y la sensación de que su propia existencia no tiene suficiente razón de ser. Es la guarida ideal para las heces y detritus de la sociedad. La “librea de la miseria” de la que irónicamente hablaban nuestros clásicos, halla aquí su epígono con esa galería de personajes genetianos –buscavidas, pedófilos, maleantes, drogadictos, prostitutas, inmigrantes, pordioseros, travestidos, violadores, exhibicionistas y rufianes- que amadrigados en la espesura decadente urbana del lugar no difieren mucho de aquella hampa sevillana que conoció hace siglos Cervantes. Personajes cubiertos de mugre y vestidos con harapos son objeto de desdén y asco al igual que lo podían ser aquellos apestados de Jaffa pintados por Antoine-Jean Gros o los parias, dalits o mlechas, los intocables hindúes, una clase tan baja que se considera fuera de los varnas o castas. En las noches oscuras, si uno va por esos andurriales, corre gran riesgo. Y es que la policía no tiene mucho más qué hacer que dejarte sordo con sus sirenas psicodélicas que parecen recién salidas de una rave del vecino barrio del @arroba 22; los conductores de ambulancias de la calle Padilla o la Cruz Roja de la calle Joan d' Austria alucinan enchufados a un bucle de química cerebral y las patrullas vecinales normalmente se encuentran bajo los efectos de alguna droga también. En el lugar abundan los burdeles, prostíbulos y locales de alterne en tanto todo lo que es sórdido, morboso, y tiene un tufillo turbio es bueno para el negocio y separa lo que muchos hombres de otros barrios pueden encontrar en sus casas: mujeres embadurnadas de cremas faciales, rulos y bragas blancas de algodón que sólo les pueden ofrecer la postura del misionero o una mísera paja con la mano embutida en un guante de arpillera. Las calles son oscuras, lo que no se considera una molestia ya que desde la niñez se han acostumbrado a la penumbra y a que el dormir se haya convertido en una pasión incontrolada, lo mismo que una necesidad física o una urgencia. Es inútil persuadirles de que afuera hay otro mundo y otras opciones. La química de la vida no funciona para ellos y cualquier esfuerzo por refutar su dichoso teorema de la simplicidad y fatalidad es tan baladí como innecesario. Las fórmulas reguladoras de la muerte no parecen tener cabida aquí. En un rincón muy poblado donde el sentimiento de haber nacido se convierte en una tempestad en el horizonte, quemar la memoria es leer el futuro en las cenizas, un paso obligado entre dos estadios ciertos como nacer y morir y una certeza insegura como vivir- o la de sobrevivir- entretanto. Tal vez por ello son capaces de metabolizar grandes dosis de infelicidad e insatisfacción tomando sendos conceptos como razones obligadas del curso de sus experiencias. Han aprendido a aceptar lo irremisible e inevitable como verdadera raison d'être de sus vidas y cualquier desviación que pueda producirse entre dichas líneas vitales de sus existencias no es más que una inesperada distinción que no debe integrarse dentro del protocolo de normalidad esperada.

            Poco a poco, a medida que el autobús se adentra por las calles, se acerca el punto en el que los extraños al lugar deben levantarse y abandonar el vehículo. Los fines de semana es cuando se forman más alborotos y conviene más no utilizarlo. La zona de fiesta de la calle Almogávares es especialmente conflictiva, arrapándose a la vida de los jóvenes del lugar como un cáncer y construyendo sus defensas en torno a ellos como una araña de agua lo hace con su guarida para afrontar el invierno. Pero hoy es lunes y no hay tanto que temer. El autobús para y una pareja mayor baja con paso vacilante. Cuando el bus arranca, un joven encasquetado con una gorra y chándal gris, saca la cabeza por la ventanilla y escupe una rociada de flema que cae sobre ellos acompañada de un estridente eco de carcajadas juveniles. La pareja puede darse por satisfecha. No hay sido ni un hacha, ni una navaja ni un cuchillo de grandes dimensiones, tan solo un asqueroso esputo de grandes dimensiones que después quedará atragantado en el filtro de la lavadora. Un inmenso gargajo con suficiente flema y esputo mocoso como para irrigar una hectárea de tierra fértil pero que cae ahora en un terreno baldío. En el ambiente hay un olor perenne a pedo cítrico. A estas horas las calles están semivacías y la gente pasea su soledad con correa, no sea que les muerda. Al carecer de vida personal, patria, hogar, amigos, o sueños han convertido la tontería y majadería en su razón de vivir y esto es algo que acongoja el corazón. Los ancianos se encaminan hacia el Tanatorio de Sancho de Ávila, un edificio limpio y sencillo y sin lujos añadidos en el cual mucha gente del barrio piensa muchas veces en quedarse a vivir o disfrutar del tiempo. Lepanto, Caspe, Ribes, Àusias Marc, Alí Bey: más que calles parecen galerías excavadas por topos; vías subterráneas en continuo desnivel, llenas de gibas, depresiones, protuberancias, chichones, jorobas, hondonadas, ascensos y descensos, festonadas de alcantarillas como botones hundidos en un mullido sillón de excrementos. Huelen mal. Bien podrían tratarse de los distintos pasadizos de un cementerio en el cual se hubiesen abierto las tumbas o una lonja de pescado en la que los productos se hubieran viciado por el calor y levantado su olor como una grave fiebre reumática. El autobús se detiene frente al Auditorio, un edifico proyectado por el arquitecto Rafael Moneo, convertido hoy en un lugar marginal habitado por mendigos, borrachos y desheredados varios en el cual es fácil encontrarse con la práctica de los usos sexuales más escabrosos bajo sus oxidados portales. Cajas cúbicas de cemento, casi sin ventanas, más adecuadas como casamatas de nidos de ametralladora y cercos de hierros que parecen haber sufridos todos los oprobios de la arquitectura se exponen a las inclemencias del tiempo como si ya supieran de su amargura. La disposición de los diferentes elementos en torno a un único centro para controlar a los alumnos, y seguramente también a los profesores, da la impresión de que hubieran sido mejor empleados si se hubiera tratado de una prisión. Un borracho sentado contra una pared en el exterior vocifera que vende sus zapatos a un precio razonable. "Se vende"- dice un cártel, "Sólo un dueño anterior" "Cinco euros negociables"

            En la calle Marina bajan el hombre impaciente y la chica del cutis ajado; ambos van a coincidir al bar “Albahaca”, un antro cuya reputación es bien conocida en la ciudad, en tanto que todo aquel que traspasa sus puertas acaba conociendo el dolor. El local está tranquilo y no es de extrañar porque he visto bolsas para transportar cadáveres mucho más acogedoras que ese lugar. Bien sea porque nadie inducido por la desesperación está obligado a acabar con la cabeza entre las vías del tren como Anna Karenina o es capaz de joderla tanto en su vida, el tugurio es aún visitado y convertido en un lugar "in" para muchos jóvenes y desarraigados, aunque las sensaciones de alegría que les pueda despertar sean tan pasajeras como los pequeños ramos de flores secas al borde de la carretera que señalan o recuerdan un accidente. Es un lugar ideal para los insignificantes sin referencia, un oasis para los espíritus que se mueren de hambre y los pobres de solemnidad. Es también el rincón donde se cita lo peor del barrio. Mujeres que se visten con escamas de plomo para no ser pescadas y hombres con aspecto de fumados; ladrones, drogados, violadores y delincuentes varios reincidentes. Carne de presidio o de cloaca; una cicatriz gruesa, rugosa y dura en un corazón, mala poesía que parece santificar un plató pornográfico. Un lugar donde cavar una tumba, o tal vez dos. Sabido que los males se soportan mejor en compañía, los clientes se juntan unos con otros para aburrirse en común. Unos cuantos niñatos del Auditorio, -de esos cuenta céntimos, a los que no merece la pena servir-, borrachos y mujeres sifilíticas se sientan desperdigados en el interior del local; algunos incluso se atreven a comer y se alimentan de los excrementos de comida que les son servidos notando que los primeros retortijones del pánico que comienzan a bailarles en el estómago cuando llegue el momento de pagar. Son las diez de la mañana y pese a las ordenanzas cívicas, muchos de ellos fuman en el interior del local. El fumar se ha convertido en el pilar nutritivo de esos desgraciados, así como de todos aquellos para los cuales la vida está cada vez más por debajo de la existencia. Si los miramos atentamente veremos que la mayoría parece alimentarse del humo y no respirar más que la nicotina. Están demasiado absortos en inhalar y expirar dichos vahos tóxicos para prestar atención al rótulo que señala que está prohibido fumar. También es justo decir que muchos de ellos no saben leer o que las palabras se confunden en sus mentes, otorgándoles un significado diferente al que tienen; que si no las entienden no es por su propia incapacidad sino porque están expresando algo verdaderamente incomprensible para ellos. Y es que el fumar se ha convertido en un leit motiv y tanto da que para llegar a ello se hayan convertido en hombres y mujeres a los que los hilillos de baba se les escurran por el mentón o se hayan sentido traicionados por haber tenido otras expectativas. En un rincón un par de mujeres de alquiler juegan al “burro”, al “monte” y a “buenas y malas”: juegos de cartas, que al igual que los dados, normalmente trucados, ocasionan arranques de chulería por parte de jugadores que desconocen las normas del lugar. Apartado de los demás, estaba el inefable J.M.D.L.C, el pederasta del barrio: imposible confundirle; su cuerpo y quijada de lagarto, sus tatuajes étnicos hechos con tinta de rotulador, su gorra de beisbol ajada de tanto sudor y sus zarpas manchadas de nicotina y grasa de camión bajo las uñas; su manera de sentarse, igualmente inconfundible, incluso de espaldas, abriendo el compás de las piernas, como si estuviera a punto de desovar o le escocieran los testículos de tanto sobárselos delante de los niños del colegio. Su barba es cerdosa, impregnada de aceite, mocos y restos de comida que brillan como baba de caracol. Una verdadera institución en el barrio. Vive en una casa destartalada delante del mismo bar. Vive con su mujer, que tiene cuarenta años, pero aparenta sesenta y el hijo de ella, y digo de ella porque seguramente no es él el padre por más que se lo hayan querido hacer creer. No cree en Dios, pero cada noche antes de irse a acostar, a no ser que esté narcotizado por el alcohol o las drogas, reza a Dios pidiéndole que cualquier calamidad se lo lleve. J.M.D.L.C duerme normalmente en el aseo del “Albahaca”, porque les da lástima, no sea que acose a su hijo o cometa cualquier otra barbaridad durante la noche. A falta de cerveza sin alcohol (no se le sirve otra cosa), bebe un poco de un té tan flojo que casi no sabe a nada y que podría ser cualquier otra cosa. Ignora que el té de este tipo se denomina té frisón o té de avaro, porque es comúnmente tomado por todos aquellos que no quieren hacer un gasto excesivo de la bolsita y les gusta reutilizarla una y otra vez. En el bar "Albahaca" esta es una práctica frecuente, lo que es una suerte si uno no tiene un estómago a prueba de bombas. Tal vez borracho de anfetaminas bebe la infusión con mucho ruido lo que hace pensar en si una bebida se puede o no masticar mientras se sorbe los mocos y se rasca el cerumen de las orejas con una uña negra, larga y delgada. De vez en cuando, un porro pasa de mano en mano y perfuma el ambiente ya de por sí agrio y vomitorio. Los dos recién llegados toman asiento y son atendidos por un camarero. Es viejo, tiene varices y las moscas le bailan sobre los apósitos. Lleva tantos años atendiendo en el bar que sería imposible cuantificar su edad. El café es infecto como agua de fregar, maloliente como un insecticida y frío como un cubito de hielo. Pasado un rato nadie parece prestarles atención, lo que es especialmente irritante para la chica, que se cree irresistible. Cuando el hombre la saluda e intenta entablar una conversación, ella ni le mira ni le contesta; podría pensarse que es tan orgullosa como una muerta que hace camino sola al cementerio a enterrarse. Tras su fracaso el hombre se encamina al fondo del local, donde hay una maquina del Millón y otra de tabaco. Tiene buenas razones para sospechar que ha hecho el ridículo y que la chica es una estirada. Pero no lo hace, porque él, que había sido en otro tiempo tan altanero y fanfarrón, es ahora como un muelle que se hubiera roto por haberse tensado demasiado y cedido por la fluctuación de aquellos ojos azules ribeteados de amarillos impregnados de juventud. Aburrido, se entretiene desentrañando los dibujos estampados en los paquetes de cigarrillos Camel.

            Quedan pocos pasajeros en el autobús. Éste se pierde Pamplona abajo como un gusano en una excrecencia tumefacta. Una calle conjuntada de horrores que parece caída del cielo para los ladrones y gentes del mal vivir. La mujer de ojos verdosos se mira en el cristal como si se tratara de un espejo. Se gusta. Aún en el autobús se extraña de que no recaigan sobre ella todas las miradas, que no den muestras de aprecio por su esfuerzo de estar guapa cuando todo lo que les rodea es feo y decadente. La mujer anciana la mira y piensa lo peor de ella, no tanto por tratarse de una de esas muchachas guapas cuya principal raison d’être debe ser la de contestar al teléfono en unos quince idiomas distintos, sino por su edad, insultantemente joven en comparación con la suya. Tiene ochenta años y un color de cansancio y cálculo biliar que asusta. Podría ser su bisabuela. O estar muerta, pero es el gusto por la resistencia inútil lo que la mantiene con vida. No repararemos en su nombre porque es irrelevante en esta historia, como lo es para su familia, esté donde esté, y a la que hace siglos que no ve. Pese a ello, también es posible que si alguno de ellos la recuerde tras la mugre y el pestazo a vino barato que despide, lo haga a la hora de pensar en si ha hecho o no testamento. Probablemente no y muera ab intestato por cuanto hay en ella algo que resulta insoportable para el alma, incluso para la carencia de alma, o incluso la carencia de sentidos, que la hace ser objeto de odio. El autobús se adentra en el casco antiguo del barrio, donde hay algunas calles dedicadas a la prostitución en las que el naufragio y el espectáculo no dejan de ser menos patéticos. En una de esas calles baja el hombre que leía el periódico con vocación del que busca doparse. En muchos casos las prostitutas posan desde las siete de la mañana tras las vidrieras o portales y en medio de esa sordidez incitan a los demás a acompañarlas a sus camastros en prostíbulos improvisados entre cartones, cajas de frutas y meados. Unas se lanzan muy decididas tras los clientes, mientras que otras fingen que tienen miedo para resultar más encantadoras. Algunos hombres les meten mano bajo la ropa o se esfuerzan en caerles simpatiquísimos, como si más allá del intercambio comercial  hubiera también margen para la seducción. El hombre se las mira sin acabar de decidirse por ninguna de ellas. Y eso que lo más cerca que ha estado de tener una experiencia sexual últimamente fue cuando encontró una mancha de carmín en una servilleta en el suelo de un bar. El hombre deambula procurando no caer, y es que el pavimento está roto y en las grietas crecen malas hierbas como el hisopo, la ruda, la consuela, la acedera, o la pimpinela. Son calles tan estrechas que parecen excavadas a la medida de los hombros de los distintos clientes para que puedan pasar; no es infrecuente encontrar en ellas botellas de plástico llenas de agua colocadas cerca de las paredes para limpiar las manos y las bocas de las prostitutas luego de ofrecer sus servicios o de los mismísimos clientes antes de reemprender su camino. Se trata de una prostitución elemental, análoga al pequeño comercio en la vía pública. Las putas venden su naturaleza igual que hacen otros comerciantes: patatas, bombillas, periódicos, electrodomésticos o un anal profundo sin protección, son igual de bien recibidos. Las calles son un oscuro océano densamente poblado y batiburrillo de olores concentrados. Olor a pie, sudoración de entrepierna, vómito agrio o la sangre en oxidación en un paño higiénico.

            Transeúntes lentos y pausados convergen con rateros presurosos de rostros estriados con cincel y turistas-moscas que parecen haber quedado presos en las telas de araña de las calles. Calles que en la desnudez de la noche provocan el asombro inmenso de las estrellas. Sucios y rebuscados, los astros nocturnos se vuelven y revuelven en busca de una torsión imposible, algo que haga reconocer que el mismo lugar que es el sueño emboscado de prostitutas, drogadictos y pequeños delincuentes en perpetua tensión no es también un antro de depredación para ellos. Se trata de restituir y volver al todo para disipar las inercias y resistencia locales, de volver a los problemas e inquietudes de todas esas gentes que se dan cita allí, como si un dios poco preocupado se ocultase de ellos buscando una nueva conexión entre su mundo y el suyo. También él, Dios, espera que se acuerden de él en las dos parroquias del barrio, la del Roser y la de Sant Oleguer, aunque sea como los representan en su imaginación los pequeños niños catequistas que asisten a ellas cada martes entre las seis y las siete de la tarde; es decir, como un señor que genera desconfianza poseedor de unos cabellos amarillentos y grises bañados en sebo, una barba espesa, parda y sucia  bañada en vino y puntos negros en la nariz bulbosa y aberenjenada afectada por la cuperosis.

            La anciana no puede apartar los ojos de la mujer engreída que se mira en los cristales del autobús. Imposible desfocalizar su visión y el acceso de coprolalia que le inspira. Últimamente viene sufriendo impulsos que le incitan a recitar frases soeces o repetir palabras que sus interlocutores han dicho antes; es inútil tratar de desemplazar la furia con que son dichas porque ella no la puede controlar ni tampoco detener su flujo y reflujo mareante en el cerebro; el atropello de unas a las otras en su cabeza las hace vomitar antes de pronunciarlas, hacerlas estallar en su garganta antes de expulsarlas con un sonido próximo a un eructo; se ha convertido en una segunda naturaleza suya, indistinguible ya de la primera, odiosa, cerril y desacertada por la cual alguna vez alguien la castigará. Oprimir tanta verborragia en ese alma suya tan gastada y pesada, ahogar tanta palabrería en su corazón o vetarlo con su silencio, como si se tratara de una camada de gatitos que reclaman su alimento, ahogar tantas emociones, le resulta imposible. Los dos ancianos caminan con tiento ya que los maleantes que se han posicionado en los portales como buitres, olfatean el dinero aunque éste venga envuelto en carroña entre trapos sucios. Sí, han de confesar que llevan algo de dinero para su hijo drogadicto; un hijo que siente desprecio por ellos y que no simpatiza mucho con su propio cuerpo, pese a sus esfuerzos por hormonarse y vestirse con ropas propias del colectivo transexual. A su paso se hace el vacío. Una extraña elipsis del tiempo y afonía de cuanto les rodea. La mudez callada de las casas, los árboles o las sombras, teje un círculo alrededor de ellos que recuerda al del silencio que sigue al contemplar un cuerpo desnudo, el pudor o vergüenza que se siente cuando sorprendemos a alguien en una situación escabrosa. En la esquina Marina – Caspe, las fuerzas públicas han desalojado un inmueble y dejado por doquier, postes doblados por la mitad, instalaciones eléctricas convertidas en madejas de bandullos y esqueletos de habitaciones que aún en pie muestran sus interioridades. Utensilios de menaje, distintas piezas hechas añicos, mobiliario variado, techumbres a ras de suelo y amasijos de ropas y escombros esparcidos por los alrededores alternan con objetos irreconocibles que son objeto de litigio para los distintos comerciantes del Mercado de los Encantes.

            De momento el hombre ha logrado descubrir el mapa de unas islas y un bajorrelieve de Mahoma en una pata y un hombre con una erección tremenda en la otra. Cuenta una leyenda, que el artista que dibujó la imagen del dromedario era un belga al cual no le caía excesivamente bien el encargado de marketing de la compañía Reynolds Tobacco, a la cual pertenecía la marca, así que introdujo en el diseño un dibujo del Manneken Pis (la célebre estatua de bronce de un niño orinando situada en el centro histórico de Bruselas). Es cierto que examinando de cerca las sombras de la parte superior de la pata se ve la imagen de esta estatua, pero también dicen que se puede apreciar la imagen de un babuino u otro tipo de mono en la parte posterior del camello, águilas cerca de la cabeza, un pez en la zona central y otros dibujos más que sin duda son poco probable que hayan sido hechos a propósito y que son producto más bien del sombreado. Cansado, se encamina al lavabo. Hay entre quince y veinte hombres en los urinarios y sus miradas son solícitas y tristes. El mármol pulimentado de los baldosines y lavabos les sirve de espejo para localizar ligues mientras se la cascan o manosean. En cada uno de ellos hay un jabón de color negro con costras de espuma que parecen condensar la mugre de muchas manos. Algunos borrachos vomitan, lo que no es de extrañar pensando en que el alcohol que sirven en el lugar es tan malo que a quienes lo beben les salen unas verrugas como puños. No repara en lo que sucede en el interior y es que últimamente se olvida de las cosas. Marca un número y se olvida a quien está llamando. Va al supermercado y se olvida de qué tenía que comprar. Nombres, rostros, direcciones, conversaciones y lo qué tenía que hacer. Dónde había aparcado el coche, ir a recoger a los nietos, o sus citas con los médicos. El olvido parece haber pasado a formar parte de la cadena alimenticia, la fuente de lo que él ha empezado a llamar la teoría de su locura. Lo menos es que antes de salir un par de mendigos lo intenten sodomizar encajonándolo contra la pileta de los meaderos y utilicen su saliva como lubrificación. Cualquier pretensión de despreocupación y tranquilidad de la chica de cutis ajado es desmentida por su lenguaje corporal: está sentada muy tiesa al borde de la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho, y a ratos se rasca la cabeza y jala su largo cabello oscuro como si fuese lana que cardar. Uno de sus pies marca un ininterrumpido ritmo de claqué sobre el suelo, que manda oleadas de tensión que suben hacia arriba, por una pierna, hasta desaparecer bajo el borde de su vestido estival. Empieza a quedarle claro que su cita de la noche ha fracasado. Bendice no estar en casa, dónde, en el botiquín de su mesilla de noche hay Haloperidol, Seroquel y Risperdal indicados para el tratamiento de las psicosis esquizofrénicas agudas y crónicas, así como ciertos derivados del clonazepam como el Rivotril. Tiene ganas de acabar con todo. La chica joven engreída de ojos verdes, que otrora recibiría las horas con júbilo y algarabía, pues el sol aligeraría sus carreras o sus vuelos, parece ahora alicaída al bajar del autobús y constatar que las nubes, sin piedad, emborronan el cielo. El paisaje tampoco es de su agrado, un inmenso desierto que crece hasta llenar las calles, las casas y las grietas de la ciudad. Maldito barrio-piensa ella. Lugar mefistofélico encajonado en un espacio mínimo para contener tanta miseria y desgracia. Desde las alcantarillas se alzan las voces de las ratas. Graznidos, chillidos y gruñidos que crecen desde las profundidades hasta las más altas azoteas la saludan como único murmullo de vida. Muy prietos, sus labios son un nudo en mitad de la cara.
            A las diez, los administradores del intercambio de agujas aún no han llegado y los bancos están repletos de los drogadictos habituales del barrio y algún que otro interesado en el mercadeo. Florecen por doquier los cuerpos magullados por la vida; las vidas que se preguntan el porqué de todo esto; los heroicos que convencidos de que no son nada dejan tras de sí huellas que pasean sin encender la luz; existencias obstinadas por sentirse al filo de algo que termina y que realmente no les pertenece, pero que igualmente les apena su fin. El programa de Ayuda y Apoyo A Las Personas Drogodependientes, se había iniciado apenas hacia unos años para prevenir el uso indiscriminado de agujas y no había tenido mucho éxito. Les financiaba el ayuntamiento y distribuían entre dos mil y tres mil agujas limpias entre las diez mil personas registradas. También informaban sobre los problemas que comportaban el consumo de droga y la manera de salir de ella. Las jeringas viejas se intercambian por otras nuevas y además se les entrega un pack envuelto en papel de celofán que contiene un poco de lejía para limpiar las agujas, agua destilada para preparar la heroína, torundas de algodón para eliminar impurezas, secar la sangre y asear los recipientes en los que se supone hierven sus drogas y un pin de la asociación de lucha contra la drogadicción. No hay nada de heroico en su actitud; alimentan su ego con la decrepitud de los demás, fingen un dolor o pena que no sienten y se sienten útiles en cuanto esto infla una testarudez en no sembrar la semilla de la traición en sí mismos. Los drogadictos no dan miedo ni son hostiles. Sencillamente son o están y es que la heroína y los otros tóxicos les han hecho envejecer muy pronto. Tiene los labios cuarteados y despellejados y a la mayoría les faltan los dientes. Dientes pequeños y debilitados más parecidos a los quelíceros de un arácnido que a los apéndices bucales de un humano. Tienen la piel muy pálida y arrugada y parecen secretar gran cantidad de sudor permanentemente, lo que les hace asimilarse a unas criaturas extrañamente viscosas y desagradables a las que sin lugar a dudas se debería extirpar. Tanto la pareja de ancianos, como la señora mayor o las dos chicas jóvenes o el señor astrado coinciden aquí con los derroches humanos más inútiles, los deseos más inquietantes y las fatigas más inevitables. J.M.D.L.C continuará con su vida gris preñada de objetivos infantiles vivida entre estertores y suspiros de ahogo hasta que no le quede más, salvo morir quizá. El viejo camarero reventará algún día como uno de esos desgraciados católicos a los que no se les permite quitarse la vida, y que por eso hace años que esperan el Día del Juicio Final.  El barrio continuará evolucionando, seguramente para peor, con pasos de palomo cojo, hasta que su esencia se contemple en el fondo oscuro de la noche e ilumine con un silencio luminoso, fresco y lentísimo, que lo envuelva definitivamente en el olvido.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Desencuentros

Te acordaste de reír y la sonrisa fue una mueca en la espalda, sin labios, ni compenetración; ni tan siquiera sentiste amor o compasión quizá porque cuando te encontraste en dicha situación, los malos modales no eran ni tan siquiera un contratiempo. Te paraste a contarle que no te burlabas y sin añadidos te sinceraste como un hombre inexperto para acabar cuanto antes, no en vano jamás supiste despachar ni marcar el ritmo en las relaciones. Su voz, su mirada, su movimiento eran algo desconocido, casi dialectal, capaz de ponerte enfermo. El llanto emberrinchado que sólo cesaba si su madre lo cogía en brazos. No paraba un rato tranquilo; alaridos como forzando por entrar en contacto desde el otro mundo. Lo estuvieron oyendo aullar durante largo tiempo, sin mucha ternura. Un ser completamente pálido y llorón, de manos y piernas torcidas y ojos apenas recién formados. El padre sintió una tendencia a dejar escapar las palabras y pasar las noches afuera. Quien sabe con qué ojos miraría la mujer a su hija o si el corazón se le ablandaría al darle de mamar. Noche y día, lloviera o secara, la llantina no cesaba, y ya iban para cuatro años. El marido no lo soportó y una mañana se largó; por lo demás, ella lo recuerda muy vagamente. Y si bien desde entonces el llanto cesó un poco, no se apagaba y se perfilaba con odio cuando alguien le recordaba a su padre. Se trataba de asociar a ese gesto otros actos de rebelión que le llevaban a no salir de su habitación durante días y arriesgarse a cada instante a convertirse en un pecador implacable que supiese valerse y llevarse la victoria a cualquier precio. Sacudíamos la cabeza asintiendo a todo pero sabíamos que algo raro ocurría. No sé porque te cuento esto si somos incapaces de asimilar sin dolor todas las traiciones aún cuando supieras escuchar papá. ¿Qué hacer ante aquel mutismo tuyo y apatía que nos ayudaba a reforzar nuestra propia soledad y hacerla independiente de la tuya porque se quedaba fija en ti y entonces ya nada importaba a tu alrededor? Reaccionabas mal, apenas sin moverse, con una especie de sexto sentido para sembrar la desesperación; decía acercarse a una crisis de locura que nos separaría de nuevo. Nuestro hermano, estoy seguro de que no era malo; aquella era sólo su manera de reaccionar, su manera de desviar nuestra atención con alguna obscenidad cuando perdía el hilo de sus ideas, lo que le hacía comportarse de esa manera (como si se le estuviera rajando el corazón) y no el hecho de que no nos quisiera o fuera perverso o tuviera una enfermedad mental como tu decías cuando te disgustabas y te enfadabas con él. Ante los ojos de mamá sólo quedaba una mancha de torpor que la comía lentamente por dentro; una hostilidad a través de la cual sitiaba el rencor e incomprensión y que terminaba también en pesadillas por las noches. Estaba muy cansada y su corazón se dilataba. Enfermaba y volvía a limpiar lo que había lustrado por la mañana. Reclusión de viuda preñada e impaciencia de virgen encerrada. Gorgoteos sórdidos de alcohol en su garganta. Cosas así le pasaban a mamá, ¿te lo imaginas? Terminaba por irme, decepcionado por el olor de sus sudores, a contar estrellas en el cielo y dejar pasar el tiempo hasta que me cansaba y me obligaba a crear palabras para uso propio que me sirvieran para explicar un poco mejor las cosas; me quedaba la cabeza brumosa y lloraba de irritación por ese silencio que no acaba nunca porque no te encontraba, no estabas y no nos contestabas. Odiaba también a mi hermano porque retomaba mi angustia allí donde la había dejado mi madre en la víspera y aún no habíamos aplacado nuestra sed de pesadillas. Entonces todo quedaba en suspenso y la realidad colgaba de un hilo muy frágil que costaba no romper. Blasfemaba, renegaba de ti, de Dios, y asediaba los lugares de deshago en el campo entre las cabras y los matorrales a escondidas, hasta que llegara el momento. Puesto en mi papel, tenía que ser bueno; ser el hermano bueno y bondadoso que se ocupa de su rebaño y recolecta la miel en los panales mientras su hermano conduce a la revuelta y envilece matando a su hermano. Que me quede para siempre más en la cama lleno de desprecio y vileza si la historia que nos cuentan ahora en la Biblia no es otra tal como yo la he contado y que tú, Dios mío, Padre Mío que estas en los Cielos sea tu nombre santificado, has permitido que siga por los siglos siendo contada y explicada merced a tu mutismo e indiferencia. Con las manos manchadas de sangre tendría yo los honores y Caín ya no tendría jamás la paz

sábado, 11 de septiembre de 2010

Memorias de un Atribulado Licenciado en Derecho (Fragmento)

A continuación un fragmento de mi novela,  que podeis comprar o descargar en :

http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/memorias-de-un-atribulado-licenciado-en-derecho/4542789?productTrackingContext=search_results/search_shelf/center/1

(...)

Muy a mi pesar tuve de acogerme a la única oferta laboral que hasta entonces me había llegado. Vender los jodidos seguros. Si estaba escrito en algún lugar que yo debía de tener un futuro (algo incierto) alguna vez, tenía primero que amoldarme a la realidad presente, -que no por menos vívida resultaba menos complicada- procurar digerirla y, en la medida de lo posible, no intoxicarme y acabar entubado en una habitación de hospital después de un lavado de estómago. Era de menester pues que mis átomos obedientes, funcionales, rutinarios y espantosamente deprimentes no se alzasen contra el orden preestablecido, se rebelasen y acabasen por manifestarse espontáneamente en un síndrome de auténtica anarquía organizada. Ante todo, mantener la calma, el control. Ser sumiso e inclinar la cerviz.

Mi vida como vendedor de seguros no podía ser menos que una experiencia depresiva. Trabajaba como un burro todo el santo día, corriendo para arriba y para abajo para lograr un sustento que pocas veces servía para algo más que reparar las suelas que desgastaba. Había meses que hasta el remendero me fiaba. Para mi cumpleaños, el zapatero (un buen hombre por otra parte), incluso me regaló un par de botas ortopédicas infantiles azul marino que algún cliente había dejado olvidadas en su tienda. No me fueron de gran ayuda por más que intenté mutilarme los dedos de los pies y masacrarme el empeine contra una pared. Desesperado intenté finalmente venderlas en el mercado negro y entonces me procesaron por contubernio y filibusterismo.

Supongo que no creía ni un ápice en el producto que vendía (craso error en todo aquel que se precie de querer vender), y por ello me congratulaba sobremanera cuando algún pobre bastardo picaba y le endilgaba alguna póliza. A pesar de ello estaba seguro que con mi labor salvaba muchas almas y proveía en cierto modo para las futuras generaciones de sus familias. Tenía un discurso distendido, grato y ameno, acariciaba el verbo rodeándolo de los suficientes recursos técnicos para hacerlo goloso y agradable a los oídos. El conjunto daba idea de que yo sabía mucho, que era un sabio, y que lo que yo les proponía era muy bueno, pero que muy bueno, hasta el punto de que sería un delito no saberlo aprovechar. Bueno, bonito y barato. Era una arenga cuasi perfecta, inclusive a veces, convincente. Además, para los propietarios de aquellas deterioradas mentes con los cuales hablaba, ese florilegio daba la impresión de que me interesaba profundamente por sus vidas y preocupaciones. Algo esencial si quieres vender la moto a alguien. Enmascarar el pensamiento. Parece mentira, pero hay mucha gente carente de afecto, atención y del mínimo calor humano. Yo se lo procuraba. A mi manera. Explotaba sus carencias, sus necesidades, me hacía indispensable para sus corazones poco regalados y finalmente llegaba a las cuentas bancarias. Eran cuentas bajas, humildes, ganadas con sincero esfuerzo mal retribuido, a veces con sudores, lágrimas y muchas horas extras, pero ¡ qué caray !, todavía se les podía sacar el jugo. Poco importaba que fuesen los ahorros para pagar la ortodoncia al hijo o la universidad futura, era dinero, era mi comisión.

Mi clientela la buscaba entre los desarrapados sociales, aquellos despojos humanos que se acumulan en el extrarradio de la ciudad. Personas lo suficientemente atontadas y desprovistas de reacción inmediata -no hay que dejar tiempo para pensar- para ser capaces de creerse toda aquella sarta de mentiras y sandeces y no poder esgrimir argumentos superiores al de los dibujos animados. En aquellos casos en que el candidato parecía dudar, vencía su reticencia entregándoles un bolígrafo con anagrama de la casa madre o un atractivo llavero de alpaca exprimidor de limones italiano que tenía como primera y fundamental virtud la de no desteñir.

Si bien mi septuagésimaquinta intención era la de abrigarles ciertas expectativas de seguridad futura en los años venideros, esto no siempre era bien entendido. Como ya he dicho, muchos eran de endeble entendimiento. No me escuchaban, me lanzaban piedras, me tiraban la suegra para ahuyentarme, o se abarricaban tras las puertas. Tal vez fuese ese el motivo por el cual acabé por dejarlo. Ciertas personas acaban por volverse irascibles. Cierta vez, un gambiano negro como el betún y feo como sólo un desdichado negro puede ser me asaltó en una esquina tras un parterre armado con un cuchillo de cortar jamón y el suplemento dominical del ABC.

- ¿ Gosaste con mi mujer, Domingues ?. Dime, ¡ taba güena la morena eh !. ¡ ta gustao como talas zumbao !, ¡ Vení pa'qui banco susio, niño desaborio, que te voy a dá asuca moreno !. ¡ No t'escape desdichao !. ¡Venaquí decolorao, que te voy a dá bueno!.

Yo obviamente nada tenía que ver ni menos que decir. Estaría borracho o el tipo me habría confundido con un tal Dominguez, una de las dos. Por no decir que ambas. Pero tratar de hacerle ver su error y explicarselo me habría costado Dios y ayuda y creo que finalmente tampoco hubiese sido capaz de entender nada. Adoptar una postura civilizada e inteligente acaba siempre por superarlos. Esos tipos no están hechos para llevar una vida normal, se les puede domesticar, adiestrarlos a fin de que obedezcan órdenes sencillas, (¡come!, ¡bebe!, ¡duerme!), pero poco más; a los que muestran mayor destreza se les puede enseñar a realizar ciertas faenas mecánicas y rutinarias, cosas simples que no requieran mucho esfuerzo ni concentración e incluso con un poco de paciencia algunos han sido capaces de aprenderse su nombre, recordarlo al cabo de tres minutos y repetirlo sin cometer ningún error. Yo incluso llegué a oí hablar de uno que era capaz de orientarse en su propia casa, pero era un caso aislado, poco frecuente. En todo caso, ahora no era el momento más indicado para llevar a cabo una tarea evangelizadora. Además era enorme el puñetero. Pedazo negro. Visto pues que tenía pocas posibilidades de confraternizar y entablar algún tipo de relación civilizada, dudé de la actitud a tomar. Lo intenté, al menos.

- Oiga bien, buen hombre..., me temo que se confunde. Le pido que sea comedido en el ejercicio infausto de su expresión oral y se refiera a mi persona con el debido orden y respeto que la misma se merece. Además recuerde que antepasados míos arriesgaron sus vidas para colonizarlos y llevarles por el buen camino, proveyéndoles de la mínima genética civilizadora a sus apocados genes ancestrales. Si no fuese por ello, sus abuelos todavía estarían colgando de un árbol o devorándose entre ellos. Creo pues, señor negro, que todo ello no sólo es merecedor de un reconocimiento sino que además su educación es harto impropia. Es de menester pues, que se retracte. Además, yo no soy Dominguez, sabe ? . ¡ Ah, y por cierto !..., ¿ podría usted decirme si cuando nació le pusieron sus padres el chip, o tengo que avisar a un veterinario para que se lo ponga ?.

Aproveché el desconcierto generalizado de su mente para poner una cierta distancia entre los dos corriendo alocadamente calle arriba con el mismísimo estilo del más perfecto lagarto alado australiano, cosa que por otra parte denota mi gran capacidad para adaptarme al medio y a todo aquello que devenga como sobrevenido e inesperado. No quería verme envuelto en ninguna trifulca barriobajera y muchísimo menos tener que violentarle al verme obligado a ejercer la fuerza y violencia física sobre él; como hemos dicho, el entendimiento de esos seres subdesarrollados es menguado y sus reacciones cerebrales lentas e inexpertas (son seres básicamente instintivos), por lo cual cuando finalmente reaccionó yo ya estaba a siete kilómetros de allí, evitando así tener que aporrearle y darle el justo merecido que reclamaba.

Libre de la tentación y más descansado, me pregunté si no estaría de más localizar al tal Dominguez y suscribirle una póliza.

(...)

Paseo Galego

Alcanzó el autobús que le llevaría de Madrid a Aldeia de São Bento en el último momento, y porque el ayudante del conductor no quiso volver a abrir el maletero, tuvo que subir consigo el enorme bulto en el que viajaban sus cosas. Afuera llovía y el viajero se acomodó junto a la ventana para ver caer las gotas sobre los oscuros suburbios y calles que dejaban atrás y el silencio de la noche. El viajero llevaba un grueso abrigo color beige que había comprado seis años atrás de oferta en un Carrefour de Colmenar Viejo y una camisa y pantalón que le guindaban de su cuerpo como dos pesados fantasmas que se han quedado colgados de un ropero. De no haber estado tan cansado y haber prestado más atención, el viajero quizá hubiera podido sentir la escasa emoción y aspecto melancólico de los demás viajeros que como personajes de Víctor Hugo o Zola, parecían haber fracasado en sus ajetreadas vidas por causas del destino. Llevaba veinte años viviendo en Matalascañas, donde había nacido y tenía cincuenta y tres años. Jamás se había casado y aunque era un hombre tímido al que le gustaba la soledad, había dejado muchos amigos que le recordarían como un buen hombre de los que ya no existen en este mundo. En el interior del autobús hacia calor. Un complicado pero eficiente sistema de calefacción que consistía en unas pequeñas estufas empotradas en cada uno de los apliques de los asientos, irradiaba un aire cálido que empañaba las ventanas en contraste con la humedad de los cristales y el frío que llegaba del exterior y emborronaba el paisaje. El compañero de asiento del viajero, se había dormido hacia un rato y su mera presencia le daba tranquilidad porque parecía un hombre necesitado de compasión y afecto; un hombre viejo y cansado cuyo pasado parecía haber sido dejado de lado mucho tiempo atrás y borrado bajo esa lluvia fría que caía como una tormenta de nieve. El viajero trató de recordar lo que le había dicho su mejor amigo respecto a la gente de la ciudad mientras oía como entraba y salía el aire de la nariz de su vecino. Después trató de leer las predicciones de su signo para Nuevo Año, pero aquello era como montar un rompecabezas con demasiado cielo, y cansado como estaba, no pasó mucho rato antes de que se quedara dormido y sus mejillas adoptaran las marcas de los ribetes de la chaqueta en la que se apoyaba para protegerse de la frialdad del cristal. La carretera era apenas un accidentado sendero de tierra batida que llegado a Navalhermosa dejaba entrever algunas losas de granito y mortero de la antigua vía romana que se había apurado hacia años, jalonada ahora de retazos de brezo y escobera cercana a las estribaciones de la Serra da Estrela. Había dejado de llover pero las nubes aún pendían arriba en las montañas y progresaban hacia la ciudad de Seia en el distrito de Guarda, donde probablemente los viajeros harían un alto en el camino. El autobús rara vez pasaba de la segunda velocidad lo que hacía que avanzaran casi a paso de burro y empatizaran con aquellos campesinos que acarreaban pesos de hortalizas sobre sus hombros y cabezas. En los campos se veían viejas que trajinaban con costales y sacos de grano, y manos de hierba que agrupaban en cubos de metal y niños ancianizados que rastrillaban hileras de patatas y ajos junto a fuegos que dejaban escapar humaredas sin dejar atrás ningún calor. Algunos parecen tan encerrados en sí mismos que no podría afirmarse que sientan las inclemencias del tiempo y de las horas. Como si se tratasen de ciegos, restan impasibles en su eterna oscuridad de falta de niñez sin comprender gran cosa y tratan de apaciguar su existencia ayudando a sus padres y mayores como quien intenta tranquilizar a un perrillo que salta y brinca alrededor porque hace buen tiempo y no quiere parar quieto. Pálidos y escuchimizados, deambulan como si jamás hubieran conocido ningún tipo de ternura y los más pequeños experimentasen el limbo del tiempo libre sólo por su incapacidad de hacer algo útil. Sin una idea, una noción, una conciencia clara de la vida, no se cuestionan su felicidad. Más adelante, y a eso se llama madurar, aprenderán que en el campo los inútiles son siempre engorrosos y que de no tratarse de sus hijos, sus padres actuarían con ellos igual que hacen con las gallinas cuando son improductivas, matándolas porque son enojosas.


Llovía, pero eso le daba igual. Iría caminando a casa de sus hermanos y les daría un gran abrazo a sus pequeños y magníficos sobrinos cuya carne era tan suave y firme como el culo de un bebé. También iría a ver a la vieja señora Naxaviera Boa Morte, a la que apreciaba porque era sencilla y encontraba interesante por motivos que nada tenía que ver con la sencillez y a su amigo Calixto, al que hacía diez meses que no veía. En la calle las casas parecían brillar junto al aire húmedo y las moteadas paredes de ladrillo mal conservadas para no gastar más dinero. Su aspecto tan poco ampuloso y a la vez sincero, daba la impresión de estar relacionado con vidas que no acababan de ir bien y que resultaban inapropiadas para la vida cotidiana.

Una señora ya entrada en años paseaba a su perro forcejeando con el paraguas y la cadena que se le enredaba entre las piernas. El perro, que parecía haber visto esos mismos árboles una y otra vez y su ama, se disponían a cruzar la calle cuando vieron al viajero. Ambos parecían aburridos y el viajero los ignoró. En los bares se anunciaban pollo byriani, korma vegetal, pan naan caliente, chutney de mango verde, salsas de coco rayado, nalai kofta, arroz y verduras al curry, rayta, babotee, masala dhosas, y fritura de calabaza, dhal, padams y galletas de patata y cebolla. El barrio parsi de la ciudad había variado poco desde la última vez que lo había visitado. Fue cuando lo atracaron y lo apuntaron con aquella pistola y tenía tanto miedo que aún hubiera levantado más alto las manos sino las hubiera tenido pegadas a sus muñecas. Ya había pasado mucho tiempo de aquello.

Debajo del puente corrían paralelamente unos diez raíles por los que circulaban los trenes. Unas placas metálicas clavadas a las rejas protectoras avisaban del peligro y prohibían cruzar la vía, tirar basura o tocar los cables eléctricos. Cruzó los raíles y se adentró en el barrio de su familia. Al final del paseo, en un bloque de cemento había pintado el grafiti de un negrito con un enorme pene que sobresalía de un pantalón de montar que blandía una fusta sujeto a un árbol mediante cadenas y argollas. Verlo le disgustó profundamente. Descubrió que tenía pulmones porque de repente se le quedaron vacíos y la melancolía, el spleen, la saudade, la acedia, la búskomorság le asediaron como nunca antes habían hecho. Obsesivo, odiaba la vulgaridad y detestaba la ambigüedad. Adoraba la monotonía y los cambios le resultaban problemáticos. Continuamente tenía que recordar que debía modular su voz al hablar con los demás y esforzarse por compartir los intereses de otras personas so pena que le acusasen de no saber mantener relaciones o preferir aficiones poco corrientes y sostener intereses en que los pequeños rituales habituales se hacían indispensables (tics, balanceos de las sillas o rutinas inflexibles), a la hora por ejemplo de realizar un puzzle o realizar bases de datos sobre películas descatalogadas o construir maquetas de edificios con palillos de dientes. Un candidato perfecto pues para padecer el síndrome de Asperger o cualquier otro desorden neurológico que lo apartase de los otros miembros rebaño de la comunidad. Por ello y por muchas otras razones odiaba los grafiti. Venerados hasta la masturbación, los grafiteros habían inundado las paredes de su ciudad y por eso también los odiaba a ellos. Eran unos seres despreciables. Como los de Barcelona, muchos de ellos estaban subvencionados por el propio ayuntamiento para ensuciar las paredes y monumentos y cobrar después comisiones de empresas de limpieza privadas que subsanaban el daño causado.

Aldeia de São Bento en agosto es una ciudad tranquila. Se puede caminar por sus paseos sin prisas o reposar a la sombra de sus viejas iglesias, arcadas de sus edificios o jardines de la Praça das Flores sin tropezarse apenas con nadie. A lo sumo con algún racimo de españoles de Extremadura descansando en las terrazas de los cafés o dos mochileros americanos que se acercan a uno a preguntar decepcionados porque no se ve el mar, o turistas holandeses desorientados que buscan alojamiento. Ni rastro de la multitud abigarrada y densa de campesinos peleados el resto del año con sus campos o religiosas que se acercan a pedir por los negros de Mozambique o Angola. Sólo la colonización de pakistaníes, indios y árabes que han abierto sus comercios, entorpece el silencio que esperaba encontrar el viajero al llegar a São Bento. Eso le hace sentir incómodo, como si llevara una cadena al cuello y se tratara de una obligación y no un placer recorrer sus calles. Tener un aspecto agotado. Llevarse un cigarrillo a los labios. Acariciarse sin voluptuosidad los cabellos que tiene pegados al cráneo mientras expulsa el humo del tabaco haciendo oes y olvidarse cual ha sido el motivo de su visita.

De no haber estado tan cansado y de haber prestado más atención, el viajero quizá hubiera podido sentir la escasa emoción y aspecto melancólico que sembraba en los ojos de los demás su semblante; un hombre viejo y cansado que como sacado de una novela de Víctor Hugo o Zola, parecía haber fracasado en su ajetreada vida por causas del destino y regresado al origen del cual había salido mucho tiempo atrás, borrado, desaparecido, bajo una lluvia fría que cae como una tormenta de nieve enterrándolo.

jueves, 31 de diciembre de 2009

ILUSIONES DE INCOMUNICACION

Se retira los cabellos de la cara; algunos le han quedado atrapados en el pendiente prestado y se los libera con los dedos pringados en saliva fijándolos detrás de la oreja. Su espalda suda y la mayor parte de sus axilas están mojadas. En la habitación hace frío en contraste con los rayos duros y verticales que caen en la calle en la que se ha estado la mayor parte del día. Suerte tiene de su ordenador con el cual juega y se divierte porque sino el calor sería insoportable sin su distracción. En la habitación de al lado viven dos ancianos; ella es una mujer tranquila y él un hombre irascible que ve la televisión hasta altas horas con el volumen muy alto; maldice a todo el mundo y a veces, si se enfada, se le cae la dentadura y se le llena de sangre la cara; pero todo el mundo le trata con educación. Las voces de los partidos de fútbol y los cortos instantes de excitación de los anuncios que se oyen en la televisión forman parte de todo eso que ellos llaman su vida. Tanto en una como en otra habitación hace un tufo pegajoso y asfixiante que tensa los nervios. Al caer la noche, una avioneta sobrevuela la ciudad y riega la ciudad con cubos de agua. Todo esto sucede en junio, cuando, a excepción de los que no pueden viajar, los barrios se vacían sin otra idea que dejar de pasar calor y la ciudad se sume en un estado de parálisis y abandono. No hay que buscar muy lejos para pensar que uno está en un manicomio y para liarse a puñetazos con cualquiera; el calor mata y ese es motivo suficiente para perder la razón. ¿Tú te crees eso?, le ha preguntado la mujer a su esposo. No, el no lo cree, pero aún así, prefiere marcharse. Si nos quedamos hasta agosto, no lo contamos dice él. Mientras, la chica joven sólo quiere salvar su vida del calor y sacarse de la mente el ruido del televisor que suena a todo volumen en la otra habitación. A cada paso tropieza con alguno de los tornillos que se le han caído de la cabeza y es posible ver toda la armazón que hay adentro. Algunos tornillos tienen el tamaño de pequeñas casas de verano y algunos pensamientos parecen anillos primorosamente tallados y pulidos que recuerdan a los exquisitos muebles de anticuario. Bajo un sol abrasador, ni siquiera los millonarios parecen en buena forma física y se arrastran como escupitajos a las sombras de las paredes. Más suerte corren los que se dedican al negocio funerario porque en estos días la frustración y la desesperación causan más muertos que nunca. Los más espabilados proponen pasar a cuchillo a los más débiles, apagar las luces y que la gente permanezca en constante estado de vigilia hasta que oscurezca. Hombres y mujeres, totalmente exhaustos y con los nervios destrozados, trazan un cuadro de lo más siniestro en sus conversaciones. La anciana a cada paso interrumpe sus labores y agudiza el oído para comprobar si caen gotas o se escucha llegar a la multitud de los más desfavorecidos para protestar por el mal funcionamiento de los aires acondicionados. Multitud de calaveras de las personas que se han evaporado por el calor caen a trozos desde el cielo alcanzando algún que otro subversivo que queda tirado en la cuneta hasta amontonarse con más basura. Aparecen en portales, plazas y aceras; en escaleras y jardines y en cualquier lugar; y en algunas calles se camina con dificultad porque los cuerpos se han inflado y adueñado del espacio y la gente ha de deambular con prudencial distancia para evitar demasiada intimidad en las relaciones sociales. Al cabo de los días, los cuerpos se hinchan y atraen a multitud de moscas y mosquitos que apestan tanto como las ratas que han subido de las cloacas para sudar con mayor libertad. En su habitación la chica joven enciende la radio que hace recuento de las diferentes temperaturas por ciudades; hace aún más calor y el simple hecho de buscar cigarrillos en los bolsillos de sus pantalones es casi una invitación para que se suicide en paz; cualquier gesto cansa y agota, y si eso no es el Infierno, éste se ha hecho a su medida y se le parece; las mismas horas se inflan y revientan y la mierda gotea desde las alturas; nada espectacular, pero pone a la gente nerviosa. La realidad apesta, dice el viejo- y en su barbilla se forman gruesas gotas de sudor que luego caen al suelo. Pese al aire acondicionado, también su mujer tiene el cuerpo empapado de sudor y hay algo obsceno en ello que hace que los ojos se enturbien con la misma arena con que se trazan las tormentas de arena en los desiertos y los desiertos en los arenales. Están rociando la ciudad con el plaguicida Anvil. Los asmáticos tienen convulsiones y algunos comportamientos dejan de ser humanos para convertirse en otra cosa; inocentes y culpables mueren como deficientes mentales y los pájaros se convierten en ataúdes motorizados. Los supermercados previendo que la comida que arrojen a la basura pueda estar podrida, han dispuesto guardas de seguridad cerca de los contenedores para evitar que alguien que hurgue en ellos buscando comida los demande. Las ventanas no tienen abertura suficiente y la luz no tiene ya la intensidad irreal que tenía a la tarde; la noche vuelve a mostrar las formas y colores de las corbatas sucias y los trajes gastados de lino, es decir, la normalidad mas completa. La ciudad duerme estancada en una resaca engañosa de calor en la que el pensamiento se interrumpe y es fácil permanecer vacío; el silencio es tal, que el calor no aumenta y la ciudad se vacía. Entonces, llega el miedo; el miedo a la claridad que ha de llegar con el sol y el calor que se ha de centrar en el cielo y chorrear en silencio. La chica joven –mire lo que son las cosas- ya lo había olvidado, vuelve a sentir calor a la mañana siguiente al despertar; parece una calavera recién estrenada; y si bien eso –su aspecto físico- hubiera tenido que resolverse cara a cara con Dios, parece animada y dispuesta a irse dando saltitos a otra parte donde no la molesten para reírse en paz; los viejos, en cambio, pasan el día durmiendo hasta el mediodía para luego salir a beber granizados. La imposibilidad de comunicación y participación en sus respectivos asuntos, les hace contemplar como sus seres más próximos se debaten en asuntos terrenales aguantándose las ganas de reír, pues les parece que el paroxismo ha de estar ya cerca. Y es que la caldera hirviente de la ciudad, donde tantos desisten porque faltan las verdaderas armas con que luchar, parece a punto de estallar. Resultaba imposible socorrer a las víctimas y aún más rescatar a los vivos sepultados bajo los suelos y asfaltos deshechos; charcos negros que pesaban como una tragedia y lodos azules y grises que se adhieren a las paredes; ríos zafios de sudor y café caliente, humedades latosas. Pero lo peor de todo eso es el silencio que nos está enloqueciendo a todos-dice un camarero en el bar-, que va creciendo poco a poco y que no te deja dormir, y sólo deseas que pasen más desastres y ver a todos sufrir. Es entonces cuando la chica en su habitación se da cuenta que su juego se está volviendo demasiado real y a algunos personajes les ha dado por ir adoptando pensamientos propios y deseos que escapan a su control de niña malcriada y decide apagar el ordenador y dejar de jugar a los SIMS; de hecho, hace mucho calor en su habitación y sus padres aún no han de tardar en regresar del bar.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Propósitos desencontrados

Llegó a casa tan cansada como siempre. Los estrechos límites de su vida convencional le saludaron como siempre con el sabor del dolor absurdo, del vacío y la cautela quirúrgica. Los cuadros, los muebles y los libros renovaron una vez más su triste confesión; su padecimiento descarnado y desnudo de objetos rutinarios a los que no se les puede reprochar nada. Testigos mudos de las horas avasalladoras de paciencia y conciencia que han existido entre aquellas cuatro paredes. Se han permeabilizado demasiado de la persona de Victoria, y de sus arrugadas y exhaustas esperanzas para pensar que no son ya una parte de ella. Una sutil insinuación, un breve atisbo que se dibuja entre ellos y Victoria de mano tendida y especial complicidad de amistad y comprensión sin necesidad de palabras. Una vida que no conoce de sus ausencias le une a ellos; los ojos de Victoria se cierran palpables en torno a su desnudez de formas conocidas y amadas; desde que ella ha nacido los ha visto siempre ahí, depositados en una postración infinita exenta de queja y lamentación.
La fiebre del tiempo anuncia su cólera en el reloj; la noche trepa a su espalda en un rincón de plegarias imposibles, en espera de nuevos amaneceres, menos esquivos y más gozosos donde hacer del instante diario una invocación a la exploración de lo desconocido, de huida y escape de esa bahía a toque de silbato de su oficina. Hostiles momentos que le suponen un atlántico mordisco en su carne correosa que astillada en dolor se desgarra en abrojo de víctima. Se despoja de su ropa interior sucia, sudorosa y olorosa de su intimidad de mujer vencida por la edad; amarga sugerencia de mundos paralelos de otros cuerpos hinchados, flácidos que flotan en alcohol y nicotina; cerrados mundos, igual de fatuos que el de ella, yacentes y perdidos en su propia fantasía e incapaces de argüir mejores metáforas de una vida hostigada. En la cocina, oscura y pequeña cárcel de humo y aceites fritos, se prepara una taza de consomé vegetal que le resulta neutro e insípido, amen de demasiado caliente, tanto como una puñalada en la lengua que se escalda y hierve en el cerebro. Un horno que abrasa, martillea y atosiga el diafragma y la boca del estómago. Un sol moribundo que renace en su interior.
Sentada frente al televisor ve desfilar diapositivas de lo que pasa al otro lado de la vida, aquella que no parece real y que sólo abordan a modo de milagro quienes viven una vida que no es la suya. La de otros que también han de disfrazar sus conciencias y sentimientos y les pagan para ello; actores, mimos, histriones comediantes que cauterizan penas ajenas mientras olvidan las suyas propias, igual de tristes y mortificantes. De sus bocas oscuras abiertas al mundo, escapan palabras banales y despreocupadas, fotos de colores que van quedando atrás y se extienden sobre conciencias adormecidas sin centro. La ficción de unos personajes de pantalla que no dejan ser feliz a Victoria. Aborrecibles imágenes sin espacio para tomarse un respiro, vidas perfectamente lustrosas como una trampa apenas reconocible. Propósitos mínimos sin verdades nuevas donde es fácil pasar hoja. Atrás quedan archivados los cadáveres, aún calientes y fijos en materia electrostática, de sus enemigos. Ellos la atacaron, ella los ha matado. Victoria ha cambiado de canal y sintonizado uno nuevo, no muy diferente al anterior, a todo el resto de la programación, horma de subnormales. Retratos, cuerpos, figuras que se aprietan luminosos bajo sus retinas, fuegos fatuos erigidos en horario prime time que hablan una lengua extraña. La indiferencia de sus oídos ante lo que escucha y un bostezo final, no les da más libertad que esa. El día se extingue exangüe en otra noche sin milagros ni portentos. La misma suma de siempre. Hoy como ayer, como mañana y como siempre, las nubes comienzan a florecer en los ojos de Victoria, cansada y agotada, harta de malvivir. El embrión del sueño toma cuerpo en ella. Un retorno a lo mismo de siempre, a esa separación del día de lo que le queda por vivir, a una nueva resta que disminuya expectativas y esperanzas. Y es que cada vez queda menos por conocer y menos margen para su felicidad. El corazón ya no le late como antaño en una caja de latón brillante, es tan sólo el murmullo de una desgastada bomba de piel recosida lo que insufla alma a sus gestos que tardan en llegar. No hay osadía en su pensamiento; ni eso queda a su edad, cuando hay más vida en el recuerdo del pasado que en la ilusión por futuro. La vida, lo ha descubierto hace poco Victoria, es un suicidio lento, temperado que se hace esperar. Estirada en su cama, ve desfilar las sombras de luces mortecinas que se escurren por su ventana, visos platonianos de un mito que no ha olvidado y que se le clavan en el cerebro como punzantes alfileres. Adormecida, suspira oscuros deseos que se agrandan en la noche, en ese telón de fondo donde todo es posible dentro del sueño. Saciando ese instante con la evidencia del desencuentro de sí misma, se desalma lenta, comedida en la descripción de cada uno de los rincones del sueño que abraza, destierra el dolor de las horas que pasan ajenas a su condición de durmiente inconsciente. La noche es tan oscura que hay luto en las estrellas, la brisa suena a música de funeral bajo una poesía fría de enemistad; un ceremonial de armonías con son a guitarras que se encharcan suena tras los cristales; comienza a llover sobre las calles, gotas fragmentadas al principio, luego más recias, movedizas y obstinadas cosidas al vidrio de las ventanas. Llueve como entonces, como aquel día que no olvidará jamás, sucedido tantos años atrás, en que el cielo arrebolado de Oviedo se perló de esquirlas y escamas y las maduras avenidas de la ciudad se apartaron de la historia para rendirle todo su encanto intemporal a Victoria.
Ella era más joven y estudiaba en la facultad. Sus cabellos oscuros, como tinta fresca de calamar, aún no habían encanecido y muy a su pesar todavía creía en el valor de la sonrisa, en el gesto amable de las personas y la bondad de quienes la rodeaban. En aquella época hubiese sido imposible hacerle entender que se equivocaba, evidenciar la falencia de su ingenua apreciación era cosa del tiempo, una razón mucho más comprometida con ella que cualquier otra experiencia que se le pudiese revelar por aquel entonces. Su pasividad en la búsqueda de principios mayores de realidad, que los conocidos mediante la lectura folletinesca, le habían hecho conciliar un mundo de dibujos animados color de rosa, donde no cabía espacio para la decepción de los sentimientos ni la duda que diese en qué pensar. A sus años desconocía el sudor ruin de los corazones afectados, ignoraba las mezquindades de los hombres y las continuas zalagardas con las que a menudo se vestían para parecer convincentes y no destapar sus interioridades de vulgares chalaneros. Esas cosas se le ocultaban a Victoria, conocimientos vedados que la alejaban de la luz de la vida que ella comenzaba a colegir y tan sólo lograba adivinar en momentos de lucidez pesimista.
Insensible a ese destino extraño que se tejía a sus espaldas, no podía sino ser feliz. Pero la suya era una felicidad no comprometida, demasiado ficticia para ser real, suficiente, pero no bastante para que a ratos el silencio pudiese hacerle comprender otras emociones con las que preferiría no tener que enfrentarse. Como cuando vio aparecer a Javier en aquella fiesta de primavera, cruzar la habitación e inclinarse ante ella y murmurarle algo al oído.

miércoles, 7 de enero de 2009

El hombre de PVC

No escribo yo, escribe mi corazón. He perdido el don de la palabra pero no el del sentimiento. Nada me queda que sea mío, todo o casi es una prótesis, algo artificial y ficticio. Sólo el corazón es mío y a él me ato a la vida y al pasado. Mi futuro tiene nombre de enfermedad, de renuncia, soy consciente de ello.
La enfermedad se inició repentinamente, es inexplicable dijeron los médicos. Asumí con resignación su ignorancia en la materia. De repente, un buen día, todo yo fui un dolor, un desencaje de piezas fundamentales lastradas que se ulceraban por dentro. Una lenta agonía. Ante mi mal, la medicina no tenía respuesta. Un caso único dijeron. Poco consuelo se podía extraer de esas palabras. Venían a verme y se compadecían de mí, algunos incluso me daban ánimos luego de tranquilizarme con palabras de fingido interés. Tarde o temprano todos se acaban insensibilizando ante el mal ajeno; también ellos intentaban sobrevivir a su manera.
A diferencia de los años, eran mis huesos los que habían comenzado un buen día por pudrirse. Todo comenzó todo con una pierna. Fuertes dolores y calambres agudos a los que no presté mayor atención en un primer momento. Cansancio, agotamiento o la fatiga que acompaña al otoño cuando los días se hacen más cortos -una premonición de lo que esperaba-, cualquier cosa podía ser. Un día, mientras esperaba un tardío autobús que me llevara al trabajo, me vine al suelo. De golpe y en seco, como si una de mis piernas se hubiese reblandecido despóticamente y se hubiere malogrado en la consistencia de un bloque de mantequilla derretida. Me asusté mucho, y no es que yo sea una persona muy impresionable. Me llevaron al hospital -eso me dijeron porque en algún momento perdí el conocimiento y no me enteré de nada-, y me prometieron que me curaría, que no pasaba nada, y que todo se andaría -esto último en ese momento me pareció muy cínico-. Al cabo de una semana me cortaron la pierna hasta la rodilla. Me hicieron análisis y experimentaron con mi capacidad de resistencia a desintegrarme en trozos, como si de un filete de carne se tratara, putrefacto, pero carne al fin y al cabo. Una buena razón para hacerse vegetariano de golpe, eso pensé. Al cabo de unas semanas el mal se había extendido a mi otra pierna. Se había convertido en una porción sumisa y melosa al tacto, tumefacta y despreciable, y por más que la apreciara, pues me había acompañado durante los últimos veinticinco años, la odié de tan blanda e insolidaria que se había vuelto. Su desprecio me dejó muy vacío. La cortaron también, por mala. Me lo podía tomar todo con sentido del humor o llorar, pero visto que no tenía remedio lo que pasaba, pronto lo supe, lo primero me pareció más inteligente; tampoco quería agobiar en exceso la vida de aquellas enfermeras y doctores en sus quehaceres diarios con mis problemas de descomposición. Quizá por ser un paciente modélico y por no molestarles en demasía me cogieron aprecio, y el más sentido de todos fue el de la enfermera jefa Glendolina cuando me pidió permiso para conservar parte de mi tendón rotuliano en la nevera de su casa como recuerdo.
Me estaba deshaciendo por dentro. Mis huesos se estaban convirtiendo en moho, en herrumbre de piel y no sabían que hacer. ¿ Conservarme en formol, quizá ?, no mientras estuviera vivo.
Pasaron dos meses y viendo que todo seguía igual, los de traumatología me pertrecharon con una par de prótesis y unas muletas y me sacaron a la calle. Ese afán mío por reponerme a pesar de todo era encomiable pero pequé de optimista. No tuve tiempo de aprender a usarlas. A los dos días ya estaba de nuevo en el hospital.
El codo primero y después el hombro se habían cangrenados inexplicablemente. No me preocupé en exceso ya que me juraron y aseguraron que la Seguridad Social cubría todo los gastos.¡ Bendito seas Estado del Bienestar !. Más porciones de mi persona al cubo de la basura; si seguíamos a este ritmo, pronto vendrían a pedirme explicaciones los de Sanidad, como si lo viera. Con un poco de suerte yo para entonces estaría lo suficientemente desfigurado y desmembrado para que no me reconocieran. El brazo artificial que me pusieron fue de gran utilidad, dejé de cansarme en las largas horas que pasaba haciendo crucigramas y puzzles con las migajas de mi cuerpo que iban cayendo a trozos en el suelo.
La enfermedad había comenzado a degenerar también los tejidos y no sólo los huesos. Esta visto que no se puede dar confianzas a nadie, ni siquiera a una enfermedad. Empezó a avanzar inexpugnablemente, sólo le faltó música de Wagner para hacerlo todo más creíble y heroico. Riñón, bazo o pulmón, no sé que vino primero. El tiempo es ocioso porque encontró la circunstancia justa para hacerse dueño de cada una de las partes de mi cuerpo; la enfermedad me hizo vulnerable a ciertos tipos de pensamientos, pero resistí fielmente a mi mismo, cada vez menos yo y más plástico de alta densiometría y extremadamente ligero. Ya no eran esos pegotes que se colocaban antes, no, ahora no, ahora eran buenos y bonitos y espero que no baratos, porque lo barato pronto se rompe y yo ya tenía bastante con mis propias roturas y fracturas inexplicables. Ir perdiendo cosas y más cosas por el camino no es agradable, pero sabes que todo aquello que va quedando en tu cuerpo sui originis se revaloriza. Pronto acabas catalogando como reliquia del pasado una uña, un cartílago o una peca a la que nunca habías prestado mucha atención, logras una mayor estimación de lo tuyo y aprendes a querer tu cuerpo. En fechas señaladas como Navidad te ahorras un buen dinero, basta mutilarte un dedo o sencillamente esperar que se caiga - y os aseguro que no tarda mucho- y enviarlo en un sobre certificado para cumplir con el expediente de los siempre enojosos regalos navideños. Tu madre se llevará una sorpresa inolvidable y te estará infinitamente agradecida, tus amigos celebraran tu buen gusto al regalarles algo tan sentido y tuyo como pueda ser un cuajo de tu lengua o una loncha de tu intestino grueso. También tus hijos tendrán la oportunidad de iniciarse en el apasionante mundo del coleccionismo: un trozo venoso de nariz o el pequeño esqueje del tejido retinoso de cualquiera de tus ojos, cualquier cosa llamativa vale para luego podérselo enseñar a sus amiguitos en el colegio y hacerse famoso e interesante entre las chicas.
Cuanto más progresaba la enfermedad en mi cuerpo más menguado me dejaba a mí. A medida que yo perdía partes de mi cuerpo, los doctores se apresuraban a sustituirlas por lo que más a mano tuvieran, y no siempre de mi agrado. Reciclaron botellas de leche, tetrabrikes, papeles de parafina y guantes de látex para parchearme y recoserme como una pelota de cuero Made in Taiwan en desuso Una vil faena chapucera. Y fue ese el único dolor que sentí, el ver perder para siempre en una bolsa de plástico de quirófano trozos de piel y pellejos míos que se reciclarían en colágeno para viejas escleróticas que jamás me lo agradecerán suficientemente. Progresivamente todo yo me convertí en un cúmulo de piezas varias derivadas del manipulado del petróleo y de postizos y objetos ortopédicos ensamblados con buena fe pero que no podían sustituir a los originales. Simples correcciones para rehabilitar lo no rehabilitable. Me adapté a ello fácilmente, a esas alturas ya era muy maleable.
Con el paso del tiempo -días casi-, la enfermedad fue remitiendo hasta casi parecer querer desaparecer, como si ya hubiese tenido suficiente conmigo y se hubiese cansado de ensañarse de esa manera. Pero lejos de esa sofisticada idea que tanto me hubiere satisfecho, lo que sucedía era otra cosa, no avanzaba más porque ya no existía nada más por donde avanzar, ni partes de mi cuerpo a las cuales atacar ni órganos contra los cuales arremeter. La cosa es simple, el plástico empleado no era biodegradable y por eso yo podía permanecer incólume el resto de mis días, no me ajaría ni tampoco me arrugaría, pero debía de tener cuidado con el fuego para no combustionarme, arder en humo y evaporarme de este mundo zaheridor en un pequeño incendio no intencionado llegado el verano o bien provocado por un gamberro descontento de mi persona en cualquier otro momento del año. Debía cuidarme eso sí, tener cuidado de mi plástica condición e invertir en Bolsa, carburos, metanos y poliruorometanos asociados; a ellos pertenecía yo. Me fue difícil convivir con todos aquellos injertos de piel sintética, baquelitas y resinas indeformables con las cuales se reestructuró mi persona. Y aún fue peor el ver como no podía adaptarme a mi antigua filosofía de vida naturalista y socio de Greenpeace pues era evidente que en mi estado y condición ya no podíamos congeniar. Dejé de ser ecologista el día que me colgaron un cartel en la espalda los defensores del “Bosque verde” y los “Amigos del musgo de montaña” me intentaran linchar con mecheros. Era tal mi iniquidad como ser humano y tal el cúmulo de despropósitos materiales no fotodegradables que se sumaban en mi persona, que, amen de una existencia poco respetuosa con los preceptos de salvaguarda del medio ambiente, pronto me vi obligado a llevar en mi espalda una etiqueta de 50 cms. en las que se aprestaba un mensaje admonitorio: “ Las Autoridades Sanitarias advierten que este hombre perjudica seriamente la salud “, mi persona casi a la altura del tabaco.
Hoy en día ya no me pertenezco. No soy yo. Estoy más cerca del Ken amigo de la Barbee que de ser un hombre. Soy un pedazo de PVC que tiene pensamientos que le alejan de sí mismo, que nacen de mi ADN y que entran en conflicto con todo lo demás que hay y queda en mí. Soy el resultado de una serie de manipulaciones más o menos apañadas y de operaciones de cirugía reparadora que no han dejado gran parte de lo que yo era un año antes de iniciarse la enfermedad. Echo en falta no poder llorar, ni poder acariciar a mi mujer ni besar a mis hijos. Echo de menos el hombre que un día fui y que hoy sólo tiene un código de barras por identidad. Mi vida consiste hoy en recordar eso y otras cosas.
Sólo soy humano por mi corazón y el día que la enfermedad emerja de nuevo y ataque lo único y último que conservo como mío, sé que moriré. ¿ Cómo me habrían de sustituir el corazón ?. No quiero un corazón artificial, de plástico. Tengo miedo de dejar de tener sentimientos.
Por otra parte me han asegurado que los plásticos son de buena calidad por lo cual lo más probable es que viva muchos años y eso tarde en llegar.